“Hemos entrado en una era en la cual vamos a vivir en peligro”.
La frase pertenece al internacionalista argentino Juan Gabriel Tokatlian y contiene algo más inquietante que un pronóstico pesimista. Describe un cambio de época. Después de décadas durante las cuales buena parte del mundo pareció acostumbrarse a pensar la guerra nuclear como una amenaza encapsulada en la Guerra Fría, las armas atómicas han regresado al vocabulario político de las grandes potencias.
Para Argentina, ese regreso tiene una particularidad inquietante: probablemente la bomba caería muy lejos. Sus consecuencias, no.
Un estudio publicado en 2026 en Global Challenges vuelve especialmente pertinente esa pregunta. No Place to Hide? Regional Resilience and Vulnerability to Global Catastrophic Risk, elaborado por un equipo internacional de investigadores vinculados, entre otras instituciones, con la Universidad de Cambridge, King’s College London y la Goethe University Frankfurt, analiza qué regiones del planeta presentan mayores condiciones de resiliencia frente a catástrofes globales, desde pandemias y grandes erupciones volcánicas hasta ataques cibernéticos y una guerra nuclear.
Su conclusión comienza por desmontar una fantasía: no existe un lugar completamente seguro.
Pero tampoco todos los países son igualmente vulnerables.
El regreso de una amenaza que creíamos lejana
La cuestión nuclear nunca desapareció. Lo que desapareció, al menos durante algún tiempo, fue su centralidad en nuestra imaginación política.
Tokatlian advierte que nueve países poseen actualmente armas nucleares y que el arsenal acumulado supera las 12.000 ojivas. Su argumento, sin embargo, no se limita a contabilizar bombas. Lo preocupante es el contexto político en el que esas armas vuelven a adquirir protagonismo.
Militarismo, nacionalismo, crisis económicas y malestar social aparecen en la literatura de Relaciones Internacionales como algunas de las contingencias capaces de crear condiciones propicias para la guerra. Ninguna de ellas determina inevitablemente un conflicto. El problema, señala Tokatlian, es que varias están creciendo simultáneamente.
Es allí donde su idea de una “fatiga con la paz” resulta especialmente sugerente.
La paz prolongada puede producir una extraña amnesia política. Las generaciones que no experimentaron una guerra entre grandes potencias comienzan a percibirla como una abstracción histórica. La amenaza militar se banaliza; el lenguaje bélico vuelve a la conversación pública; el rearme se normaliza y la posibilidad de escalada empieza a incorporarse como una variable más de la política internacional.
El problema nuclear introduce una diferencia fundamental: en una guerra entre potencias atómicas, el error de cálculo no termina necesariamente en el campo de batalla.
Puede alterar las condiciones de vida del planeta.
La geografía argentina
Aquí aparece Argentina.
En términos estrictamente estratégicos, el país se encuentra lejos de los principales centros de confrontación nuclear. El estudio de Global Challenges considera particularmente expuestos a Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte, precisamente por poseer armamento nuclear. A ellos se suman los Estados involucrados en conflictos con esas potencias, los miembros de alianzas militares y los países protegidos por paraguas nucleares.
El mapa de vulnerabilidad directa tiene, por lo tanto, una marcada concentración en el hemisferio norte.
Los autores señalan que las regiones de altas latitudes septentrionales sufrirían además algunos de los efectos climáticos más intensos de un eventual invierno nuclear. El hemisferio sur, comparativamente, podría encontrarse en mejores condiciones.
Argentina reúne además algunas características que aparecen repetidamente asociadas a la resiliencia frente a catástrofes globales: gran extensión territorial, baja densidad poblacional en amplias regiones, capacidad de producción de alimentos y distancia de los principales centros geopolíticos y militares del planeta.
De hecho, el trabajo menciona a Argentina y Uruguay entre los países que presentan varios factores favorables de resiliencia, aunque los propios investigadores advierten que eso no constituye un ranking definitivo y que las vulnerabilidades pueden variar significativamente dentro de cada territorio.
