Es difícil encontrar palabras para nombrar lo que estamos viviendo. Desde la comuna de Tomé, en el sur de Chile, estoy siendo testigo —y parte— de una experiencia profundamente dolorosa: los incendios forestales que arrasan el bosque y transforman el territorio, la vida cotidiana y la forma en que habitamos este lugar.
Los días han estado marcados por algo tan básico como urgente: la necesidad de sobrevivir y aprender a convivir con una realidad que sabíamos posible y que hoy se presenta con un rostro dantesco y apocalíptico.
Camino por mi comuna y, en cada esquina se percibe una carga de incredulidad: ¿De verdad está pasando esto?, ¿Puede existir algo peor a lo que estamos viviendo? Preguntas que permanecen abiertas, con múltiples respuestas posibles, pero siendo honesto, hoy no son lo más importante.
La urgencia es otra: contener, reconstruir y evitar que esta tragedia siga propagándose. Nadie discute eso. Sin embargo, mientras combatimos el fuego y acompañamos a quienes lo han perdido todo, también siento la necesidad de detenerme a reflexionar. No para restar importancia a lo inmediato y necesario, sino para preguntarnos, con humildad y honestidad, cómo llegamos a esta gran catástrofe.
Aprender a convivir con la naturaleza
En medio del dolor, vuelven a aparecer explicaciones simplistas. He escuchado decir: “Hay demasiados árboles, la solución es cortarlos”. Pero la realidad es, al mismo tiempo, más simple y más compleja. Basta con observar y escuchar los saberes que la naturaleza nos ha transmitido durante miles de años, pero hemos perdido la capacidad de escuchar de manera activa y empática.
No se trata de aprender el idioma de los animales ni del mundo vegetal o fúngico, sino de comprender mejor para convivir mejor.
Un bosque no es una plantación forestal.
Un bosque no es solo diversidad de especies.
Un bosque es interdependencia. Es aceptar las diferencias, complementarse, convivir sabiendo que todo está conectado y que cada decisión u omisión tiene consecuencias sobre otros.
Habitantes de una casa común
Hoy, distintas corrientes de pensamiento, incluida la ciencia, nos invitan a recuperar una visión holística: habitamos una casa común, compartida no solo por los seres humanos, sino por todas las formas de vida y elementos que las sostienen: tierra, rocas, agua, viento. La encíclica Laudato si’ nos recuerda algo esencial: nuestra inteligencia racional y emocional no siempre es suficiente. Prepararnos para lo peor mientras deseamos y rezamos por lo mejor no es una contradicción. Vivir cerca del bosque y dejarnos abrazar por él tampoco lo es. Son saberes antiguos, ausentes de los manuales técnicos, pero profundamente vigentes..
Muchos de nosotros somos profesionales de la ciencia y, al mismo tiempo, cultivamos una vida espiritual activa. Ambas dimensiones no se excluyen, se enriquecen mutuamente. Incluso ciencias antes cuestionadas están abriendo campos que hace pocos años parecían impensables.
Un río no es solo un cauce que puede desviarse. Un estero no es solo un obstáculo que hay que “ordenar”. Cada intervención humana altera procesos que afectan a todo el ecosistema.
La sabiduría de lo que nos supera
Las arenas del Sahara que viajan hasta el Amazonas son un fenómeno “invisible” a los ojos, pero real y funcional para el equilibrio del planeta. Una abeja hace lo propio, cumple una función esencial para la vida. Hoy, millones de ellas mueren en los incendios forestales.
¿Cómo comprender esto? En lo personal, creo que Dios colocó cada elemento de la creación con un propósito. Otros encontrarán esa razón desde otras creencias. Lo importante es reconocer que hay una sabiduría mayor que nos precede.
Incendios: causas humanas, consecuencias compartidas
Sabemos que más del 97% de los incendios forestales son provocados, voluntaria o involuntariamente, por los seres humanos. En la tragedia que vivimos, hablamos prácticamente de un 100%. Son incendios que frenaron, cambiaron y alteraron el destino de millones de seres vivos, más allá de las cifras: vidas truncadas, hogares reducidos a cenizas, escuelas, iglesias, infraestructura destruida, suministros cortados y corazones apretados por la angustia de ver el fuego sin poder detenerlo.
Los incendios tienen un inicio, y ese inicio no siempre es desbordante o incontrolable. La forma en que los detectamos y las primeras decisiones que tomamos marcan el curso de lo que viene después.
Desde la gestión de riesgos sabemos que, mientras un evento se mantiene en etapas de prevención y mitigación, aún existe margen de control. Pero cuando entramos en la reacción, la necesidad de datos rápidos, equipamiento, infraestructura y profesionales capacitados se vuelve vital. Si un evento se convierte en emergencia, es porque hemos perdido el control, y ello implica un alto costo en vidas.
Ciudades que deben aprender a prevenir
Si seguimos construyendo ciudades sin considerar estos factores, seguiremos ubicando comunidades en el centro del riesgo. Existen propuestas que aún duermen: franjas de protección, zonas de amortiguación, cortafuegos, equipamiento comunitario cercano a plantaciones, redes de grifos en zonas críticas. Es hora de que estas medidas se despierten y se implementen con visión de futuro.
Incendios forestales: entre la catástrofe y la esperanza
Vivimos una era en la que lo impensado se vuelve frecuente. Lo que antes parecía excepcional hoy se repite con mayor intensidad. En los próximos años, esta tendencia solo aumentará.
En estos incendios forestales, millones de vidas se han visto afectadas: insectos, aves, mamíferos, seres humanos, animales de crianza y compañía. Y aún así, en medio del humo y las cenizas, la esperanza no desaparece. La veo en quienes ayudan sin preguntar, en las brigadas, en los vecinos que comparten agua, en las manos que reconstruyen, en la certeza de que todavía estamos a tiempo de aprender.
Porque cuidar la casa común no es una consigna: es una urgencia, una responsabilidad y, sobre todo, un acto profundo de amor.
* Christian Matamala Irribarra es Gestor Ambiental y de Riesgos y Emergencias. También es Coordinador del Movimiento Laudato Sí Chile y miembro del Consejo Mundial del Movimiento. Escribe desde la comuna de Tomé, región del Bio-Bio, Chile, no de los puntos rojos de estos incendios forestales.
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