La tarde del 24 de octubre de 1960, más de cien personas murieron calcinadas en el cosmódromo de Baikonur, Kazajistán, cuando el misil balístico intercontinental R-16 explotó en la rampa de lanzamiento. La catástrofe de Nedelin, bautizada así por el mariscal Mitrofan Ivánovich Nedelin, comandante de las Fuerzas de Misiles Estratégicos de la Unión Soviética que murió en el accidente, permaneció clasificada durante más de 30 años.
La explosión quedó registrada en una filmación de dos minutos en blanco y negro que recién salió a la luz después de la disolución de la URSS. Las imágenes muestran el cohete de 30 metros en la rampa, seguido por una explosión masiva que desata un infierno de llamas. Siluetas humanas corren, se tambalean y caen con las ropas ardiendo. Según Infobae, el número exacto de víctimas nunca se estableció con certeza: algunas fuentes hablan de 100 muertos, otras elevan la cifra a 150 o incluso 300.
El apuro del Kremlin detrás del desastre
El contexto de la tragedia era la carrera armamentística de la Guerra Fría. Nikita Kruschev, líder soviético, se había jactado días antes en la Asamblea General de la ONU: “Producimos misiles como salchichas”. La urgencia por demostrar el poderío militar antes del aniversario de la Revolución de Octubre, fijado para el 7 de noviembre, recayó sobre Nedelin y el diseñador jefe Mijaíl Yangel.
Varios ingenieros y técnicos habían recomendado postergar la prueba del R-16 porque persistían fallas sin resolver. Uno de ellos encaró al mariscal Nedelin: “No es seguro, camarada comandante. Deberíamos suspender la prueba”. La respuesta fue terminante: “Esto no es para cobardes”.
El R-16 utilizaba propergoles almacenables a temperatura ambiente, combustibles que el ingeniero Serguei Korolyov, responsable del cohete R-7 que llevó al espacio el Sputnik y a Yuri Gagarin, consideraba “veneno del diablo” por su extrema peligrosidad. La combinación de presión política, tecnología riesgosa y decisiones erradas selló el destino de cientos de personas que esperaban presenciar el lanzamiento de un arma diseñada para alcanzar 13.000 kilómetros.
La película que documentó la explosión no fue el único elemento clasificado. Moscú mantuvo en secreto toda la operación durante décadas, en uno de los períodos más tensos de la Guerra Fría, apenas un año antes de la construcción del Muro de Berlín y dos antes de la crisis de los misiles en Cuba.