La agenda ambiental atraviesa una paradoja difícil de ignorar. Mientras la crisis climática profundiza sus efectos y la transición energética multiplica la demanda de minerales, agua, energía y territorios, el ambiente pierde centralidad en la conversación política internacional. La Asamblea General de las Naciones Unidas volvió a reunir esta semana a líderes de todo el mundo en Nueva York, pero el clima, la biodiversidad y la transición ecológica quedaron nuevamente relegados frente a un escenario dominado por las guerras, la competencia tecnológica y la disputa entre potencias.
Ese retroceso, sin embargo, admite una lectura menos evidente que la del simple avance del negacionismo. Para Juan Cabandié, exministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación, parte de la crisis reside en la propia arquitectura internacional que debía conducir la respuesta ambiental. Décadas de cumbres, declaraciones y compromisos conviven con una dificultad persistente para transformar consensos diplomáticos en financiamiento, políticas concretas y modificaciones sustanciales de los patrones de producción y consumo.
En conversación con EcoNews, Cabandié lleva esa crítica un paso más allá. Su planteo desplaza la discusión desde el ambiente hacia la distribución global del poder: quién produce, quién consume, quién aporta los recursos naturales y quién establece las reglas bajo las cuales los países pueden desarrollarse. En ese marco introduce una idea deliberadamente provocadora: dejar de hablar solamente del desarrollo de los países periféricos y comenzar a discutir el “sobredesarrollo” de las economías centrales, cuyo nivel de consumo y expansión —sostiene— también debería formar parte de la ecuación ambiental.
La discusión adquiere una dimensión todavía más estratégica frente al avance de la inteligencia artificial y la creciente competencia por los recursos que sostienen la nueva economía tecnológica. Gas, agua, litio, minerales críticos y tierras raras vuelven a colocar a países como la Argentina en el centro de una disputa que ya no es únicamente ambiental ni económica, sino también geopolítica. Desde allí, Cabandié cuestiona el rumbo del gobierno de Javier Milei, pero también dirige una crítica severa hacia su propio espacio político: sostiene que el peronismo se ha encerrado en disputas internas mientras el mundo acelera una competencia por recursos naturales, energía y tecnología que puede definir las próximas décadas.
La agenda ambiental perdió fuerza a nivel global, regional y nacional. ¿Qué pasó? ¿Qué se hizo mal desde los sectores que justamente deberían impulsarla?
Sin duda perdió fuerza. Me parece que no escapa al contexto internacional general: el desprestigio que acumularon los organismos internacionales a partir de la falta de resoluciones concretas. Y ese desprestigio es, de alguna manera, hijo de las desigualdades estructurales que tiene nuestro planeta en términos económicos, sociales y ambientales. Es un mundo que no puede resolver los conflictos bélicos que estamos presenciando, con unas Naciones Unidas que no hacen nada frente al peor genocidio del siglo XXI, que es el que lleva a cabo Israel en Palestina.
A eso hay que sumarle algo que seguramente es muy incómodo para los que creemos en la agenda ambiental. Cuando ciertos conceptos penetran y hacen ruido, es porque alguna parte de ellos está anclada en la realidad. Cuando Trump habló de la “agenda woke” y empezó a desprestigiar a los organismos internacionales, se basaba en algo de la realidad. No en la totalidad, pero en algo.
¿En qué sentido?
Fijate que primero empezó con la Organización Mundial de la Salud, cuestionándola en plena pandemia durante su primera presidencia. Después siguió con la OTAN, con una idea más geopolítica. Hoy incluso somos herederos de eso en nuestra discusión sobre Malvinas, que está absolutamente relacionada con la doctrina Monroe reactualizada, donde Estados Unidos establece que América, incluido el Cono Sur y la puerta a la Antártida, es su patio trasero. Cuando Trump dice que va a arbitrar en un eventual conflicto entre el Reino Unido y Argentina, lo que está diciendo en realidad es: “Voy a sacar a Europa del Cono Sur y voy a poner mi versión naval en Malvinas”. Y entonces la soberanía argentina sobre Malvinas va a ser parcial, o directamente no va a existir.
Hay una decisión de reconfigurar el mundo en la que desprestigiar a los organismos internacionales, y su agenda, es parte de la estrategia. Ahora, ¿qué hizo Naciones Unidas respecto de la problemática ambiental más allá de documentos, foros y COP? Por la experiencia de ir a las COP, te das cuenta de que están llenas de burócratas con sus laptops, comiendo bien y alojándose en buenos hoteles, y los resultados son nulos. ¿Cuál es el puente con la transformación? ¿Dónde está el financiamiento? Siempre es el punto de discusión en el que todos se levantan y se van. Compromisos, recontracompromisos, el Pacto Verde Europeo, denominaciones grandilocuentes sin ninguna transformación real.
¿Qué debería estar en el centro de esa discusión?
