La resistencia que crece en Uspallata en defensa del agua y por el freno de la megaminería

(Foto: EcoNews Creative Lab)

El acampe por el agua en Uspallata lleva ya dos meses al lado de la ruta. Allí permanecen varias personas que se han entregado de lleno a defender el agua, a protegerla de los proyectos extractivistas que buscan instalarse en la zona para extraer minerales a expensas del uso de este bien vital e irremplazable.

El acampe no es cómodo. Tiene una infraestructura básica para permanecer día y noche. Cuenta con la colaboración de muchos pobladores que apoyan la causa: donan lo que pueden, acercan alimentos y acompañan cuando les es posible.

Aquí se reúnen a charlar y compartir unos mates, alentando el enorme esfuerzo que significa “poner el cuerpo” en una situación de protesta permanente. Porque eso es el acampe: un pequeño territorio de resistencia, una manifestación contra un Estado que parece indiferente a los males que puede provocar la megaminería en un pueblo.

Es casi una inmolación de quienes ya no encuentran otras vías para ser escuchados, vistos y considerados. Es darlo todo para que algo cambie.

En el acampe suceden muchas cosas, porque la vida transcurre en ese espacio reducido y precario. Lo que en principio parecía transitorio comienza a extenderse sin un límite claro de tiempo. Será así hasta lograr el objetivo: que se anulen los proyectos mineros en Uspallata.

Mientras tanto, el tiempo pasa sin intervenciones, sin soluciones, sin mediaciones. Los manifestantes que permanecen allí van aceptando esta nueva modalidad de vida. Del gobierno no llegan preguntas; de las empresas mineras, tampoco. Y de algunos conciudadanos… silencio. Pocos se interesan por saber cómo están, cómo atraviesan los días en ese espacio diminuto, o cómo hacen las familias que sienten la ausencia de quienes decidieron acampar.

¿Qué ocurrirá cuando llegue el frío gélido de la montaña dentro de unos meses?

Horas, días, meses de permanencia con una sola idea: que no entre el Proyecto San Jorge ni ninguna empresa a llevarse minerales y provocar la muerte de este territorio.

Quienes están en el acampe son, en muchos sentidos, los héroes que tenemos. Son quienes dejan todo para luchar de manera pacífica por un bien común. Nadie más que ellos merece tanto respeto.

El acampe se ha asumido como una forma extrema de oponerse a una política que anula la participación ciudadana y limita toda posibilidad de arraigo en un territorio que hoy es observado con interés por promesas de progreso que no pertenecen a Uspallata ni se realizarán en él.

Lo sabemos. También lo saben quienes están acampando: la distribución de las riquezas nunca será simétrica. Para algunos todo; para quienes viven aquí, apenas el daño irreparable al territorio.

En esta nueva fase del capitalismo, Uspallata parece ser considerada una zona de sacrificio: un territorio útil a intereses externos que debería resignar su historia, su cultura y su biodiversidad para sostener una forma de vida que no se desarrolla aquí ni con nosotros.

Esta desigualdad cada vez más profunda no deja margen para elegir: nos arrastra. Y frente a ese escenario surge la oposición, la protesta, el rechazo a ser usados e ignorados. Ante la limitación para decidir nuestro destino, aparece el empoderamiento en la unión.

Este tipo de luchas sociales pacíficas surgen como un imperativo para sostener reclamos legítimos, no sólo en el presente sino también a largo plazo. Buscan hacer visible la injusticia y señalar la enorme brecha que existe entre quienes toman las decisiones y quienes habitan el territorio.

Dentro del repertorio de acciones colectivas, el acampe se convierte así en un símbolo de resistencia y convicción. Es la lucha permanente, sin pausa ni agotamiento. Es la persistencia de un reclamo silencioso, calmo, pero profundo.

Todo se detiene en la vida de quienes acampan para que la lucha continúe de esta nueva forma, transformando la protesta en una institución.

¿Cuánto cambiará nuestra sociedad a partir de este tipo de acciones?

La esperanza de cambio es fundamental, sobre todo frente a la apatía de muchos que, atrapados por una cultura del consumo y el entretenimiento, no se detienen a pensar en un futuro que podría ser destruido por ambiciones ajenas.

Esa apatía, muchas veces alimentada y planificada, busca evitar justamente esto: que algunos se levanten y cuestionen.

Si cada vez más personas comunes comienzan a reflexionar sobre lo que está en juego y a buscar nuevas formas de reclamar por sus derechos, otra historia será posible.

El acampe pone frente a los ojos realidades que algunos prefieren no ver. A través de la exposición continua, se vuelve visible lo que otros intentan ocultar: que no hay futuro en las promesas de una empresa extractivista.

No deberíamos mirar estas manifestaciones de protesta como algo cotidiano. Son hechos excepcionales protagonizados por unos pocos valientes que se atreven a exponerse por el bien del pueblo.

Quienes están en el acampe son parte de nosotros. Defienden lo que todos necesitamos. Lo hacen por los conocidos y por los desconocidos, por los hijos y por los nietos que vendrán.

El acampe defiende el agua.Y defender el agua es defender la vida.


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