“La dimensión tecnológica atraviesa la existencia humana. Desde la producción hasta la cultura, desde las finanzas hasta la política, desde el arte hasta el sexo”. La afirmación, tomada del libro Actos, actores y artefactos. Sociología de la tecnología, resume una verdad incómoda y vigente: la tecnología no es un accesorio de nuestra vida, es su arquitectura.
En un contexto de crisis climática, desigualdad creciente y transformaciones productivas aceleradas, resulta inevitable una pregunta estratégica: ¿Quiénes están diseñando el mundo que habitamos? Y, sobre todo, ¿con qué criterios? Si la tecnología estructura la economía, las relaciones sociales y el ambiente, entonces formar tecnólogos con mirada de triple impacto ya no es una opción académica; es una necesidad sistémica.
La tecnología es mucho más que artefactos
Cuando hablamos de tecnología no nos referimos únicamente a dispositivos visibles —un teléfono móvil o una plataforma digital— sino al conjunto de conocimientos científicos, técnicos y prácticos que utilizamos para resolver problemas y transformar el entorno. Tecnología es el diseño de procesos, de infraestructuras, de sistemas productivos, de modelos de negocio.
Bajo esta perspectiva, la tecnología no es neutral. No es un objeto aislado que simplemente “funciona”. Es un proceso socio-político que modela comportamientos, distribuye oportunidades y define qué tipo de desarrollo promovemos. Cada decisión técnica implica supuestos sobre eficiencia, costos, prioridades y, muchas veces, sobre quiénes ganan y quiénes quedan afuera.
Durante décadas, el paradigma dominante entendió el progreso tecnológico como sinónimo de crecimiento económico e industrialización. Esa visión fue clave para impulsar el desarrollo productivo en numerosos países, incluida Argentina. Sin embargo, hoy sabemos que cierta forma de diseñar el mundo también ha contribuido a problemas estructurales: contaminación, agotamiento de recursos, cambio climático y brechas de acceso a bienes y servicios esenciales.
¿Quiénes diseñan el mundo?
En nuestra sociedad, quienes suelen liderar estos procesos de diseño son profesionales formados en carreras de ingeniería y otras disciplinas técnicas. Su rol es estratégico: definen cómo se produce energía, cómo se gestionan los residuos, cómo se construyen las ciudades, cómo funcionan las plataformas digitales o los sistemas financieros, entre otras cosas.
Sin embargo, en muchos planes de estudio la reflexión sobre el impacto social y ambiental aparece de manera tangencial o como materia optativa. La formación técnica privilegia la eficiencia, la optimización y la viabilidad económica, pero rara vez integra de manera estructural preguntas sobre ciclo de vida, huella ambiental, inclusión social o gobernanza tecnológica.
Esto no es una falta de compromiso individual, sino una deuda formativa. Si los tecnólogos son arquitectos del entorno en que vivimos, su responsabilidad excede lo estrictamente técnico. Diseñar implica anticipar consecuencias, gestionar riesgos y comprender que cada solución tecnológica genera nuevas dinámicas sociales.
Del desarrollismo al triple impacto
Mi recorrido profesional, durante más de dos décadas en una empresa de tecnología nacida en los años 1970 con una fuerte impronta desarrollista, me permitió comprender la potencia transformadora de la tecnología aplicada a problemas concretos del país. En ese contexto, el desafío era claro: impulsar el desarrollo económico e industrial.
Hoy, casi cinco décadas después, el escenario es más complejo. A los desafíos productivos se suman demandas ambientales globales y reclamos sociales por mayor equidad y participación. Ya no alcanza con que una solución sea técnicamente robusta y económicamente rentable. Debe, además, minimizar impactos ambientales y promover inclusión.
El concepto de triple impacto —integrar desempeño económico, responsabilidad social y sostenibilidad ambiental— ofrece un marco superador. No se trata de agregar “responsabilidad social” al final del proceso, sino de incorporar criterios socio-ambientales desde el diseño mismo de la tecnología y del modelo de negocios. Preguntas como: ¿qué recursos consume? ¿qué residuos genera? ¿a quién beneficia? ¿a quién excluye? deberían formar parte de los requerimientos iniciales y no del informe final.
¿Cómo se forma un tecnólogo de impacto?
Si aceptamos que la tecnología moldea la realidad, entonces la formación profesional debe integrar herramientas de análisis ético, evaluación de impacto, economía circular, gestión ambiental y diseño inclusivo.
Una escuela de tecnólogos de triple impacto no reemplaza la excelencia técnica; la amplía. Forma profesionales capaces de dialogar con comunidades, comprender regulaciones ambientales, anticipar externalidades y pensar soluciones sistémicas. Profesionales que entiendan que optimizar un proceso productivo también implica optimizar su relación con el territorio y con las personas.
En definitiva, la pregunta central no es solo cómo diseñamos, sino para qué y para quién. El diseño tecnológico no puede desvincularse de la visión de sociedad que aspiramos a construir.
Diseñar el futuro con propósito
La tecnología seguirá transformando nuestra vida cotidiana, queramos o no. La cuestión es si lo hará de manera inercial o deliberada. Cierta forma de diseñar nos condujo a los desafíos actuales; nada impide que aprendamos a diseñar de otro modo.
Impulsar una escuela de tecnólogos con mirada de impacto es apostar por profesionales que comprendan la magnitud de su rol histórico. Es reconocer que cada algoritmo, cada planta industrial y cada sistema productivo lleva implícita una definición de futuro.
En un mundo atravesado por crisis ambientales y sociales, ¿podemos permitirnos seguir formando tecnólogos sin una brújula de impacto?
* Alicia Vallejo es Licenciada en Economía, especializada en Diseño Estratégico de Tecnologías Inclusivas y Sustentables. Actualmente es Directora Ejecutiva de Fundación INVAP.
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