El financiamiento, por ejemplo, para los pequeños Estados insulares, que es donde prioritariamente tenemos que trabajar, porque la suba del nivel del mar está atentando contra la superficie de esos territorios. Y las desigualdades. ¿Cuándo se va a discutir lo productivo en la agenda ambiental? Se discute el impacto ambiental de la actividad primaria, que justamente está en los países en desarrollo. Pero no hay ninguna contabilidad estadística del impacto ambiental de las industrias. ¿Cómo puede ser? ¿Las industrias no contaminan y sí contamina la ganadería, la deforestación? ¿Y dónde se come la carne que producimos? Nosotros comemos cada vez menos; se come en los países desarrollados. ¿Y adónde va nuestra industria maderera? A cubrir lo que Europa ya no foresta en los países nórdicos, porque tienen normas estrictas. ¿Y quiénes son los dueños de una parte de nuestras cuencas forestales? Casualmente, las mismas empresas del norte de Europa.
Si no ponemos en discusión que el problema es esta lógica del mercado de consumo, de bienes superfluos, innecesarios, que cubren necesidades estéticas de la sociedad de consumo, no vamos a llegar a ningún lado. La sociedad de consumo no la creamos nosotros: se creó en los países centrales, con la publicidad y el marketing. El 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero está en el hemisferio norte y solo el 20% corresponde al hemisferio sur.
Y habría que preguntarse si las restricciones que quiere poner Europa con excusas ambientales no se parecen a lo que pasó después de la Segunda Guerra Mundial. Bajo el paraguas de la reconstrucción se diseñó el comercio internacional, se crearon el Fondo Monetario y el Banco Mundial, y ahí se definió quién iba a ser rico y quién iba a ser pobre. El país que iba a ser pobre nunca pudo salir de ese lugar. Si ahora este diseño supuestamente ambiental de Europa nos pone trabas a la exportación forestal o a otras producciones, ¿no será una excusa para no dejarnos crecer?
Lo digo porque tenemos que pensar en desarrollo. La gente necesita desarrollarse y para eso necesita producir. ¿Cómo? No de la misma manera en que lo hicieron Europa, Estados Unidos, Rusia o China, sino con criterios ambientales. Ahora, la transición energética requiere electrificar redes, rutas, trenes, cambiar el parque automotor. Y esa transición requiere minerales, requiere litio. Oponerse por oponerse a esa agenda, o al gas como combustible de transición, no tiene sentido.
Pero si los países centrales no acuerdan limitar su crecimiento, va a ser muy difícil. Nosotros vamos a seguir separando en origen, ampliando áreas protegidas, tratando residuos, haciendo compost. Pero si los países centrales no hacen un estudio pormenorizado de cuánto implica cada punto de su producto bruto en términos de contaminación, degradación y emisiones, va a ser muy difícil.
Siempre hablamos de los países en desarrollo, pero nunca de los países sobredesarrollados. El concepto que tenemos que plantear desde nuestro humilde lugar es el sobredesarrollo de los países ya desarrollados. Porque tenemos desigualdades históricas y sociales, y esas desigualdades perjudican más al ambiente: ante las carencias y la necesidad de resolver la vida, muchas veces se toman decisiones contrarias al equilibrio ambiental. Y eso lleva a personas sin conciencia ambiental, en lugares de poder, a decir “cambiemos la categoría de este bosque, pintémoslo de amarillo, desforestemos todo para poder crecer”. La urgencia te lleva a eso. No digo que esté bien: está pésimo, y necesitamos más conciencia ambiental en todos los que toman decisiones en el gobierno argentino. Pero también es cierto que los países centrales no te dejan crecer. Entonces el concepto es el sobredesarrollo. ¿Por qué Europa necesita crecer más y más y más? ¿Para qué?
Te tocó navegar la gestión pública. ¿Veías entonces cómo se iba erosionando la agenda ambiental? ¿Cuál fue tu mayor aprendizaje?
Yo esto ya lo veía, y lo dije en distintos encuentros internacionales, en soledad. Hasta que llegó Marina Silva, de Brasil, lo decíamos en completa soledad. La agenda de acá era seguir detrás de Naciones Unidas para que te dieran un microfinanciamiento de diez mil dólares para resolver la deforestación en el Chaco salteño. Eso también es una estrategia de los organismos. Y la burocracia de los organismos, no te puedo explicar: nos castigamos diciendo que el Estado es burocrático, pero los organismos internacionales son tres veces más burocráticos que cualquier Estado. Te dan un financiamiento mínimo y tenés que hacer papeles, poner todo el ministerio a disposición, aprobarlo, mandarlo.
Otro aprendizaje es que si no salimos de forma conjunta como región, es mucho más difícil. Ahí juega el hegemón, que siempre te va a dividir: le da cien mil dólares más a un país y te rompe una estrategia regional.
Pero también hay cosas para aprender en Argentina; no podemos echarle siempre la culpa a los de afuera. Si la agenda ambiental es ambiental a secas, no va a haber muchos resultados. Vamos a comprar tachos de residuos, ampliar parques nacionales, que está muy bien y es un logro que hay que reconocer: tanto la gestión macrista como la nuestra ampliaron áreas protegidas. Lo del gobierno actual es inclasificable, así que ni lo menciono. Pero la agenda ambiental tiene que estar dentro de la discusión económica. Hay países como Costa Rica, España, Portugal o Italia donde el área ambiental tiene competencias en energía y en agua, porque estamos hablando de problemas ecológicos integrales, no solo biológicos. Es un abordaje socioambiental, y eso requiere tener decisión en el área productiva. Si la agenda ambiental no es protagonista de la agenda energética, no va a servir.
