Gustavo Cardozo: “Ambiente y seguridad es el gran debate que se viene en lo que resta del siglo XXI”

Gustavo Cardozo, investigador del Centro Brasileño de Investigación y Estudios (BRaS) y analista senior de Observa China.

La competencia entre Estados Unidos y China está modificando algo más profundo que el equilibrio entre dos potencias: está redefiniendo el valor estratégico de territorios y recursos. Agua, litio, tierras raras, energía y hasta la proyección sobre la Antártida forman parte de una misma ecuación en la que se cruzan transición energética, desarrollo tecnológico, seguridad y poder global.

Ese desplazamiento obliga también a repensar la agenda ambiental. La descarbonización requiere minerales; la inteligencia artificial demanda energía e infraestructura; y la seguridad tecnológica depende cada vez más del acceso a recursos críticos. Para América Latina, que concentra buena parte de esos bienes, la abundancia abre una oportunidad pero también un interrogante histórico: cómo transformar recursos estratégicos en desarrollo y capacidad de negociación, y no en una nueva forma de dependencia.

Sobre ese tablero, EcoNews conversó con Gustavo Cardozo, doctor en Desarrollo Regional, investigador del Centro Brasileño de Investigación y Estudios (BRaS) y analista senior de Observa China. Especialista en las relaciones entre China y América Latina, Cardozo analiza la disputa con Estados Unidos, el lugar que ocupa el Cono Sur y una convergencia que, sostiene, marcará las próximas décadas: ambiente y seguridad ya no pueden pensarse como agendas separadas.

¿Qué está pasando en el mundo con la disputa hegemónica entre China y Estados Unidos? ¿Y qué estás viendo en América Latina y el Caribe, sobre todo en esta carrera por los recursos naturales?

El enfrentamiento entre Estados Unidos y China cambió mucho en los últimos años. En la época de Bill Clinton, China era un socio estratégico de Estados Unidos. Con la llegada de la administración republicana de George W. Bush pasó a ser un competidor estratégico, y ahí hubo un cambio considerable.

Lo novedoso de este mundo multipolar, que ya no es unipolar ni bipolar, es que Estados Unidos enfrenta a un país que lo confronta de igual a igual en términos energéticos, tecnológicos y económicos. Antes competía con la Unión Soviética, pero el PBI soviético no era nada comparado con la economía norteamericana. Hoy China plantea un frente mucho más complejo.

Por otro lado, hay una política norteamericana que para mí es la típica de los países que están en un proceso de caída hegemónica: el último esfuerzo por mantenerse como el único hegemón a nivel global. Lo hace desarrollando vínculos estratégicos con lo que queda de la OTAN, con Australia y Nueva Zelanda y con algunos países del sudeste asiático para contener a China dentro de sus fronteras. También busca que China se encuentre con problemas más amplios, incluso con sus propios socios de los BRICS.

El escenario es sumamente complejo, no solo para el sudeste asiático, que es el área de coprosperidad china con los países de la ASEAN, sino también para América Latina. Hoy la región, y fundamentalmente el Cono Sur, está en una etapa de cambio ideológico. ¿Qué va a pasar si gana Bolsonaro en Brasil, que ya dijo que quiere entrar en el Escudo de las Américas? ¿Cómo cambia la ecuación política de Sudamérica? ¿Por qué Estados Unidos viene a Sudamérica? ¿Por qué Malvinas pasa a ser estratégica ahora? ¿Por qué esta base integrada en Ushuaia?

Y en ese marco hay que ver cómo juega el continente blanco. La Antártida tiene muchísimos recursos minerales que todavía no fueron explotados y que quieren ser explotados. Recordemos que el Reino Unido creó de forma unilateral la Tierra de la Reina Isabel, un área que incluso le quita territorio reclamado a Chile, que fue su aliado durante la guerra de Malvinas. Los recursos son estratégicos: fundamentalmente el litio y las tierras raras, que son muy importantes para la industria del siglo XXI.

Además, Estados Unidos vuelve a poner sobre la mesa algo que ya hizo durante el gobierno de Ronald Reagan frente a Mijaíl Gorbachov: la famosa Guerra de las Galaxias, la carrera aeroespacial y las armas satelitales. En su momento sirvió para desgastar a la Unión Soviética. Hoy le impone a China una carrera armamentística, y hay que ver cómo China la afronta en términos económicos.

