Dejó la arquitectura para producir girasol sin agroquímicos: la historia de Virginia Otero

Campo de girasol en la llanura pampeana argentina bajo cielo despejado.

Foto: Paco Ciclon / Pexels

La historia de Virginia Otero y la producción sin agroquímicos arrancó en 2018, cuando dejó la arquitectura para hacerse cargo de 1.000 hectáreas en San Luis, a 30 kilómetros de Justo Daract. Tenía 30 años y dos hijos chicos. La mitad del terreno era monte y médanos; la otra mitad, tierras laborables. Lo que empezó como una decisión familiar terminó convirtiéndose en un proyecto de girasol sin agroquímicos en Argentina que hoy le permite saldar deudas y explorar la comercialización de semillas y aceite.

La primera decisión técnica fue dejar de usar pesticidas y herbicidas. “Decidí dejar de ir en contra de la vida. Frenar esa máquina destructiva y empezar a buscar formas de trabajar a favor del monte, no en su contra”, explicó a Bichos de Campo. El cambio no fue inmediato. Para 2021 ya practicaba ganadería regenerativa e integraba un grupo de agroecología. Pero con la agricultura agroecológica no encontraba la vuelta: no sabía cómo producir sin depender de los agroquímicos.

El girasol apareció casi como intuición. Compró diez bolsas de semillas para un ensayo. Pero cuando llegó el encargado de la siembra, había un error en la entrega: mandaron 50 bolsas. “Me llamó y me dijo: ‘¿Qué hacemos con esto?’. Yo le dije que las sembráramos todas. Para mí no era casualidad que hubieran llegado esas semillas”, contó. El ensayo terminó siendo cinco veces más grande de lo previsto.

Un conflicto internacional le permitió saldar una deuda en dólares

En 2022, Virginia arrastraba una deuda en dólares vinculada al campo. Las devaluaciones sucesivas habían extendido el compromiso y buena parte de los ingresos terminaban destinados a cubrirla. Entonces llegó el conflicto entre Rusia y Ucrania. El mercado internacional de girasol sufrió un desabastecimiento fuerte de semillas y aceite. En ese contexto, el girasol que había producido alcanzó un valor muy superior al previsto.

“Nos pagaron las semillas al doble del valor que tenían en ese momento. Y eso me permitió cancelar toda la deuda que tenía del campo”, recordó. La situación económica, paradójicamente, abrió una nueva etapa. “Ahí entendí que había una posibilidad. Que podíamos producir semillas y que después también podíamos avanzar hacia la elaboración de aceite”.

Mujeres en agroecología: la apuesta por el diálogo y la conservación

La experiencia de Virginia se inscribe en un movimiento de mujeres en agroecología que ganan protagonismo en la transición productiva del sector rural argentino. El proyecto La Certeza no pretende presentarse como modelo terminado ni como receta universal. Parte de una condición particular: un campo donde conviven tierras productivas, monte y médanos, y donde la conservación del bosque de caldén forma parte de las decisiones productivas.

“Para mí La Certeza es una búsqueda. Es volver al origen, a entender qué somos como seres humanos y qué hacemos con aquello que nos toca custodiar”, dijo. La apuesta también incluye una dimensión humana: recuperar el diálogo entre quienes trabajan sobre los territorios. “Porque nadie tiene todas las respuestas”, expresó la productora de aceite de girasol y mieles.

Hoy el establecimiento sigue produciendo girasol sin agroquímicos sobre un fragmento del Bosque del Caldenar, un ecosistema que alguna vez ocupó grandes extensiones de la llanura pampeana y que hoy sobrevive en parches cada vez más reducidos.

Fuente original: https://bichosdecampo.com/la-historia-de-virginia-otero-y-una-certeza-dejo-la-arquitectura-para-continuar-el-trabajo-en-un-campo-familiar-donde-empezo-a-producir-girasol-sin-agroquimicos/

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