Coexistencia = esperanza: la extinción de una especie no debería ser una solución

Lobo mexicano en cautividad en el Refugio Nacional de Vida Silvestre de Sevilleta, Nuevo México. Foto: Clark, Jim (Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE. UU.)

El pasado 4 de septiembre, el presidente Donald Trump firmó la orden ejecutiva “Supporting America’s Ranchers”,  la cual, entre otras medidas, ordena determinar si el estatus de protección federal del lobo gris (Canis lupus) y del lobo mexicano (Canis lupus baileyi) puede salir o bajar en su categoría de protección en la ESA (Endangered Species Act). A su vez alienta a los estados a revisar si estas especies deberían de estar protegidas y así facilitar que se pueda eliminar a estos animales de manera letal cuando representen un riesgo para el ganado o para el humano. La revisión de estas leyes ocurren en un contexto de conflictos entre lobos y productores ganaderos en Estados Unidos, debido a casos de depredación de ganado que pueden representar pérdidas económicas para los rancheros y generar preocupación entre las comunidades que habitan estas zonas.

Los lobos son especies fundamentales para el funcionamiento de los ecosistemas, ya que actúan como depredadores tope en muchos de los lugares donde habitan; es decir, ocupan los niveles superiores de la cadena alimentaria. Al regular las poblaciones de herbívoros, como los venados y bisontes, regulan a su vez las cantidades de plantas y árboles que se consumen en los bosques, contribuyendo al mantenimiento de los procesos ecológicos.

Estados Unidos ya ha experimentado las consecuencias ecológicas de la desaparición de los lobos de determinados ecosistemas. Un ejemplo ampliamente conocido es el caso de Yellowstone, donde la ausencia de lobos durante décadas produjo cambios en las poblaciones y comportamiento de los grandes herbívoros y, con su posterior reintroducción, se observaron cambios ecológicos importantes. Basta con buscar “lobos de Yellowstone” para encontrar numerosos estudios y ejemplos sobre este proceso.

Además, el lobo mexicano es una especie que está en peligro de extinción desde el siglo pasado gracias a cambios en las leyes como la que se busca realizar. En el 2026 se registraron 319 ejemplares de esta especie en estado salvaje en los estados de Arizona y Nuevo México Censo de población del Lobo mexicano, 31 ejemplares más que en el censo del 2024. Estos resultados se han logrado gracias a la colaboración entre los países vecinos de México y Estados Unidos. Si su protección federal desaparece, décadas de esfuerzo para rescatar a esta especie podrían verse muy afectadas.

Por esta razón me cuestiono: ¿cómo puede considerarse la posibilidad de cazarlos otra vez? ¿No deberíamos aprender de nuestra propia historia?

El conflicto entre la conservación de los lobos y la actividad ganadera es complejo y no tiene una solución sencilla. Sin embargo, quizá el verdadero reto no debería ser elegir entre los lobos y los ganaderos, sino encontrar alternativas que permitan reducir los conflictos y prevenir la depredación del ganado sin comprometer la conservación de estas especies.

Lobo gris en América del Norte. Foto: Gary Kramer/USFWS

Después de todo, parece contradictorio permitir que una especie desaparezca de un territorio para después invertir décadas de esfuerzo y recursos intentando recuperarla. La pregunta debería ser: ¿qué podemos hacer hoy para que la coexistencia entre los lobos y la ganadería sea posible?

Estoy convencido de que, con la tecnología que tenemos actualmente y con el conocimiento adquirido a partir de las consecuencias de la persecución y caza excesiva de especies, podríamos invertir dinero, esfuerzo y conocimiento en alternativas que no impliquen la muerte de los depredadores.

Ya se han desarrollado diferentes estrategias para reducir la depredación. Por ejemplo, el uso de cercas eléctricas en los recintos ganaderos puede ayudar a mantener alejados a depredadores como el puma o el jaguar. Asimismo, la vigilancia activa mediante Perros Guardianes ha demostrado reducir considerablemente la depredación en determinados contextos. También se ha reportado que mantener a las crías del ganado en corrales durante los primeros meses de vida, cuando son más vulnerables, puede disminuir significativamente el riesgo de depredación.

Si la problemática relacionada con los depredadores, como el lobo, es real, las soluciones también deberían serlo. No basta con implementar medidas que puedan convertirse en problemas mayores en el futuro. Utilizar la ciencia, la tecnología y el vasto conocimiento de la gente del campo para desarrollar soluciones debería ser una parte fundamental de este proceso, en lugar de permitir que la presión política sea la que determine el rumbo de estas acciones.

Creo que, para generar un cambio, debemos comenzar a trabajar en la coexistencia y entender que no estamos solos en este planeta ni somos dueños de él. Lo compartimos con una enorme diversidad de seres vivos que forman parte de los ecosistemas de los que también dependemos.

Tal vez esto pueda parecer una utopía, pero como profesional de la biología creo que es posible. Estoy convencido de que aprender a coexistir con los demás seres que habitan nuestro planeta será fundamental para construir el futuro que queremos.

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