Uno de los contrastes más visibles entre las dos potencias es la agenda ambiental. En la última Asamblea General de Naciones Unidas, Trump volvió a denostarla. China, más callada en esos espacios, muestra una política ambiental en crecimiento, con una fuerte apuesta por las renovables y por cambiar su imagen de país contaminante. ¿Qué lugar ocupa la agenda verde en esta disputa hegemónica?

Para China es muy importante, y empezó a atenderla hace veinte años. Una de las características de Beijing en los 90 y en los 2000 era la polución por el uso del carbón. El río Yangtsé estaba totalmente contaminado; el año pasado vi gente bañándose y pescando. China atendió sumamente bien el problema de la contaminación, y es un eje central de su agenda verde.

Hoy China combina un giro normativo real hacia la descarbonización con una demanda sostenida de commodities. Son dos lógicas paralelas, propias de cualquier potencia en transición energética y en crecimiento, y China necesita de las dos. Ese giro ya se percibió en 2021, cuando Xi Jinping anunció en Naciones Unidas que China no iba a construir nuevos proyectos de energía a carbón en el exterior. Eso reorientó la inversión china hacia las renovables: litio, solar, hidrógeno verde, con inversiones que hoy se ven en América Latina.

Es lo que se denomina intercambio ecológicamente desigual, un patrón observable en la relación Norte-Sur. La diferencia es que China podría ayudar en el proceso de industrialización de la región, a diferencia de otros países que mantienen esa estructura para generar dependencia.

De a poco, espacios como el servicio de inteligencia británico empiezan a vincular la agenda ambiental con la de seguridad y defensa. ¿Cómo ves la relación entre estas dos conversaciones?

Creo que el gran debate que se viene en lo que resta del siglo XXI, y el foco de los think tanks, va a estar ahí. ¿Por qué seguridad? Porque los recursos hídricos y minerales como el litio son estratégicos para toda la tecnología del siglo XXI, y esa tecnología está muy orientada a la industria de seguridad. Hoy la seguridad no se mide solo por el poder militar de cada país, sino también, por ejemplo, por el manejo de los datos. Dinamarca creó el primer embajador tecnológico, dedicado precisamente a negociar ese tema.

Todo lo que tiene que ver con cambio climático, inversiones y manejo de recursos, y con cómo esas inversiones impactan en el control de los recursos, es muy importante en términos de seguridad. Estamos en un mundo superpoblado, muy abierto a la conflictividad, con disputas que se presentan como ideológicas, como la de Putin y la OTAN, pero que en el fondo son energéticas. El gran problema que enfrenta el mundo es una crisis energética, y las principales regiones que tienen esos recursos son regiones no desarrolladas: África, parte del sudeste asiático y América Latina. Ahí se da la principal puja, no solo por inversiones sino por posicionamiento geopolítico.

Como internacionalista, cuesta muchísimo leer a Trump. Hay quienes lo tildan de loco y otros que justifican lo que hace. ¿Cuál es tu lectura sobre el mundo que intenta diseñar con su política exterior?

Trump lo que está haciendo es básicamente negociar, porque Estados Unidos tiene un problema interno importante. Recordemos que los mayores tenedores de bonos del Tesoro norteamericano son Japón y China. La industria armamentística tiene un costo sumamente elevado. Y hoy lo cuantitativo no hace a lo cualitativo: las fuerzas armadas tienen que ser más reducidas, de acción rápida, con la mayor tecnología posible para golpear centros logísticos y tecnológicos y con la menor pérdida de recursos humanos.

Por ejemplo, Estados Unidos anunció que va a retirar sus brigadas de tanques Abrams, porque ve el fracaso de Rusia en Ucrania: divisiones que mueren en un territorio que no pudieron conquistar en casi cinco años. Ahí hay una lección muy importante.

Pero la situación económica interna de Estados Unidos es compleja. Dejó de ser el principal mercado a nivel global. Si bien ocupa el primer o segundo lugar en muchos países, China lo está desplazando. El taller del mundo, como fue el Reino Unido en el siglo XIX, hoy es China. Es el principal mercado de commodities, de petróleo, de minerales, y Estados Unidos no puede reemplazar la demanda china.

