El debate sobre el drenaje del lago Powell escaló en los últimos meses a medida que el embalse alcanzó mínimos históricos por la sequía más prolongada del sudoeste estadounidense en 1.200 años. En enero pasado, el nivel cayó a menos de 150 pies por encima del punto muerto, el umbral por debajo del cual el agua no puede fluir desde la represa Glen Canyon hacia el lago Mead, 300 millas río abajo. La crisis redujo la generación hidroeléctrica, complicó la gestión de ecosistemas fluviales y forzó recortes en las entregas a Arizona, California y Nevada, según reportó Yale Environment 360.
La sequía de 27 años que afecta al río Colorado se originó en la reducción del 80% del caudal anual que proviene del deshielo de las Montañas Rocosas de Colorado. El cambio climático adelantó el deshielo y aumentó la evaporación en los 40 embalses del sistema, incluidos los dos mayores, Powell y Mead. Agricultores ya dejaron campos en barbecho, desarrolladores pausaron obras por falta de garantías hídricas, y la Oficina de Recuperación (Bureau of Reclamation) recortó los flujos ambientales de agua fría que protegen especies amenazadas y permiten la formación de bancos de arena en el Gran Cañón.
Qué propone el movimiento Fill Mead First
Grupos como el Glen Canyon Institute impulsan una solución que hace años se consideraba impensable: drenar el lago Powell perforando nuevos túneles de desvío debajo de los tubos de bypass existentes, cerca del lecho del río. La propuesta no busca demoler la represa Glen Canyon, construida en los años 60, sino vaciar el embalse para que el agua fluya directamente hacia el lago Mead. Según Eric Balken, director ejecutivo del Instituto, la represa pasó de ser un activo durante cuatro décadas a convertirse en un pasivo que “podría impedir que el agua fluya río abajo”.
El plan traería varios beneficios, argumentan sus defensores. La capacidad hidroeléctrica se consolidaría en el lago Mead, cuyas turbinas son más eficientes. Las formaciones rocosas rojas de Glen Canyon, que conservacionistas describieron como más hermosas que el propio Gran Cañón, volverían a emerger junto con sitios sagrados para pueblos indígenas. La fauna regresaría y el hábitat ribereño se restauraría gradualmente arriba y abajo de la represa.
La idea ganó legitimidad técnica. Kathryn Sorensen, directora de investigación del Centro Kyl de Política Hídrica de la Universidad Estatal de Arizona, reconoció que “esa conversación evolucionó”. Jack Schmidt, director del Centro de Estudios del Río Colorado de la Universidad Estatal de Utah, calificó las estructuras de liberación más bajas como “una idea absolutamente razonable” que debe formar parte del debate.
Las limitaciones estructurales de la represa
La represa Glen Canyon enfrenta restricciones de diseño críticas. Si el lago cae por debajo del nivel mínimo de generación (minimum power pool), las compuertas que alimentan las ocho turbinas quedarán en seco. El agua se liberaría entonces a través de tubos de bypass que tienen menos de la mitad de la capacidad de descarga de las compuertas principales. Esos tubos no fueron diseñados para uso sostenido a largo plazo: volúmenes altos pueden causar vibraciones y erosión que dañen irreparablemente la estructura.
La Oficina de Recuperación advirtió durante años sobre esta vulnerabilidad. Tras inspeccionar y revestir los tubos en 2025, el organismo indicó que podrían funcionar si fuera necesario, pero reconoció que su uso dificultaría que los estados de la cuenca alta (Colorado, Nuevo México, Utah y Wyoming) cumplan las obligaciones de entrega hacia la cuenca baja y México.
En cuanto a la pérdida de energía, los defensores del drenaje señalan que la represa Glen Canyon genera hoy alrededor de 730 megavatios, una capacidad que ya fue superada por plantas solares como Gemini, cerca de Las Vegas, con 690 megavatios instalados. La transición a renovables haría viable compensar esa pérdida sin afectar el abastecimiento eléctrico de los estados del Bajo Colorado.
La Oficina de Recuperación y los gobiernos estatales exploran ahora opciones que incluyen trasvasar agua desde embalses río arriba, reducir entregas hasta un 40%, o pagar a agricultores para que dejen sus cuotas de agua en el cauce. El debate ya no descarta soluciones radicales: la crisis climática hídrica del oeste estadounidense dejó de ser un escenario para convertirse en una realidad operativa que obliga a revisar la infraestructura del siglo XX.
Fuente original: https://e360.yale.edu/features/glen-canyon-dam