Sería tentador concluir que Argentina podría convertirse en una suerte de refugio frente a una guerra nuclear.
Sería también una conclusión equivocada.
Sobrevivir a la explosión no significa sobrevivir a la guerra
La imagen popular de una guerra nuclear continúa dominada por Hiroshima y Nagasaki: la explosión, la onda expansiva, la radiación, las ciudades destruidas.
Una guerra nuclear contemporánea tendría además una segunda geografía, mucho más extensa: la de sus consecuencias sistémicas.
Las investigaciones citadas por el estudio de Global Challenges advierten que el hollín generado por las enormes tormentas de fuego posteriores a múltiples detonaciones podría alcanzar la atmósfera y reducir la cantidad de radiación solar que llega a la superficie. El descenso de temperaturas y las modificaciones en los ciclos agrícolas afectarían la producción de cultivos, la ganadería y las pesquerías, comprometiendo la seguridad alimentaria global.
Pero el efecto no terminaría allí.
Una guerra nuclear podría combinar una reducción abrupta de la luz solar con fallas de infraestructura, interrupciones eléctricas, disrupción del comercio internacional y deterioro de los sistemas sanitarios. Los propios autores insisten en que los riesgos catastróficos pueden superponerse y multiplicar sus efectos.
Ese escenario modifica por completo la pregunta argentina.
Ya no se trata de saber si Buenos Aires, Córdoba o Mendoza figurarían entre los blancos de una guerra entre grandes potencias. Probablemente no.
La pregunta es qué ocurriría con una economía, una infraestructura y una sociedad integradas al mundo si durante meses o años se interrumpieran flujos de combustibles, medicamentos, fertilizantes, insumos industriales, componentes tecnológicos y comercio marítimo.
Y allí aparece una paradoja.
Argentina podría estar geográficamente lejos de la guerra y económicamente dentro de ella.
Alimentos: de commodity a activo estratégico
Hay otra dimensión que merece especial atención.
Argentina es un importante productor y exportador de alimentos. En condiciones normales, esa característica suele pensarse principalmente en términos comerciales: exportaciones, divisas, precios internacionales, productividad.
Pero un escenario de catástrofe global obliga a mirar esa misma capacidad desde otro ángulo.
La producción alimentaria se convierte en poder estratégico.
El estudio identifica la autosuficiencia, especialmente alimentaria, como uno de los factores que aparecen con mayor frecuencia asociados a la resiliencia frente a riesgos catastróficos. También señala la conveniencia de diversificar sistemas agrícolas y desarrollar tecnologías alimentarias capaces de funcionar bajo condiciones extremas.
Para Argentina, esto abre una discusión que trasciende por completo la hipótesis nuclear.
¿Qué parte de nuestra capacidad agroalimentaria podría sostenerse ante una interrupción prolongada del comercio internacional? ¿Cuánto depende esa producción de fertilizantes, combustibles, maquinaria, tecnología o insumos importados? ¿Qué infraestructura crítica debería protegerse? ¿Qué capacidad de almacenamiento existe? ¿Cómo se garantizaría el abastecimiento de las grandes ciudades?
La pregunta puede parecer extraordinaria.
La planificación estratégica consiste precisamente en formular preguntas extraordinarias antes de que las circunstancias obliguen a responderlas.
La geografía no alcanza
Quizás el hallazgo políticamente más interesante del trabajo de Global Challenges sea que la resiliencia de un país no depende solamente de su geografía.
Los autores encuentran cuatro factores que aparecen de manera recurrente frente a diferentes riesgos catastróficos: aislamiento geográfico, autosuficiencia —particularmente alimentaria—, calidad de la gobernanza y descentralización. Y destacan que instituciones democráticas sólidas, menor desigualdad, capacidad estatal y cohesión social aumentan la capacidad de una sociedad para absorber una crisis.
Es una conclusión especialmente relevante para Argentina.
