La generosidad como forma de habitar el mundo: dar más y esperar menos

(Foto: EcoNews Creative Lab)

¿Cómo sería la vida cotidiana si todos tuviésemos la hermosa costumbre de dar sin esperar algo a cambio? Es esta una de las definiciones para la palabra generosidad, que proviene del latín generositas y se refiere a la inclinación a dar y compartir por sobre el propio interés o la utilidad.

Vivimos en un mundo que nos induce a ser cada vez más individualistas y a sentirnos motivados a hacer las cosas sólo si hay un beneficio de por medio.

Tal vez en algún momento de la historia hayamos perdido la capacidad de actuar con desinterés, ese impulso natural que nos lleva a hacer algo por el simple placer de hacerlo y no esperando recibir retribuciones o beneficios. Esto quizás no suceda en todas las culturas, pero sí en la que nos es más cercana y por la cual nos vemos influidos en forma directa: la cultura occidental.

Existen ámbitos o situaciones que nos estimulan a ser generosos, como sucede por ejemplo cuando hay una gran catástrofe y muchos desean colaborar aportando lo que haga falta. Pero ¡qué interesante sería no necesitar esa motivación específica!

Cotidianamente no solemos ser muy generosos; hacemos regalos y deseamos felicidad a las personas queridas en el día de cumpleaños, pero esa conducta es esperable en cualquier ser humano. En cambio, no es tan usual hacer regalos en días “comunes”, ofrecerse espontáneamente para colaborar con la tarea de otro, compartir algo que acabamos de comprar, o donar nuestro tiempo para alguna labor solidaria. No obstante, esa capacidad o virtud seguramente es inherente a todos los seres humanos y en mayor o menor medida todos podemos ejercerla. Incluso hay personas (aunque no sean la mayoría) que todos los días actúan generosamente.

En la raíz de la falta de generosidad se encuentra el egoísmo causado por el miedo y el apego a las cosas o a las personas. Ser generoso se relaciona con la ausencia de temor, con la conciencia de que nada de lo que demos desinteresadamente se perderá sino que, por el contrario, se verá potenciado. 

Como ejercicio, podríamos comenzar a pensar cada vez más en nosotros y menos en yo. Actuar de manera más desapegada de las consecuencias de nuestras acciones, y hacer más por los demás, por el simple placer de hacer y dar.

Actuando de esa manera con relación a todas las cosas que poseemos (los objetos materiales, nuestro tiempo, energía, experiencias y conocimiento) andaríamos más livianos por la vida, alejándonos del miedo a perder y acercándonos a la abundancia que, por la ley de acción y reacción, nuestra generosidad seguramente traerá como consecuencia.

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