A medida que los mercados de carbono maduran, gobiernos y empresas recurren cada vez más a ellos como una herramienta para cumplir objetivos climáticos, movilizar financiamiento privado y habilitar oportunidades de desarrollo. En América Latina, este debate adquiere una relevancia particular: la región concentra un enorme potencial de mitigación, que abarca desde bosques y uso del suelo hasta energías renovables, infraestructura y descarbonización industrial.
Sin embargo, una pregunta central sigue en gran medida sin resolverse: ¿qué tipo de créditos de carbono se están integrando en las estrategias nacionales y corporativas?
La credibilidad de la acción climática no estará determinada por la cantidad de créditos generados o comercializados, sino por su calidad. Sin estándares rigurosos, los créditos de carbono corren el riesgo de convertirse en un atajo: uno que debilita la ambición, retrasa la descarbonización real y, en última instancia, socava la confianza en las políticas climáticas y en los mercados.
El problema de la calidad es estructural
En su mejor versión, los créditos de carbono pueden canalizar capital hacia reducciones y remociones de emisiones que de otro modo no ocurrirían, especialmente en sectores y territorios que enfrentan dificultades para atraer inversión. En su peor versión, pueden ocultar emisiones persistentes, encubrir la inacción y generar una ilusión de progreso.
Entre los desafíos persistentes de los mercados de carbono se encuentran:
- Adicionalidad cuestionable, cuando los proyectos generan créditos por actividades que ya eran viables desde el punto de vista económico o normativo.
- Líneas base sobreestimadas o mal definidas, que inflan las reducciones de emisiones declaradas.
- Riesgos de permanencia, especialmente en proyectos forestales y de uso del suelo expuestos a incendios, degradación o cambios de política pública.
- Monitoreo, reporte y verificación (MRV) débiles, que limitan la confianza en los resultados informados.
Los créditos de remoción de carbono basados en la naturaleza merecen un escrutinio particular. A diferencia de los créditos de evitación, dependen del almacenamiento de carbono a largo plazo en ecosistemas que son inherentemente dinámicos y están expuestos a riesgos climáticos, ecológicos y sociales. Su credibilidad depende de líneas base conservadoras, salvaguardas sólidas de permanencia y esquemas de gestión de largo plazo. Sin estos elementos, las remociones declaradas pueden resultar temporales, socavando tanto la integridad climática como la confianza del mercado.
Cuando créditos de baja calidad se incorporan a los inventarios nacionales o a las declaraciones climáticas corporativas, el problema se amplifica. Lo que parece progreso en el papel puede traducirse en beneficios climáticos ilusorios, erosionando la confianza de inversionistas, reguladores y de la sociedad en general.
Con el tiempo, esta brecha de credibilidad se convierte en un riesgo de mercado. Los créditos que no resisten el escrutinio enfrentan devaluación, litigios o exclusión de futuros sistemas de cumplimiento y de los marcos voluntarios de alta integridad.
Elevar el estándar
Las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés) están concebidas para reflejar el máximo esfuerzo de un país en el marco del Acuerdo de París. Si se utilizan créditos de carbono dentro de este esquema, deberían elevar la ambición, no diluirla.
Esto implica tratar los créditos no como un sustituto de la descarbonización doméstica, sino como un complemento, y solo cuando cumplen criterios exigentes. Los créditos de alta integridad deberían demostrar:
- Adicionalidad clara y líneas base conservadoras y transparentes.
- MRV robusto, alineado con las mejores prácticas internacionales.
- Integridad ambiental de largo plazo, incluyendo salvaguardas frente a reversión y fugas.
- Contabilidad transparente para evitar la doble contabilidad entre reclamos nacionales y corporativos.
Incorporar estos principios en las estrategias nacionales envía una señal clara a los mercados: la integridad climática no es negociable.
Las empresas enfrentan una decisión similar. A medida que aumenta el escrutinio sobre las declaraciones de “cero neto” y “neutralidad de carbono”, deben decidir si los créditos se utilizan para complementar genuinamente la descarbonización o si, por el contrario, introducen crecientes riesgos de transición y reputación.
Los créditos de alta integridad van más allá del carbono
Los créditos de carbono de alta integridad no se definen únicamente por la contabilidad del carbono. En la práctica, los proyectos que generan resultados climáticos duraderos suelen ser aquellos que también protegen o restauran la biodiversidad y generan beneficios sociales tangibles.
