A veces una doctrina geopolítica se entiende mejor mirando un pozo de petróleo que leyendo un documento de seguridad nacional.
El proyecto Sea Lion, ubicado en aguas circundantes a las Islas Malvinas, puede ser uno de esos casos. El yacimiento, operado por la israelí Navitas Petroleum —con una participación del 65%— y la británica Rockhopper Exploration —con el 35% restante—, contiene recursos estimados en unos 1.700 millones de barriles de petróleo y prevé comenzar su producción en 2028. Para la Argentina, que considera ilegítimas las licencias otorgadas sin su autorización, el avance del proyecto volvió a encender una disputa que nunca estuvo cerrada.
La reciente decisión del gobierno de Javier Milei de endurecer las sanciones contra las empresas involucradas en la exploración y explotación de hidrocarburos en las islas volvió a colocar a Malvinas en el centro de la agenda nacional. Pero el momento internacional en que ocurre obliga a mirar más allá del episodio inmediato.
Malvinas nunca dejó de ser una cuestión de soberanía. En el mundo que está naciendo vuelve a ser, además, una cuestión de recursos.
El regreso de las áreas de influencia
Durante buena parte de las últimas décadas, el orden internacional pareció avanzar hacia una progresiva dilución de las antiguas áreas de influencia. La globalización, la interdependencia económica y las cadenas globales de valor prometían un escenario en el que la geografía perdería importancia frente a los mercados.
Esa premisa hoy está siendo revisada.
La competencia entre Estados Unidos y China, la guerra en Ucrania, las disputas tecnológicas, la seguridad energética y la vulnerabilidad de las cadenas de suministro devolvieron al territorio un valor que nunca había perdido por completo. Puertos, corredores marítimos, infraestructura energética, minerales críticos, hidrocarburos y capacidad industrial vuelven a ser pensados en términos de seguridad nacional.
Es en ese contexto donde aparece la llamada doctrina Donroe, denominación utilizada para describir la reinterpretación que Donald Trump hace de la histórica doctrina Monroe.
Washington utiliza oficialmente otro nombre: “Trump Corollary to the Monroe Doctrine”. La diferencia no es menor. La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense plantea explícitamente recuperar la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental, preservar su acceso a geografías clave y evitar que competidores extrarregionales puedan controlar activos considerados estratégicos.
No estamos, por lo tanto, ante una simple recuperación retórica de una doctrina formulada en 1823. El mundo de Monroe estaba atravesado por la expansión territorial y la competencia entre imperios. El de Trump está atravesado también por cadenas de suministro, infraestructura, energía, tecnología y recursos naturales.
La geopolítica regresó, pero habla el lenguaje del siglo XXI.
La transición energética también es una disputa material
Existe una paradoja particularmente relevante para la agenda ambiental: la transición energética no desmaterializó el poder; cambió los materiales por los que se compite.
El petróleo continúa siendo estratégico. Sea Lion es una demostración contundente. Pero a los hidrocarburos se sumaron el litio, el cobre, las tierras raras y otros minerales indispensables para baterías, redes eléctricas, energías renovables, semiconductores, sistemas de defensa y tecnologías digitales.
Estados Unidos ya los considera una cuestión de seguridad nacional. En 2026, la administración Trump volvió a utilizar las facultades de la Defense Production Act para los minerales y materiales críticos, bajo el argumento de que resultan esenciales para la defensa y que la dependencia de fuentes extranjeras constituye una vulnerabilidad para sus cadenas de suministro.
Esta transformación obliga a revisar una idea muy instalada en el debate ambiental. La transición hacia economías bajas en carbono no implica necesariamente el final de la geopolítica de los recursos. Puede significar exactamente lo contrario: una intensificación de la competencia por determinados territorios, minerales, tecnologías y cadenas de procesamiento.
