Cada vez que se tala una hectárea de bosque tropical no sólo desaparecen árboles y especies silvestres, también se altera el sistema natural que regula la temperatura, las lluvias y la disponibilidad de agua.
Es por ello que la pérdida de selvas tropicales podría intensificar fenómenos climáticos extremos en las ciudades, desde olas de calor hasta sequías prolongadas y precipitaciones torrenciales.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) estimó que más del 90% de la deforestación ocurrida entre 1990 y 2020 se produjo en regiones tropicales. Eso redujo la capacidad de estos ecosistemas para amortiguar los efectos del calentamiento global.
Los bosques como “aires acondicionados” naturales
Los bosques tropicales cumplen una función comparable a la de un sistema de refrigeración natural. A través de la evapotranspiración -proceso en el que los árboles liberan vapor de agua hacia la atmósfera-, las selvas ayudan a enfriar el aire y favorecen la formación de nubes y precipitaciones.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) explica que ese mecanismo contribuye a regular las temperaturas locales y regionales, además de mantener patrones de lluvia estables.
Cuando los bosques desaparecen, también se pierde esa capacidad de enfriamiento. El resultado es un aumento de las temperaturas superficiales y una alteración de los ciclos hidrológicos.
La deforestación tropical puede elevar la temperatura media local alrededor de un grado Celsius, según estima el Instituto de Recursos Mundiales (WRI, por sus siglas en inglés). Sin embargo, durante eventos extremos, las temperaturas máximas diarias pueden incrementarse hasta 4,4 °C.
El vínculo con las ciudades
La pérdida de bosques agrava este escenario porque reduce la humedad atmosférica y modifica la circulación de masas de aire que transportan vapor de agua. Esto puede traducirse en periodos prolongados de sequía en algunas regiones y lluvias intensas en otras.
En Sudamérica, el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (SINCHI) afirmó que la deforestación amazónica altera los llamados “ríos voladores”, corrientes atmosféricas de humedad que influyen en las precipitaciones de extensas zonas del continente.
Para el PNUMA, la degradación de los ecosistemas forestales también limita la capacidad de las ciudades para adaptarse al cambio climático, especialmente frente a eventos extremos cada vez más frecuentes.
Un efecto mariposa global
La deforestación de los bosques conlleva impactos negativos como una suerte de “efecto mariposa” climático. Así, puede desencadenar consecuencias ambientales en lugares incluso alejados como las ciudades.
Proteger estos ecosistemas no sólo es una estrategia de conservación de la biodiversidad, sino también una medida que puede ayudar a reducir riesgos climáticos y fortalecer la resiliencia urbana.












