Cada cuatro años, el mundo se une alrededor del fútbol. Millones de personas celebran, comparten emociones y sueñan con levantar una copa que representa mucho más que un triunfo deportivo. Pero en medio de esta gran celebración surge una pregunta que no podemos seguir ignorando: ¿puede el mayor espectáculo futbolístico del planeta jugar también a favor de nuestra casa común?
La Copa Mundial de 2026 promete ser la más grande de la historia. Sin embargo, su enorme dimensión también amenaza con convertirla en uno de los eventos deportivos con mayor impacto ambiental jamás organizados. Por ello, el desafío ya no consiste en preguntarnos si el fútbol puede hablar de sostenibilidad, sino si las decisiones que hacen posible este espectáculo son realmente coherentes con ese compromiso.
La Encíclica Laudato Si’ nos recuerda que “todo está conectado” (LS 91). Esta afirmación adquiere un significado especial cuando pensamos en acontecimientos capaces de movilizar a millones de personas y transformar temporalmente la vida de ciudades enteras. Cada viaje, cada botella desechable, cada alimento desperdiciado, cada kilovatio consumido y cada decisión organizativa deja una huella sobre la creación. Pero sus efectos no se distribuyen de manera uniforme: con frecuencia son las personas y comunidades más vulnerables y quienes menos contribuyen a la crisis ecológica los que enfrentan las peores consecuencias.
Estos grandes eventos no solo requieren estadios e infraestructura; también demandan enormes cantidades de agua, energía, alimentos y materiales, además de generar residuos y emisiones de gases de efecto invernadero. Sabemos, además, que en contextos multitudinarios las personas solemos actuar por inercia y elegir aquello que nos resulta más fácil o accesible. Por ello, la sostenibilidad no puede depender únicamente de la buena voluntad o de decisiones individuales de quienes asisten. Debe estar presente desde la planificación y el diseño mismo del evento, facilitando el uso del transporte público, reduciendo los plásticos de un solo uso, promoviendo la separación y gestión adecuada de residuos y ofreciendo alternativas responsables que sean sencillas, accesibles y asequibles.
Un evento verdaderamente sostenible procura reducir sus impactos antes, durante y después de su realización, dejando un legado positivo para las comunidades anfitrionas. Esto implica prevenir la generación de residuos, disminuir el desperdicio de alimentos, optimizar el uso del agua y la energía, garantizar condiciones justas y asumir los impactos socioambientales de toda la cadena de proveedores. La sostenibilidad no puede delegarse, limitarse a acciones aisladas ni convertirse en un simple discurso institucional que no cuestione las decisiones estructurales que producen esos impactos.
Tristemente el Mundial de 2026 parece alejarse de ese horizonte. La expansión de 32 a 48 selecciones, el incremento de 64 a 104 partidos y su distribución entre 16 ciudades de tres países multiplican inevitablemente los desplazamientos. Diversas estimaciones sitúan su huella climática entre 3,7 y 9 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. Aunque las cifras varían, existe consenso en que cerca del 88 % de esas emisiones provendrían del transporte de los aficionados, especialmente de los vuelos internacionales.
A ello se suma una huella menos visible, pero igualmente significativa: las transmisiones digitales, centros de datos, plataformas de streaming, los satélites y millones de dispositivos conectados que consumen enormes cantidades de energía para sostener un espectáculo seguido simultáneamente por todo el planeta. La aparente inmaterialidad del mundo digital no debe hacernos olvidar que cada transmisión depende de infraestructuras físicas, recursos naturales y sistemas energéticos.
Pero los desafíos también son sociales. La ecología integral nos invita a reconocer que las dimensiones ambientales, sociales y económicas forman parte de una misma realidad. Así, los elevados costos de entradas, transporte y alojamiento limitan el acceso a quienes poseen mayores recursos y profundizan las desigualdades alrededor de un evento que se presenta como una celebración para todos.
Asimismo, en ciudades mexicanas con desabastecimiento hídrico, el torneo podría incrementar considerablemente la demanda de agua, mientras el mantenimiento del césped natural continúa requiriendo un recurso esencial que numerosas comunidades necesitan para sostener la vida. Surge entonces una pregunta profundamente ética: ¿puede el espectáculo tener prioridad sobre el derecho humano al agua? Como advierte el papa Francisco, “el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal” (LS 30). Desde esta perspectiva, las decisiones sobre el uso de los bienes comunes no pueden separarse de sus efectos sobre la dignidad humana y la justicia social.
Existen esfuerzos valiosos que deben ser reconocidos: estadios con certificaciones ambientales, incorporación de energías renovables, programas de reciclaje, movilidad sostenible y compromisos de reducción de emisiones. Estos son pasos importantes;sin embargo, resulta difícil alcanzar una verdadera sostenibilidad cuando el propio modelo continúa creciendo en tamaño, desplazamientos, consumo de recursos y generación de impactos.
Laudato Si’ nos invita a una conversión ecológica que no consiste únicamente en incorporar tecnologías más eficientes, sino en revisar los modelos de desarrollo, consumo y éxito que generan desequilibrios sociales y ambientales. Como señala la encíclica, “no basta conciliar, en un término medio, el cuidado de la naturaleza con la renta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso” (LS 194). La sostenibilidad no puede reducirse a mitigar o compensar impactos una vez producidos; exige prevenirlos y evitarlos siempre que sea posible.
Esto supone también ampliar nuestra manera de comprender el éxito. El valor de un evento no debería medirse únicamente por el número de asistentes, los ingresos generados, la audiencia alcanzada o la magnitud del espectáculo, sino también por el bienestar que deja en las personas, las comunidades y los ecosistemas que lo acogen. La pregunta no es solo cuánto puede crecer un Mundial, sino qué tipo de legado desea dejar.
El fútbol tiene una capacidad extraordinaria para unir culturas, inspirar solidaridad y despertar esperanza. Precisamente por ello, posee también el potencial de convertirse en un referente mundial de responsabilidad ambiental y social. Si logra demostrar que la pasión por el deporte puede convivir con el cuidado de la creación, la justicia y el respeto a los límites del planeta, habrá alcanzado una victoria mucho más trascendente que cualquier campeonato.
Todavía estamos a tiempo de cambiar el marcador. Organizadores, patrocinadores, gobiernos, empresas, selecciones y aficionados compartimos responsabilidades distintas pero complementarias frente al legado que dejaremos a las próximas generaciones. La responsabilidad individual es importante, pero no puede sustituir las decisiones estructurales que corresponden a quienes diseñan, financian y organizan el evento. ¡Porque cuando cuidamos la casa común, todos ganamos!
Si, por el contrario, la sostenibilidad continúa perdiendo frente a la expansión del espectáculo, la tarjeta roja no será únicamente para quienes organizan el Mundial. Será una derrota compartida por toda la humanidad y por la Tierra, esa Casa Común que, como nos recuerda Laudato Si’, “es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos” (LS 1).
El partido aún no ha terminado. Pero las decisiones que tomemos hoy definirán el resultado que heredarán las próximas generaciones.
Sobre EcoNews Opinión: Este espacio reúne voces diversas con una mirada crítica, plural y profunda sobre los grandes temas de la agenda socioambiental. Las opiniones expresadas en esta sección pertenecen exclusivamente a sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de EcoNews. Promovemos el debate abierto y riguroso, en un contexto de respeto, honestidad intelectual y reconocimiento de las complejidades que atraviesan nuestro tiempo. Porque pensar el mundo que habitamos requiere pluralismo, reflexión y la valentía de abrazar las contradicciones.