El problema deja entonces de ser solamente quién posee el recurso. Importa también quién lo extrae, quién lo procesa, quién financia la infraestructura, quién controla la tecnología, por qué puertos sale, bajo qué legislación se explota y dónde queda finalmente el valor generado.
Una América Latina que también cambió
Pero hay una dimensión adicional para comprender la doctrina Donroe: Estados Unidos está volviendo a mirar estratégicamente hacia una América Latina que, al mismo tiempo, está cambiando políticamente.
Después de la denominada segunda “marea rosa”, el mapa regional experimentó un marcado desplazamiento hacia la derecha. Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Paraguay, entre otros países, son hoy gobernados por distintas expresiones de derecha o centroderecha. Brasil, México y Uruguay conforman el núcleo de gobiernos progresistas elegidos democráticamente que todavía permanece en la región.
No se trata de un bloque homogéneo. Las diferencias entre estas nuevas derechas son importantes y responden a historias políticas nacionales muy distintas. Pero existe una convergencia que resulta difícil ignorar: una parte relevante de ellas comparte con Trump diagnósticos sobre seguridad, migración, debilitamiento de las élites políticas tradicionales y necesidad de recuperar soberanía estatal, y observa con mayor receptividad el regreso del liderazgo estadounidense en el hemisferio.
Esto modifica sustancialmente el escenario. La doctrina Donroe no se proyecta sobre la América Latina de la primera década del siglo XXI, cuando numerosos gobiernos buscaban construir mecanismos regionales capaces de ampliar sus márgenes de autonomía frente a Washington. Se despliega sobre una región más fragmentada y con numerosos gobiernos ideológicamente próximos a la actual Casa Blanca.
La coincidencia política, sin embargo, no elimina la asimetría de poder.
Y este punto resulta central cuando lo que está en juego son recursos estratégicos.
¿Cuál es la estrategia latinoamericana?
Estados Unidos tiene una estrategia hemisférica. China posee una estrategia de inserción económica y abastecimiento. Europa intenta reducir vulnerabilidades y asegurar los insumos necesarios para su transición energética.
La pregunta incómoda es otra: ¿América Latina tiene una estrategia propia?
La cuestión remite a un debate clásico de las Relaciones Internacionales latinoamericanas. Carlos Escudé planteó, desde su teoría del realismo periférico, una crítica a aquellas políticas exteriores que confundían autonomía con confrontación. Para Escudé, los Estados periféricos debían calcular cuidadosamente los costos y beneficios de desafiar a las grandes potencias y entender la autonomía no como una libertad abstracta de acción, sino en función de los costos concretos que un país podía afrontar al ejercerla.
Su planteo resulta especialmente provocador en el escenario actual.
Porque frente al regreso de las áreas de influencia, la respuesta latinoamericana no puede consistir simplemente en proclamar autonomía. Debe preguntarse qué autonomía es materialmente posible, frente a quién, en qué asuntos y a qué costo.
El propio Escudé revisó posteriormente parte de la relación entre periferia y hegemonía al analizar el ascenso de China y las oportunidades que este podía abrir para países sudamericanos. Su lectura reconocía que la transición hegemónica podía ampliar las opciones disponibles para Estados periféricos cuando aparecían potencias cuyos intereses económicos resultaban más complementarios con los propios.
Ese razonamiento adquiere hoy una nueva dimensión. Para América Latina, la competencia entre Washington y Beijing puede generar oportunidades precisamente porque amplía las alternativas. Pero aprovecharlas requiere algo más que sustituir una dependencia por otra.
Autonomía no es equidistancia. Es capacidad de elección.
Y la paradoja actual es evidente: América Latina dispone de recursos que aumentan su importancia estratégica al mismo tiempo que su fragmentación política reduce su capacidad para negociar colectivamente qué hacer con ellos.
De los recursos a las cadenas de valor
La región posee una combinación extraordinaria de recursos energéticos, minerales, biodiversidad, agua dulce, tierras productivas y acceso a dos océanos. A ello se suman corredores logísticos, puertos y posiciones geográficas cuyo valor aumenta en un escenario internacional marcado por la competencia entre potencias.
