Después del terremoto: reconstruir Venezuela con dignidad y cuidado de la Creación

Una evaluación preliminar del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo estimó que los terremotos generaron aproximadamente 1,2 millones de toneladas de escombros en las zonas más afectadas de La Guaira.

El 24 de junio de 2026 la tierra tembló con fuerza en Venezuela. Los terremotos dejaron pérdidas humanas, miles de familias afectadas, viviendas destruidas y comunidades enteras enfrentadas al dolor y la incertidumbre. La Guaira fue una de las zonas más golpeadas y, desde entonces, sus habitantes intentan reconstruir no solo sus hogares, sino también sus vidas.

Como miembros del Capítulo Venezuela del Movimiento Laudato Si’, hemos seguido esta tragedia con el corazón puesto en Cristo y con la disposición de acompañar a quienes más sufren. No queremos contemplar esta realidad desde la distancia ni dejarnos vencer por el desaliento. Nuestra fe nos llama a ser consuelo, voz y abrazo fraterno para las familias golpeadas por esta catástrofe, pero también a preguntarnos cómo avanzar hacia una reconstrucción que proteja la dignidad humana y respete la Creación.

El dolor del hermano y el clamor de la Creación

En los refugios de La Guaira, el sufrimiento no termina con el rescate. Muchas familias han perdido a seres queridos, sus viviendas, sus pertenencias y sus medios de subsistencia. Algunas permanecen en albergues temporales o espacios improvisados, marcados por la falta de agua, el calor, la acumulación de residuos y la dificultad para mantener una higiene adecuada.

No son problemas secundarios. La falta de saneamiento, la proliferación de insectos y el mal manejo de los desechos ponen en riesgo la salud física y emocional de personas que ya atraviesan el duelo, el miedo y la incertidumbre. Detrás de cada cifra hay una historia, una familia y una vida que merece ser tratada con respeto.

Santo Tomás de Aquino enseñaba que la misericordia es la compasión que nace en el corazón ante la miseria ajena, y que nos mueve a socorrerla como si fuera propia. El papa Francisco nos recordó en Laudato si’ que «el ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos» (LS 48). Mirar La Guaira con los ojos de Jesús es comprender que cada persona necesita mucho más que una ayuda inmediata: necesita agua segura, alimentación, atención médica, acompañamiento espiritual y un entorno limpio y digno donde alimentarse, rezar, descansar y volver a empezar.

Que los escombros no se conviertan en una nueva herida

La magnitud del desafío es enorme. Una evaluación preliminar del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estimó que los terremotos generaron alrededor de 1,2 millones de toneladas de escombros en las zonas más afectadas de La Guaira.

Con dolor observamos cómo la urgencia por despejar las calles ha llevado a verter escombros en el mar. Las aguas no son un depósito de olvido ni un lugar donde esconder las huellas de la tragedia: son un regalo del Creador que debemos custodiar, aun en medio de la emergencia. Dañar los ecosistemas marinos es herir la obra de Dios y comprometer el sustento futuro de los propios pueblos costeros. San Francisco de Asís nos enseñó a alabar a Dios por la «hermana agua»; hoy, más que nunca, la reconstrucción debe hacerse con caridad, sabiduría y respeto por la Casa Común.

Desde la ecología integral entendemos que no hay verdadera recuperación si, al resolver un problema inmediato, generamos daños que comprometen el futuro de la comunidad. La gestión de los escombros debe incluir su identificación, separación, reutilización cuando sea técnicamente posible y disposición final en sitios alejados del mar y de los cursos de agua. Esta tarea exige la participación coordinada de autoridades, especialistas, organizaciones sociales, comunidades de fe y habitantes de los territorios afectados.

La solidaridad como amor que se hace acción

Ante esta realidad, la solidaridad cristiana no puede limitarse a la entrega ocasional de alimentos o insumos. Esas ayudas son indispensables, pero deben formar parte de un acompañamiento más amplio, que atienda las necesidades materiales, emocionales, espirituales y ambientales de las familias. Cuidar la Creación y cuidar a las personas son dimensiones inseparables de una misma misión. El amor se hace visible cuando organizamos la ayuda de forma limpia, equitativa y humana, y garantizamos que cada persona damnificada cuente con un espacio digno donde resguardarse.

También debemos escuchar a las comunidades. Las familias afectadas no son solo receptoras de asistencia: tienen conocimientos, capacidades y propuestas para reconstruir sus territorios. Queremos contribuir a que esta tragedia despierte una solidaridad capaz de permanecer más allá de la emergencia.

Una esperanza que se construye entre todos

En medio de las ruinas también encontramos signos de esperanza: personas solidarias, comunidades organizadas, voluntarios que acompañan y familias que, aun en el dolor, se sostienen mutuamente. Allí reconocemos la presencia de Dios y la posibilidad de construir una sociedad más fraterna.

Invitamos a las comunidades, parroquias y Animadores Laudato Si’ a informarse por medios confiables, a apoyar iniciativas de ayuda humanitaria verificadas y a promover acciones seguras de limpieza y saneamiento, siempre en coordinación con las organizaciones responsables. Invitamos también a exigir una gestión transparente y ambientalmente responsable de los escombros, que proteja a las personas, al mar y a los demás ecosistemas.

Unidos en oración y agradecidos por la solidaridad internacional, reafirmamos nuestra misión de ser bálsamo y luz. Confiamos a Nuestra Señora el descanso de quienes perdieron la vida y el consuelo de las familias que hoy reconstruyen. Que nuestra oración se transforme en cercanía, servicio y compromiso. Con la gracia de Dios, de entre las ruinas brotará una Venezuela renovada en el amor, la justicia y el cuidado fraterno de la Creación.

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