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De Julius Fučík a la victoria de AfD: cuando el periodismo vuelve a ser una cuestión democrática

Por: Constanza Sofia Soler | Directora EcoNews Web
8 septiembre, 2026
De Julius Fučík a la victoria de AfD: cuando el periodismo vuelve a ser una cuestión democrática

Hay coincidencias históricas que resultan difíciles de ignorar.

El 8 de septiembre de 1943, Julius Fučík fue ejecutado en Berlín por el régimen nazi. Periodista, escritor, militante comunista y miembro de la resistencia checoslovaca, había continuado escribiendo contra el nazismo incluso durante la ocupación. Detenido por la Gestapo en 1942, escribió desde prisión los textos que luego serían publicados como Reportaje al pie de la horca. Tenía 40 años cuando fue ejecutado.

Su muerte quedó asociada al 8 de septiembre, fecha en la que internacionalmente se conmemora el Día del Periodista.

Ochenta y tres años después, este 8 de septiembre encuentra nuevamente a Alemania ocupando las primeras páginas de los diarios.

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Dos días antes, Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43,8% de los votos en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt. Más que duplicó su resultado de 2021, consiguió 39 de las 83 bancas del parlamento regional y quedó a solo tres escaños de la mayoría absoluta.

El dato es histórico. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una fuerza de extrema derecha se encuentra en condiciones reales de disputar el gobierno de un estado alemán.

La organización regional de AfD en Sajonia-Anhalt está clasificada como extremista de derecha por los propios servicios de inteligencia alemanes. Pero quizá sean sus propuestas concretas las que permitan comprender mejor la dimensión del fenómeno.

El programa impulsado por Ulrich Siegmund propone endurecer las deportaciones y establecer clases separadas para hijos de familias refugiadas que, según el criterio planteado por el partido, tengan pocas posibilidades de permanecer en Alemania. También contempla restringir programas de acogida y asistencia a solicitantes de asilo y avanzar sobre la protección otorgada a refugiados ucranianos. En el terreno educativo y cultural, AfD pretende eliminar los símbolos del orgullo LGBTQ+ de las escuelas públicas, habilitar la educación en el hogar —actualmente fuertemente restringida por el sistema alemán— y reformular la enseñanza de la historia alemana para reforzar una narrativa de “orgullo nacional”.

Es precisamente en este último punto donde la propuesta adquiere una carga histórica difícil de soslayar. Hans-Thomas Tillschneider, referente educativo de AfD en Sajonia-Anhalt, sintetizó el cambio que pretende para los programas escolares con una fórmula tan sencilla como inquietante: más Bismarck y menos Hitler. La intención declarada es otorgar mayor espacio al siglo XIX y reducir el dedicado al nacionalsocialismo. El propio Siegmund sostuvo durante la campaña que Alemania no puede continuar “avergonzándose” de su historia y defendió una relación más positiva con el pasado nacional.

La agenda alcanza también a uno de los pilares del espacio público democrático alemán: los medios. Siegmund propone iniciar la salida de Sajonia-Anhalt del actual sistema regional de radiodifusión pública, al que acusa de difundir desinformación, y terminar con el actual canon que lo financia. La propuesta adquiere una resonancia particular cuando se la observa junto con la creciente confrontación de AfD con la prensa tradicional.

Por separado, cada una de estas iniciativas podría presentarse como parte de una agenda conservadora radical. Observadas en conjunto —segregación educativa de refugiados, revisión de la memoria histórica, exclusión de símbolos vinculados a minorías y confrontación con los medios públicos— revelan algo más profundo: un proyecto que no busca solamente administrar de otra manera Sajonia-Anhalt, sino modificar algunos de los consensos culturales y democráticos sobre los que Alemania reconstruyó su identidad después de 1945.

El final de la excepcionalidad

Durante varias décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, las democracias occidentales construyeron buena parte de su estabilidad alrededor de una competencia política relativamente acotada.

