La plaga de gusano cogollero resistente al maíz Bt está golpeando con intensidad inédita a los campos del Noreste Argentino, según reportes de productores y técnicos de Chaco, Formosa y Corrientes. Cultivos que deberían estar protegidos por la tecnología transgénica están recibiendo dos, tres y hasta cuatro aplicaciones de insecticidas químicos en apenas 20 días de desarrollo, una situación que no tiene precedentes en la región para esta época del año.
Omar Farana, productor en General José de San Martín, Chaco, sembró maíz temprano con semilla Bt y ya tuvo que realizar dos aplicaciones contra el cogollero. “Se supone que en esta época del año, con la siembra temprana, nunca tuvimos problemas con el cogollero, y menos cuando uno está sembrando una variedad que tiene cobertura contra la plaga”, contó a Bichos de Campo. Ahora se prepara para una tercera aplicación por recomendación de los técnicos que recorrieron el lote.
El problema no es aislado. Hugo Kolazinski, ingeniero agrónomo y productor maicero del departamento General Güemes, confirmó que todos los materiales Bt perdieron efectividad contra el gusano cogollero en la zona norte de Chaco. “Todos los maíces, todos los materiales, perdieron la resistencia al cogollero, al evento Bt”, sostuvo Kolazinski en declaraciones a Bichos de Campo. El agrónomo reporta que hay lotes de apenas 20 días de vida que ya recibieron tres tratamientos con intervalos de seis días, y aun así persiste una población alta de la plaga.
Ocho orugas por planta en cultivos supuestamente protegidos
La magnitud del ataque supera cualquier registro previo en la región. “Llegás a encontrar ocho o diez orugas por planta, eso nunca lo vi”, relató Kolazinski al describir las poblaciones de Spodoptera frugiperda (la polilla cuya larva es el gusano cogollero) que está encontrando en los lotes. La larva se alimenta de las hojas del maíz durante sus primeras etapas de desarrollo y puede comprometer seriamente el rendimiento del cultivo.
La tecnología Bt incorpora proteínas insecticidas producidas por la bacteria Bacillus thuringiensis en la semilla del maíz, diseñadas para controlar plagas como el cogollero sin necesidad de aplicaciones externas. La protección depende del evento transgénico incorporado y de la susceptibilidad del insecto a las proteínas que produce la planta. La presencia de orugas vivas en maíces Bt, sumada a la necesidad de aplicaciones químicas repetidas, plantea un interrogante concreto sobre la eficacia del control en las condiciones actuales del NEA.
Kolazinski distingue esta campaña de las anteriores: en los últimos diez o doce años que sembró maíz de primavera, nunca tuvo que hacer una aplicación específica por cogollero. Los ataques severos solían concentrarse en el maíz de segunda, sembrado entre fines de diciembre y enero. Este año, en cambio, los maíces tempranos de primavera necesitan controles desde muy temprano.
Mayor uso de insecticidas y costos que ajustan la ecuación económica
La situación suma costos en una región donde el maíz ya tiene una ecuación económica ajustada. Farana asegura que el problema ya tendrá implicancia en el rendimiento final. “Esto seguramente va a tener implicancia después en el rinde”, advirtió el productor chaqueño. La frustración es generalizada: “La verdad que te genera una impotencia”, resumió.
En la zona de Kolazinski, la diferencia entre productores empieza a hacerse visible. Quienes pueden afrontar el costo de los tratamientos realizan las aplicaciones para intentar salvar el cultivo. Otros, con menor capacidad de maniobra financiera, enfrentan el dilema de seguir invirtiendo en insecticidas o asumir pérdidas de rendimiento.
La resistencia de la plaga al maíz transgénico cuestiona uno de los pilares del modelo tecnológico agrícola en Argentina y amenaza la producción en una región clave para el cultivo. El NEA ya enfrenta desafíos adicionales como la chicharrita del maíz, que también obliga a destinar recursos adicionales al manejo del cultivo. Ahora, la pérdida de eficacia de la tecnología Bt podría obligar a un mayor uso de insecticidas químicos, con el consecuente impacto ambiental y económico que eso implica para una zona que depende de la agricultura como motor productivo.