Así como Trump hace una lectura con medias verdades, algo similar pasa con Milei: desplazó la agenda ambiental, pero en sus discursos hay algo de verdad, sobre todo en temas de desarrollo. ¿Qué estás viendo hoy en la política nacional?
Yo creo que el desarrollo es compatible con la agenda ambiental. Lo de Milei es muy específico. Quizás se apalancó en un hartazgo con otros signos políticos, incluido el nuestro, y también con la gestión macrista, que fue muy mala. Eso alimentó el hartazgo de la sociedad con los partidos tradicionales. Y hay algo que no puede dejar de analizarse: la inflación. El último gobierno peronista tuvo un acumulado de más de 1.000% de inflación. Construir una narrativa para bajarla es disciplinador para la sociedad; ya pasó en los 90, después del gobierno de Alfonsín. A partir de ahí se configuró una idea antiestatal que prendió en un sector de la sociedad.
No porque lo antiestatal sea bueno. El Estado necesitaba una modificación, pero no esta, que es anularlo y quitarle competencias. Se está configurando un Estado al servicio de no se sabe quién. O sí se sabe, porque tenemos un riesgo enorme que tiene que ver con nuestros recursos naturales, nuestros bienes comunes, en el contexto internacional de la guerra tecnológica, la guerra por la inteligencia artificial.
Eso se acelera de forma continua. Hace un año parecía extraño hablar de una carrera por la IA; hoy es más real que nunca. Trump acaba de decir que no la van a regular, mientras Xi Jinping dijo que hay que regularla. Y al mismo tiempo, ¿qué necesita la inteligencia artificial? Lo que tiene China y lo que tenemos nosotros: gas, agua, litio, tierras raras.
Entonces, ¿cuál es el peligro hoy? Las decisiones de Estado como el RIGI, o la ley sobre la propiedad de la tierra que intentaron sacar y que por suerte fue rechazada en el Senado. Y la presencia de Estados Unidos en Malvinas. El peligro son los recursos naturales. Somos un país que está fuera del alcance de las armas nucleares, pero tenemos un lugar muy preciado por la extensión de nuestras tierras. Ese es el peligro que tenemos hoy, y es el que representa este gobierno. Todo lo que planteó al principio y que enganchó a la gente, combatir la inflación, terminar con la casta, fue una excusa para hacer esto. Y hoy hay un descontento cada vez mayor.
¿Y dónde está el peronismo?
El peronismo está en la estupidez más grande de las últimas cinco décadas. Está en un lugar muy tonto. ¿Te parece que tenemos que estar discutiendo si una intendenta critica a un gobernador, si el gobernador no la saluda, si aparece otro y lo critica? Estamos viendo un centralismo nunca antes visto en el peronismo, que siempre fue un proyecto federal, como lo concibió el general Perón. Hoy hay una concentración geográfica en el AMBA que perjudica la idea de un peronismo transformador. El peronismo tiene que estar pensando en los recursos naturales, y está pensando en internas egocéntricas.
Yo no me posiciono en ningún lado de esa discusión entre Axel y Máximo. Quiero que tengamos un proyecto nacional con el que podamos desarrollarnos, tener mejor calidad de vida y estar atentos regionalmente para cuidarnos en un tiempo que va a ser muy peligroso. Hay científicos sociales vinculados a las tecnológicas que advierten que si no regulamos la inteligencia artificial, la humanidad corre riesgo en pocos años. ¿Y el peronismo está discutiendo peleas internas? Son unos irresponsables.
Algunos dirigentes históricos plantean volver a las bases del peronismo. ¿Cuáles son hoy esas bases?
La doctrina. Y la doctrina está basada en principios; esa es la genialidad del general Perón. Es distinta de un dogma: el dogma nunca se discute, la doctrina sí. Se actualiza, se analiza el presente y el contexto, se elaboran propuestas en base a los principios, se presentan electoralmente, se disputan, y si nos va bien, gobernamos y transformamos.
En materia ambiental, Perón ya estableció una agenda adelantándose incluso a la primera conferencia de Estocolmo, con su mensaje ambiental a los pueblos y gobiernos del mundo. Ahí es donde hay que volver.
En conclusión: ¿cómo conectamos la producción con el ambiente?
Hay que tener un Estado fuerte e inteligente. No podés regalar las minas sin auditoría, sin control y sin participación estatal. Mirá Santa Cruz, una de las provincias que más minerales exporta: nunca tuvo un problema. ¿Por qué? Porque en los últimos quince años se implementó un esquema en el que el Estado participa entre el 7 y el 13% de la actividad minera. Entonces el Estado está ahí, controlando que no haya desmanejos, mirando no solo el mineral como producto sino el cuidado del recurso. Que en definitiva es el cuidado del ecosistema donde se trabaja. Y de la soberanía. Ni más ni menos.