Socialdemócratas, demócrata-cristianos, liberales y conservadores podían discrepar profundamente sobre impuestos, Estado de bienestar, inmigración o política exterior. Helmut Kohl y Felipe González; Tony Blair y Jacques Chirac; Bill Clinton y George W. Bush representaban tradiciones diferentes. Pero, con todas sus contradicciones, competían dentro de un marco compartido de reglas, instituciones y legitimidades.

La política occidental funcionaba fundamentalmente dentro de ese perímetro.

Ese mundo está desapareciendo.

El ascenso de Donald Trump en Estados Unidos fue quizá la manifestación más visible de un proceso mucho más amplio: la crisis de representación de los partidos tradicionales, la fragmentación del espacio público, la desconfianza hacia las instituciones y el crecimiento de movimientos políticos que cuestionan consensos establecidos durante la posguerra.

Europa no permanece al margen.

Marine Le Pen y el Reagrupamiento Nacional transformaron el sistema político francés. Nigel Farage y Reform UK presionan sobre el bipartidismo británico. Las derechas radicales adquirieron protagonismo en distintos países europeos. Y AfD se convirtió en la principal fuerza opositora del Bundestag y ahora acaba de obtener casi el 44% de los votos en Sajonia-Anhalt.

Sería tranquilizador atribuir todos estos fenómenos simplemente a una súbita radicalización ideológica de millones de personas. También sería intelectualmente pobre.

Detrás de ese voto existen malestares reales: pérdida de confianza en los partidos tradicionales, dificultades económicas, incertidumbre respecto del futuro, tensiones migratorias, transformaciones culturales y una creciente percepción de que las instituciones políticas dejaron de representar a sectores importantes de la sociedad.

En Sajonia-Anhalt, el descontento con el gobierno federal fue extraordinariamente elevado. La AfD consiguió convertir ese malestar en identidad política.

El desafío democrático consiste precisamente en comprender las causas de ese voto sin normalizar necesariamente todas sus consecuencias.

Cuando desaparecen los intermediarios

Existe además otra transformación, menos visible pero igualmente profunda.

Durante el siglo XX, buena parte de la conversación pública estaba mediada por instituciones: partidos políticos, sindicatos, universidades, iglesias y, fundamentalmente, medios de comunicación.

Internet primero y las redes sociales después demolieron buena parte de esa arquitectura.

Hoy un dirigente político puede comunicarse directamente con millones de ciudadanos sin atravesar una entrevista, una conferencia de prensa o la edición de un periódico. Donald Trump comprendió tempranamente ese cambio. Elon Musk lo amplificó desde el control de una de las grandes plataformas globales. Y los movimientos políticos surgidos en los márgenes del sistema tradicional aprendieron a utilizarlo con extraordinaria eficacia.

Ulrich Siegmund pertenece plenamente a esa generación. Su ascenso político fue acompañado por una intensa presencia en redes sociales, particularmente TikTok, donde construyó una imagen mucho más cercana y cotidiana que la que tradicionalmente asociamos con los dirigentes de extrema derecha.

Pero hay un dato de estas elecciones que resulta especialmente revelador.

Durante la noche electoral en Magdeburgo, varios medios alemanes e internacionales no fueron acreditados para ingresar al acto de AfD. Le Monde encontró en las inmediaciones a simpatizantes del partido que afirmaban desconfiar de la prensa alemana y consumir fundamentalmente “medios alternativos”.

La anécdota parece pequeña frente a un resultado electoral de semejante magnitud. No lo es.

Porque una democracia necesita algo más que elecciones. Necesita un espacio público compartido en el que los hechos puedan ser discutidos, contrastados y eventualmente aceptados incluso por quienes extraen de ellos conclusiones políticas diferentes.

Cuando cada comunidad política posee sus propios medios, sus propios algoritmos, sus propias fuentes y finalmente sus propios hechos, el desacuerdo democrático deja de producirse sobre una realidad común.

