Leonardo da Vinci (1452-1519) no solo revolucionó el arte y la ciencia del Renacimiento: dejó en sus cuadernos una mirada profunda sobre la naturaleza, el agua como elemento vital y el conocimiento como motor de transformación. Hoy, 4 de noviembre de 2026, en el marco de la implementación del Acuerdo de París que exige cooperación global frente a la crisis climática, sus palabras sobre observar, comprender y valorar la vida cobran nueva urgencia.
Da Vinci pensaba los ciclos naturales como sistemas integrados, una visión que anticipa en siglos la ecología moderna. Sus frases, compiladas en tratados y cuadernos que han llegado hasta nosotros, no son solo citas célebres: son invitaciones a mirar el mundo con la curiosidad científica que hoy necesitamos para enfrentar el colapso ambiental.
El agua como ciclo perpetuo de la naturaleza
En su tratado sobre la pintura y sus notas científicas, Da Vinci dedicó páginas enteras al agua. Para él, no era solo un recurso: era “el vehículo de la naturaleza”, según recoge Palomo en su edición de 2013. Esa imagen del agua como portadora de vida atraviesa toda su obra, desde los estudios hidráulicos hasta los paisajes del fondo de La Gioconda.
Una de sus reflexiones más citadas profundiza esa idea de flujo constante: “El agua que tocamos en los ríos es la postrera de las que se fueron y la primera de las que vendrán; así es el presente”, una frase que Rafael Sánchez Ferlosio rescató como epígrafe de El Jarama. Da Vinci veía en el río una metáfora del tiempo, pero también una lección sobre la renovación perpetua de los ecosistemas.
Conocer para amar, amar para proteger
Para Da Vinci, el conocimiento no era acumulación de datos sino vínculo afectivo con el mundo. “Cuanto más se conoce más se ama”, escribió según recoge Bartra en 1994. Esa frase resuena hoy en cada campaña de educación ambiental: solo protegemos lo que comprendemos, solo defendemos lo que amamos.
Y llevó esa idea más lejos: “El placer más noble es el júbilo de comprender”, según Palomo (2013). En tiempos de negacionismo climático y desinformación, esa defensa del conocimiento como experiencia gozosa sigue siendo un antídoto contra la indiferencia.
La experiencia como fuente de sabiduría
Da Vinci desconfiaba de la teoría sin práctica. “Los que se enamoran de la práctica sin la teoría son como los pilotos sin timón ni brújula, que nunca podrán saber a dónde van”, escribió según Palomo (2013). Esa frase podría aplicarse hoy a cualquier política ambiental que ignore la ciencia del clima o a cualquier activismo que renuncie a la evidencia.
Pero también sostenía lo inverso: “La sabiduría es hija de la experiencia”, según recoge Señor (1997). Para él, conocer el mundo exigía ensuciarse las manos, observar directamente, medir, experimentar. Esa tradición empírica fundó la ciencia moderna y sigue vigente en cada estación de monitoreo climático, en cada biólogo que cataloga especies en el Amazonas.
Valorar la vida como condición de merecerla
Entre sus máximas más tajantes está esta: “El que no valora la vida no la merece”, según Señor (1997). Da Vinci la escribió en un contexto renacentista, pero suena hoy como advertencia a una civilización que trata el planeta como recurso descartable.
Esa frase cierra un círculo con su visión de la naturaleza como maestra perpetua: “La naturaleza benigna provee de manera que en cualquier parte halles algo que aprender”, según Ortega (2013). Para Da Vinci, la naturaleza no solo merece respeto: es la fuente de todo conocimiento posible.
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