Hay un cambio del epicentro global del Atlántico al Pacífico. Aunque Estados Unidos intente frenarlo, la tendencia es que deje de ser la economía que motoriza las relaciones comerciales internacionales, aunque tal vez siga siendo la primera potencia. A eso se suman problemas sociales muy fuertes, el ingreso de los carteles de la droga y recortes del gasto público que se están resintiendo. Y hoy Estados Unidos no tiene el poder económico para cooptar a los países latinoamericanos a través de la deuda externa como lo hacía antes. Los países encuentran alternativas, y una de ellas es China.

Frente a un Estados Unidos que intenta negociar mientras pierde poder, ¿cómo está China y cuáles son sus desafíos?

China tiene un escenario complejo. Hay sectores de su economía que se están resintiendo. Ya no crece al 10%, a tasas chinas como antes: está viviendo un aterrizaje suave porque está mejorando su estructura productiva. Muchas empresas se están trasladando al sudeste asiático, a Vietnam, Camboya, Laos o Indonesia, países que hoy tienen las características que tenía China a fines de los 70 y principios de los 80.

El principal desafío es absorber su mano de obra calificada, con cientos de miles de ingenieros que salen al mercado laboral cada año, y el aumento del costo de vida. Estuve el año pasado y lo percibí: hay un segmento de la sociedad que me manifestó que no se quiere casar, y acceder a una vivienda en Beijing tiene costos muy elevados, alrededor de 50.000 yuanes el metro cuadrado. Eso está generando algunos descontentos sociales que el gobierno está atendiendo, porque si se profundizan pueden afectar a toda la estructura del Partido Comunista y comprometer los objetivos globales de China: ser la potencia hegemónica, pero con características distintas a las de Estados Unidos, no con el mismo modus operandi.

Con el potencial que tiene la región, cuesta mucho hablar de lo regional. Hay un viraje hacia gobiernos más conservadores y cada país termina negociando su posición por separado. Mientras tanto, Brasil va quedando solo en el Cono Sur, acompañado quizás por Uruguay y, más arriba, México. ¿Cuál es hoy el rol de Brasil en la región y en el mundo?

Brasil está entre las diez economías más importantes del mundo. Una característica de esta época es que las economías emergentes son las que traccionan el comercio internacional, y hoy los fondos soberanos están en esas economías y no en los países desarrollados. El exembajador español en China, Eugenio Bregolat, planteaba que las economías europeas van a quedar relegadas detrás de las emergentes.

Dentro de ese grupo, Brasil es un player muy fuerte en Sudamérica. Pero tiene un problema: como se dice en la jerga, no es profeta en su tierra. No logra ser un interlocutor válido de Sudamérica. Siempre esperó que Estados Unidos le delegara las responsabilidades de la región. Lula lo dejó muy claro en su discurso en Naciones Unidas: Brasil no es el patio trasero de ninguna potencia y tiene voz y voto propios.

Sin embargo, nunca logró el protagonismo que anheló, como un lugar en el Consejo de Seguridad, ni traccionar al resto de Sudamérica en las decisiones de Naciones Unidas u otros ámbitos. En parte por el recelo que tuvo Argentina en su momento, en parte por el idioma y en parte por su historia: Brasil viene de ser un imperio, y parte de esa lógica no se perdió. Muchas veces se asocia el tamaño del país con el rol que tiene que jugar.

Hoy Lula enfrenta un escenario de cambio ideológico, con parte del establishment presionando muy fuerte a favor de Bolsonaro, y la elección es sumamente compleja. Si Brasil cambia su ecuación geopolítica y entra en el Escudo de las Américas, va a perder esa voz propia que lo distinguía en la región. Y hay que ver cómo impacta eso en su relación con su principal socio comercial, que es China. La mayor parte del agro brasileño va al mercado chino, y las empresas chinas están invirtiendo muy fuertemente en Brasil. ¿En qué va a beneficiar a Brasil estar dentro del Escudo de las Américas en términos económicos y comerciales?

¿Y qué está haciendo China frente a este viraje regional que no le es favorable?