Y sin realidad común resulta cada vez más difícil construir democracia.

Fučík y el sentido del periodismo

Por eso la figura de Julius Fučík adquiere hoy una resonancia inesperada.

Sería equivocado utilizar su muerte para establecer una equivalencia entre la Alemania nazi y la Alemania democrática contemporánea. La República Federal posee instituciones sólidas, elecciones competitivas, libertad de expresión, división de poderes y una sociedad civil vigorosa.

AfD, además, acaba de obtener sus votos en elecciones democráticas. Precisamente ahí reside la dificultad.

Las amenazas contemporáneas contra el periodismo no necesariamente comienzan con censores entrando en una redacción. Pueden comenzar mucho antes. Con la construcción sistemática de la prensa como enemiga. Con dirigentes que sustituyen preguntas incómodas por comunicaciones directas a sus seguidores. Con ciudadanos que dejan de confiar en cualquier información que contradiga sus convicciones. Con algoritmos que recompensan la indignación por encima de la verificación. Con comunidades políticas que terminan habitando universos informativos diferentes.

Y también pueden comenzar cuando el propio periodismo abandona su responsabilidad de comprender. Los errores, sesgos y distancias respecto de las sociedades que pretenden interpretar también contribuyeron a la crisis de confianza que hoy atraviesa la profesión.

La respuesta al avance de fuerzas extremas no puede ser simplemente etiquetar a sus votantes, despreciarlos o explicar sus decisiones mediante categorías morales.

El periodismo tiene una obligación más difícil: investigar aquello que la sociedad preferiría ocultar y, al mismo tiempo, comprender aquello que las élites preferirían no escuchar.

La democracia también puede elegir contra sí misma

La elección de Sajonia-Anhalt deja finalmente una pregunta que Europa conoce demasiado bien.

¿Qué ocurre cuando las herramientas de la democracia son utilizadas por fuerzas que cuestionan algunos de los consensos sobre los cuales esa democracia fue construida? No existe una respuesta sencilla.

Excluir indefinidamente a partidos respaldados por millones de ciudadanos plantea problemas democráticos. Normalizar cualquier discurso porque obtuvo votos también los plantea.

Las democracias liberales viven precisamente dentro de esa tensión: deben respetar la voluntad popular y, al mismo tiempo, preservar las instituciones que permiten que esa voluntad pueda volver a expresarse libremente mañana.

La historia europea enseña que ganar una elección y ser democrático no son necesariamente sinónimos.

Pero también enseña otra cosa: cuando sectores cada vez mayores de la sociedad dejan de sentirse representados por el sistema, limitarse a defender el statu quo rara vez alcanza para salvarlo.

Ochenta y tres años después

Julius Fučík escribió cuando hacerlo podía costarle la vida. Finalmente se la costó.

Ochenta y tres años después de su ejecución, el periodismo europeo enfrenta circunstancias incomparablemente más libres que aquellas. Pero la pregunta esencial que justificaba su oficio permanece sorprendentemente vigente: qué significa contar lo que ocurre cuando una sociedad comienza a cambiar delante de nuestros ojos.

El triunfo de AfD en Sajonia-Anhalt no demuestra que Alemania haya regresado a su pasado. Demuestra algo quizá más incómodo: que ninguna democracia está definitivamente vacunada contra él.

Y por eso la coincidencia de fechas importa.

El Día Internacional del Periodista no debería servir solamente para reivindicar una profesión. Debería recordarnos por qué las democracias necesitan personas dispuestas a preguntar, verificar, incomodar al poder y describir la realidad incluso cuando esa realidad contradice nuestras propias certezas.

Fučík murió enfrentando un totalitarismo ya constituido.

El desafío del periodismo contemporáneo es diferente y, en cierto sentido, anterior: reconocer las señales cuando todavía forman parte de una democracia, cuando todavía pueden discutirse, cuando todavía pueden investigarse y cuando todavía estamos a tiempo de comprenderlas.

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