Podemos tener territorio. Podemos tener agua. Podemos producir alimentos. Podemos encontrarnos a miles de kilómetros de los centros probables de una confrontación nuclear.
Nada de eso garantiza resiliencia.
La geografía puede ofrecer una ventaja. Las instituciones deciden qué hacemos con ella.
Una sociedad extremadamente polarizada, con escasa confianza pública, infraestructuras centralizadas, altos niveles de desigualdad y limitada capacidad de planificación estatal puede desperdiciar ventajas naturales extraordinarias. Del mismo modo, un país menos favorecido geográficamente puede compensar parte de esa vulnerabilidad mediante preparación, reservas estratégicas, infraestructura redundante y coordinación institucional.
La seguridad del siglo XXI, entonces, no puede reducirse a contar tanques, misiles o soldados.
También consiste en saber cuánto tiempo puede funcionar un país cuando el sistema internacional deja de hacerlo.
Argentina no necesita la bomba para tener una política nuclear
América Latina construyó una posición singular frente al problema atómico: mantenerse al margen de la lógica de proliferación que convirtió a otras regiones en espacios de competencia nuclear.
Ese patrimonio diplomático debería adquirir una nueva relevancia.
Porque Argentina no necesita armas nucleares para desarrollar una política frente al peligro nuclear.
Puede significar defender activamente los mecanismos internacionales de no proliferación y control de armamentos. Puede significar recuperar la cuestión del desarme dentro de la política exterior latinoamericana. Pero también implica comenzar a incorporar los riesgos catastróficos globales a la planificación nacional: seguridad alimentaria, energía, medicamentos, infraestructura crítica, logística, comunicaciones y capacidad de respuesta descentralizada.
La política exterior y la política interna se encuentran aquí de una manera que las Relaciones Internacionales a veces olvidan.
Tokatlian propone, precisamente, una doble repolitización de la paz y la democracia, junto con una mayor participación de las sociedades civiles frente a amenazas cuyas principales víctimas terminan siendo los ciudadanos.
Tal vez sea necesario agregar una tercera dimensión: repolitizar también la preparación.
No desde el miedo. Desde la responsabilidad.
No hay lugar donde esconderse
Durante décadas, la disuasión nuclear descansó sobre una paradoja: construir armas que no debían utilizarse para impedir que otros utilizaran las suyas.
Ese equilibrio nunca fue completamente seguro. Dependió de dirigentes capaces de contenerse, sistemas de alerta capaces de funcionar, comunicaciones que no fallaran y adversarios capaces de interpretar correctamente las intenciones del otro.
Hoy esa arquitectura convive con un sistema internacional más fragmentado, nuevas rivalidades entre grandes potencias, conflictos abiertos, modernización de arsenales y una progresiva normalización del lenguaje nuclear.
La advertencia de Tokatlian sobre la “fatiga con la paz” adquiere entonces otro significado. El mayor peligro quizá no sea solamente que alguien decida iniciar deliberadamente una guerra nuclear. Es que sociedades enteras vuelvan a acostumbrarse a considerar la guerra como un instrumento posible de la política.
Argentina parece estar muy lejos de ese escenario.
Geográficamente, quizás lo esté.
Pero el estudio de Global Challenges lleva en su título una advertencia que debería impedir cualquier complacencia: “No Place to Hide?” —“¿No hay dónde esconderse?”—. Incluso los países mejor posicionados dependen de instituciones, infraestructura, producción, cooperación y comercio para sostener a sus sociedades frente a una catástrofe planetaria.
Para Argentina, la cuestión nuclear plantea así una paradoja extraordinaria: podemos estar entre los países geográficamente mejor posicionados frente a una guerra que no podemos impedir y, al mismo tiempo, seguir siendo profundamente vulnerables a sus consecuencias si nunca nos preparamos para pensarla.
La bomba puede caer a quince mil kilómetros. En un mundo interdependiente, eso ya no significa que la guerra ocurra lejos.













