Muchas veces escucho a distintas personas decir que hacen algo porque les gusta, o lo opuesto, no hacen algo porque les desagrada. Ya sea que se trate de una actividad, un hábito diario o una manera de alimentarse, esas declaraciones me llevan a pensar que el gusto sería justificación suficiente para mantener las cosas como están y no proponerse un cambio o un nuevo aprendizaje.
Si bien hacer las cosas con placer es algo con lo cual yo sintonizo, tomar como bandera el hecho de hacerlas solo por ese motivo puede llevarnos a un cierto nivel de estancamiento y, en algunos casos, de poca consideración por el medio que nos rodea. Personas, animales y el planeta en general merecen de nosotros una actitud más resuelta y activa.
Pienso que el gusto no es solamente algo innato e inalterable, sino que se construye, se aprende y muchas veces nos es contagiado por otras personas. Hay muchos factores del contexto familiar y social que influyen en forma directa en la construcción de las propias preferencias en cuanto a la música, la ropa, la comida, los libros, las películas, las personas con quienes nos vinculamos, etcétera.
Nuestras predilecciones varían a lo largo de la vida, e incluso de una región a otra. No obstante, sería interesante que cualquier eventual modificación no se produjera en forma aleatoria, sino que fuera acompañada siempre de un mayor nivel de conciencia.
En este sentido, a veces modificar un hábito puede generar al inicio una sensación de nostalgia, pero si elegimos la nueva costumbre de forma lúcida y con un objetivo más trascendente, seguramente a la larga nos traerá igual o mayor placer que la que hemos dejado atrás.