Argentina condensa buena parte de esa transformación. Vaca Muerta, el litio del noroeste, el cobre de la cordillera, la plataforma continental, los recursos pesqueros, el Atlántico Sur y la proyección hacia la Antártida suelen discutirse como agendas diferentes. Observados desde la nueva lógica internacional, empiezan a formar parte de un mismo mapa.
Malvinas pertenece a ese mapa.
Por eso Sea Lion importa más allá de la dimensión económica del proyecto. El petróleo situado alrededor de las islas se encuentra en un espacio que combina recursos naturales, rutas marítimas, presencia militar, proyección antártica y una disputa de soberanía pendiente entre Argentina y Reino Unido.
Pero la discusión latinoamericana debería avanzar todavía un paso más. Ya no alcanza con hablar de soberanía sobre los recursos. Es necesario discutir soberanía sobre las cadenas de valor.
Tener litio no equivale a controlar la cadena del litio. Tener cobre no significa controlar las tecnologías que lo demandan. Poseer hidrocarburos no garantiza capturar su renta ni decidir su destino. Disponer de biodiversidad no asegura que el conocimiento, las patentes o los beneficios asociados permanezcan en los países que la albergan.
La discusión decisiva del siglo XXI quizá no sea solamente quién posee los recursos, sino quién decide para qué se utilizan, quién controla su transformación y quién captura el valor que producen.
Eso exige algo más sofisticado que nacionalismo de recursos. Requiere capacidad regulatoria, infraestructura, ciencia y tecnología, financiamiento, formación de capital humano, política exterior y una estrategia ambiental capaz de determinar qué explotar, bajo qué condiciones y con qué límites.
Porque tampoco se trata de convertir la nueva relevancia geopolítica de los recursos naturales en una carrera por extraerlos más rápido. Si la transición energética reproduce las mismas lógicas de dependencia, degradación ambiental y exportación de materias primas que caracterizaron ciclos anteriores, habrá cambiado la tecnología, pero no necesariamente la posición de América Latina dentro del sistema internacional.
Malvinas en el mundo que viene
Sea Lion puede ser leído como un nuevo capítulo de una disputa de soberanía que lleva casi dos siglos. Pero también como una advertencia sobre el siglo que comienza.
La doctrina Donroe importa porque vuelve explícita una lógica que excede a la propia administración Trump: las grandes potencias están reorganizando su seguridad económica alrededor del control de cadenas de suministro, infraestructura, territorios y recursos estratégicos.
Pero encuentra además una América Latina políticamente distinta: más inclinada hacia la derecha, más receptiva en varios países al discurso de Washington y, al mismo tiempo, profundamente fragmentada en su capacidad para construir una posición regional.
Tal vez allí resida la verdadera paradoja del momento. América Latina vuelve a ser estratégicamente importante precisamente cuando tiene mayores dificultades para pensarse estratégicamente como región.
Para sus países, el desafío no consiste en confrontar por reflejo con Estados Unidos, alinearse automáticamente con China o interpretar cualquier vínculo con las grandes potencias como una pérdida de soberanía. Consiste en comprender, como advertía el realismo periférico, las asimetrías reales del sistema internacional y utilizar los márgenes disponibles para aumentar capacidades propias.
Malvinas ofrece, en ese sentido, una imagen particularmente poderosa. Allí convergen soberanía, recursos naturales, energía, océano, seguridad y geopolítica. Es una disputa histórica atravesada ahora por las preguntas del siglo XXI.
En el siglo de la transición energética, la soberanía no consistirá solamente en tener recursos bajo el suelo o debajo del mar. Consistirá en conservar la capacidad política de decidir qué hacer con ellos cuando todos los demás ya hayan decidido cuánto los necesitan.