Esto no es casual. Los proyectos basados en la naturaleza que ignoran la salud de los ecosistemas o los medios de vida locales enfrentan mayores riesgos de fracaso, reversión y conflicto. La degradación de la biodiversidad debilita la permanencia del carbono, mientras que la falta de participación comunitaria socava la gestión de largo plazo. Por el contrario, los proyectos diseñados con integridad ecológica e inclusión social en su núcleo tienden a ser más resilientes y más creíbles para los compradores.
En este sentido, la biodiversidad y el impacto social no son complementos opcionales. Son herramientas de mitigación de riesgos e indicadores de la durabilidad de los proyectos.
La calidad es una cuestión financiera y ambiental
Para las instituciones financieras, los créditos de carbono ya no son un instrumento ambiental de nicho. Cada vez más se ubican en la intersección entre la estrategia climática, la gestión de riesgos y la valoración de activos a largo plazo.
Los créditos de baja calidad introducen múltiples riesgos:
- Riesgo reputacional, ante el aumento del escrutinio público y regulatorio.
- Riesgo de transición, si los créditos se consideran inválidos o desalineados con trayectorias basadas en la ciencia.
- Riesgo de mercado, a medida que los compradores se concentran en menos créditos, pero de mayor integridad.
Por el contrario, los créditos de alta calidad tienen más probabilidades de conservar su valor, atraer compradores de largo plazo y seguir siendo compatibles con marcos regulatorios en evolución. En este sentido, la integridad no es una restricción: es una forma de gestión de riesgos.
La próxima etapa de los mercados de carbono estará marcada por un desplazamiento desde el volumen de bajo costo hacia el valor de largo plazo. Los compradores diferencian cada vez más entre créditos que satisfacen necesidades contables de corto plazo y aquellos que contribuyen de manera significativa al clima, a la naturaleza y a las personas.
Por qué esto importa para América Latina
América Latina se encuentra en una encrucijada. La región puede posicionarse como proveedora de créditos de alta integridad y alto valor, atrayendo capital paciente y construyendo ecosistemas duraderos de financiamiento climático. O puede priorizar el volumen, arriesgando daño reputacional y una futura exclusión de los mercados premium.
Esta elección tiene implicancias de largo plazo:
- Para los gobiernos, define el acceso al financiamiento climático y a alianzas internacionales.
- Para las instituciones financieras, afecta la resiliencia y credibilidad de sus carteras.
- Para las empresas, determina si sus estrategias climáticas son percibidas como creíbles o como greenwashing.
Los compradores internacionales, tanto públicos como privados, son cada vez más exigentes. Plantean preguntas más duras sobre calidad, permanencia, salvaguardas sociales y alineación con trayectorias de cero neto. Las jurisdicciones que no anticipen este cambio pueden descubrir que los créditos de hoy se convierten en activos varados mañana.
Un llamado al liderazgo
Los créditos de carbono pueden desempeñar un papel constructivo en las estrategias climáticas, pero solo dentro de un marco de disciplina, transparencia y altos estándares. La tentación de priorizar la velocidad y la escala por sobre la integridad es comprensible, pero en última instancia es miope.
América Latina tiene la oportunidad de liderar con el ejemplo: demostrar que los mercados de carbono pueden ser ambientalmente creíbles y económicamente significativos. Ese liderazgo no surgirá de contar más créditos, sino de garantizar que cada uno de ellos represente una contribución real, medible y duradera a la mitigación climática, al tiempo que protege la biodiversidad y genera impactos sociales tangibles.
En definitiva, la calidad no es una limitación para la ambición. Es el cimiento sobre el cual debe construirse una acción climática creíble.
* Jens Böhme es CEO y cofundador de Nature Development Company (NDC), donde trabaja en la intersección entre finanzas climáticas, soluciones basadas en la naturaleza e inversión de impacto. NDC desarrolla proyectos de gran escala basados en la naturaleza, enfocados en mitigación climática, conservación de la biodiversidad e impacto social. Jens participa activamente en el debate sobre la calidad de los créditos de carbono y las finanzas positivas para la naturaleza, a partir de su experiencia en desarrollo sostenible, restauración de ecosistemas y asignación de capital orientada al impacto.
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