China tiene, salvando las distancias, la misma política que el Imperio británico en el siglo XIX con el Memorándum Polignac. Cuando las potencias europeas querían reconquistar América Latina en pleno proceso de emancipación, el Reino Unido dijo: no perjudiquen nuestro comercio.

La gran preocupación de China es cómo este cambio ideológico va a impactar en sus intereses culturales, políticos y comerciales en la región, y de qué manera Estados Unidos puede revertir años de trabajo. América Latina es muy importante en su matriz de abastecimiento de commodities agrícolas, que China sigue necesitando. Si Estados Unidos pone un pie fuerte en el Cono Sur, le va a quitar una región estratégica.

Por eso China está operando, en el buen sentido de la palabra, por la vía diplomática. No es un país que haga injerencia en los asuntos internos: el embajador chino no va a opinar sobre las elecciones de Brasil, como sí lo hace el presidente argentino o tal vez el embajador de Estados Unidos en Brasilia. Siempre fue muy respetuoso de la política interna de sus socios. Pero hay una gran preocupación en la cúpula china por cómo se está dando este cambio regional.

¿Qué está pasando en el mundo para que las sociedades elijan gobiernos con ideologías más conservadoras? No pasa solo en nuestra región: también lo vemos en Europa.

Creo que parte de las teorías norteamericanas, como Choque de civilizaciones de Samuel Huntington, están muy en boga. Hay una cuestión ideológica, y en algún punto racial y religiosa. Europa se está transformando en una especie de feudos que tratan de contener un flujo migratorio que ellos mismos provocaron. A través del colonialismo fueron partícipes de que esas poblaciones hoy busquen una salida: desde el Magreb hacia España y Francia, y desde el África subsahariana hacia Portugal, Alemania y muy fuertemente Inglaterra. El colonialismo dejó a regiones con mucho potencial en recursos desmembradas y con guerras civiles, como el Cuerno de África. Y el flujo migratorio va lógicamente hacia donde hay más oportunidades.

En el caso de Trump, tiene que aceptar que Estados Unidos no puede vivir sin la migración mexicana y latina. Hoy los latinos superan en población a los afroamericanos. Los latinos somos parte de la historia de Estados Unidos, aunque Huntington ni siquiera nos incorpore a la civilización occidental. Es un cambio migratorio totalmente inevitable.

Yo hago una comparación con la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo V: los bárbaros empezaron a formar parte de las filas del ejército romano. Es un poco lo que le está pasando a Estados Unidos. Hay latinos, chinos, africanos, que nunca pierden la identidad cultural con sus raíces. Ya es parte de su ADN. Esa política es un resabio de querer contener algo que, desde mi punto de vista, no van a poder contener.

Algunos analistas hablan de una tercera guerra mundial. ¿Cuál es tu mirada sobre los conflictos activos? ¿Te animás a hablar de un conflicto a escala mundial?

Hoy hay dos conflictos muy fuertes. Primero, el de Rusia y Ucrania, con una Europa del Este muy dependiente del petróleo y el gas rusos. El segundo es el que provocó nuevamente Estados Unidos en el Golfo Pérsico contra Irán. Lo que habría que preguntarse es de qué manera estos países fueron responsables de lo que ocurrió y de lo que está pasando hoy en el Golfo Pérsico y en Europa.

Hay una conflictividad global, pero creo que es muy difícil llegar a un conflicto similar a la Primera o la Segunda Guerra Mundial. Primero, porque el mundo es mucho más interdependiente. Hoy Estados Unidos tiene mucho más para perder con la suba del precio del petróleo que lo que puede ganar. Lo mismo le pasa a Rusia. Hay una cuestión económica, pero también es cierto que tener a la OTAN en sus fronteras inquieta mucho a Putin, que lo venía negociando desde hace años. Por qué la OTAN quiso llegar a esa línea roja, uno no lo sabe.

Ningún país está en condiciones de sostener un conflicto armado de mediano o largo plazo. De hecho, ¿por qué Estados Unidos se retiró del Golfo Pérsico? ¿Por qué no arrasó con Irán con la capacidad militar que tiene? Porque el costo económico es muy elevado. Tiene más para perder que para ganar.

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