Plot twist: sí nos avisaron

La tormenta del 3 de octubre en Asunción estaba anunciada: SAT-SEN, la aplicación de la Secretaría de Emergencia Nacional, difunde alertas meteorológicas y recomendaciones.

Diez minutos antes de que empezara la tormenta, me preparé para sacar a pasear a mi perro. El cielo ya anunciaba la lluvia y yo había leído el boletín meteorológico esa misma mañana, así que pensaba llevarme el paraguas.

Pero no salí.

Minutos después, estábamos mirando por la ventana y escuchando cómo el granizo golpeaba contra el techo y el suelo, con la fuerza de una piedra arrojada al piso.

Como siempre me fascinaron los fenómenos meteorológicos, mi primera reacción fue mirar, escuchar y hasta intentar recoger algunos trozos para dimensionar su tamaño. Durante algunos minutos fue casi un espectáculo y pensé que mi paraguas no iba a ser suficiente. 

Después llegaron las fotos y los videos: parabrisas rotos, carrocerías golpeadas, techos y casas afectadas en Asunción y varias ciudades del departamento central. La tormenta del 3 de octubre fue breve, pero su intensidad dejó daños que para muchas personas no terminaron después de esos quince minutos. 

Durante un rato, todos parecíamos compartir la misma sensación: aquello había sido mucho más fuerte de lo que esperábamos.

Después busqué información sobre lo que había pasado y leí en X una frase que se repetía una y otra vez: “Nadie nos avisó”.

Pero sí nos avisaron.

La Dirección de Meteorología advertió sobre tormentas fuertes a muy fuertes, ráfagas y alta probabilidad de granizo. La información existía. Yo misma leí ese boletín esa mañana.

Entonces, ¿alcanza con emitir una alerta si quienes la recibimos no dimensionamos lo que significa?

Podemos leer “alta probabilidad de granizo” y entender perfectamente cada una de esas palabras. Otra cosa muy distinta es imaginar un granizo capaz de perforar un techo, romper un parabrisas o lastimar seriamente a alguien que va caminando por la calle.

Pronosticar un peligro no es lo mismo que comunicar un riesgo. Una cosa es informar qué fenómeno puede ocurrir. Otra es conseguir que una persona entienda qué consecuencias podría tener ese fenómeno para ella y qué debería hacer antes de que ocurra.

Estamos acostumbrados a escuchar alertas por “tormentas intensas”, “ráfagas fuertes” o “fenómenos severos”. Y muchas veces las pensamos desde nuestra experiencia cotidiana: lloverá fuerte un rato, esperamos a que pase y seguimos con nuestras actividades.

Y como el meme dice: “Este cartel no puede detenerme porque no sé leer”. En mi caso, sabía leer. La alerta estaba frente a mí, simplemente la interpreté como algo conocido.

Después de la granizada, muchas de las conversaciones no giraron en torno a si un fenómeno así había ocurrido antes o a si podía atribuirse directamente al cambio climático.

La preocupación fue mucho más inmediata: personas que podrían haber resguardado sus autos. Personas que estuvieron a punto de salir de casa. Familias sorprendidas por la violencia con la que el granizo golpeó sus techos.

No estábamos preguntándonos solamente por qué había ocurrido. Estábamos pensando: ¿podría haber hecho algo para protegerme?

Por eso tiene sentido que aparezca el reclamo de recibir alertas directamente en el celular, aunque Paraguay sí cuenta con herramientas como SAT-SEN, una aplicación de la Secretaría de Emergencia Nacional vinculada a las alertas meteorológicas y a recomendaciones ante eventos severos. El punto es cómo hacemos para que esa alerta llegue de forma directa, comprensible y oportuna a quien necesita tomar una decisión en ese momento. 

La tecnología puede mejorar muchísimo esa comunicación. Una notificación inmediata tiene más posibilidades de interrumpir nuestra rutina que un boletín que tenemos que buscar activamente o una publicación que quizás nunca veamos. Pero incluso esa notificación necesita decirnos algo más que “se aproxima una tormenta”.

Porque probablemente lo que habría cambiado mi decisión diez minutos antes no era saber que iba a llover. Eso ya sabía. Era entender que existía la posibilidad de que, en pocos minutos, salir a la calle dejaría de ser una buena idea.

Una alerta podría decir, por ejemplo: “Tormenta severa con posibilidad de granizo de gran tamaño. Evite desplazamientos y permanezca bajo techo. Si puede hacerlo de manera segura, resguarde vehículos, mascotas y objetos expuestos”. Ya deja de ser información meteorológica, pasa a ser una guía para tomar una decisión.

También creo que tenemos que hablar de un asunto menos tecnológico: nos acostumbramos a las alertas. Si recibimos advertencias con frecuencia y la mayoría de las veces nuestra experiencia termina siendo una lluvia intensa que pasa rápidamente, empezamos a construir nuestra propia interpretación.

“Alerta de tormenta” deja de significar peligro y empieza a significar “probablemente llueva”. Pero ahí hay un desafío enorme para quienes comunican fenómenos meteorológicos: ¿cómo lograr que una alerta extraordinaria no se pierda entre todas las alertas que ya incorporamos como parte de la rutina?

Tal vez necesitemos mensajes más claros sobre la intensidad esperada, las posibles consecuencias y, especialmente, qué acción se recomienda tomar.

Personalmente me siguen fascinando los fenómenos meteorológicos.

Probablemente, ante la próxima tormenta, vuelva a mirar por la ventana con la misma curiosidad. Pero también sé que después de esta experiencia voy a atender las alertas, porque conocer el pronóstico no significa necesariamente dimensionar el riesgo.

Y realmente no podemos detener una tormenta, pero quizás unos minutos de información clara puedan hacer que alguien guarde su auto, no saque a su mascota, cancele un paseo o simplemente se quede bajo techo.

La próxima alerta tampoco va a detener la tormenta. Pero debería detenernos a nosotros, aunque sea unos minutos, antes de salir de casa.

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