La transición energética está abriendo una paradoja difícil de eludir: el mundo necesita abandonar progresivamente su dependencia de los combustibles fósiles, pero para hacerlo requerirá cantidades crecientes de minerales. Litio, cobre y otros recursos críticos se han convertido así en piezas estratégicas de la nueva economía global. Eso coloca a América Latina, y particularmente a países como Argentina, frente a una oportunidad económica extraordinaria, pero también ante una enorme responsabilidad ambiental y social.
En ese punto incómodo, donde muchas veces el debate público queda atrapado entre el rechazo absoluto a la minería y la promesa de desarrollo a cualquier costo, trabaja Patricio Lombardi, Director Ejecutivo de Environmental Markets Fairness Foundation (EMFF). Exministro de Cambio Climático de Misiones, donde impulsó uno de los programas de créditos de carbono más grandes certificados en el mundo, y referente internacional en mercados ambientales, Lombardi viene impulsando una agenda que busca reconciliar dos conceptos que durante décadas parecieron enfrentados: producción y conservación.
En diálogo con EcoNews desde Nueva York, donde sesiona la Asamblea General de las Naciones Unidas, Lombardi cuestionó lo que considera posiciones extremas dentro del ambientalismo. Planteó que la discusión ya no debería reducirse a estar “a favor” o “en contra” de la minería, sino a determinar qué minería puede desarrollarse, bajo qué estándares, con qué controles y con qué beneficios para las comunidades.
Ese enfoque es también el que EMFF está llevando al Vaticano. Tras un proceso iniciado durante el pontificado de Francisco y continuado por León XIV, la fundación trabaja en la conformación de un observatorio de buenas prácticas. Ese observatorio analizará casos concretos de minería en Brasil y Perú, con participación de científicos y universidades, para estudiar líneas de base ambientales, incorporar tecnología y generar modelos que puedan ser replicados.
La minería genera una fuerte discusión por sus impactos ambientales y sociales. Al mismo tiempo, otras actividades económicas tienen huellas importantes que no siempre reciben el mismo nivel de atención o de trato. ¿Creés que hace falta una mirada más integral o justa para evaluar esos impactos?
Hay mucha hipocresía detrás. A mí, como fundación, si digo que estoy a favor de una minería responsable, inmediatamente me preguntan cómo puede ser. Pero después todos criticamos con el iPhone en la mano.
Si me tienen que operar, quiero que me operen con un bisturí de metal, no con uno de papel. Y si tengo que hacer una llamada telefónica como esta, necesito un aparato que tiene una enorme cantidad de minerales adentro.
También pasa con la ropa. Nos gusta criticar determinadas actividades, pero después compramos ropa fabricada en lugares donde existen condiciones laborales extremas. De eso muchas veces no hablamos. Pero decimos simplemente: “la minería es mala”.
Creo que tenemos que salir de esas contradicciones.
¿Cómo se construye entonces una discusión ambiental más seria sobre minería?
Lo que hicimos nosotros fue muy concreto. En la última cumbre de biodiversidad vimos un discurso muy extremo respecto de la minería, donde prácticamente se colocaba todo dentro de una misma categoría, sin distinguir entre minería legal, ilegal o las diferentes formas de desarrollar la actividad.
A partir de eso comenzamos una conversación con el Vaticano. Francisco se comprometió directamente con nosotros a recibir una propuesta que reuniera a actores vinculados con minas especializadas en minerales críticos necesarios para la transición energética.
Francisco murió y Robert Prevost continuó con ese proceso.
En enero realizamos un encuentro con representantes vinculados a doce minas de minerales críticos de América Latina y recibimos una tarea muy concreta: comenzar a delinear un observatorio de buenas prácticas.
La idea es trabajar con científicos del Vaticano, universidades católicas y especialistas de América Latina para analizar las líneas de base ambientales y los ciclos de una mina en Perú y otra en Brasil. Queremos incorporar mejores prácticas y generar ejemplos que puedan servir para otros proyectos.
¿En qué instancia se encuentra ese observatorio?
El sábado pasado el Papa nos volvió a recibir en el Vaticano y el proyecto ya se consolidó. Los científicos están definidos. Va a participar Fray Eduardo Agosta, uno de los especialistas vinculados con la elaboración de la encíclica Laudato si’ y un referente científico del Vaticano.
Las tareas comienzan el 1 de octubre y el año próximo vamos a llevar los resultados al Papa.
Lo que hicimos nosotros fue facilitar ese diálogo. Tender puentes. Eso es lo que falta hoy.
En noviembre, León XIV visitará Uruguay, Argentina y Perú. ¿Qué lectura hacés de que elija la región en este momento?
Creo que una visita del papa a América Latina era muy necesaria. Lamentablemente no pudimos contar con Francisco en Argentina, pero creo que la visita de León va a ser muy movilizante, sobre todo en Argentina y en Perú.
Se necesita un mensaje distinto, un mensaje nuevo, que no venga de la política y que nos haga reflexionar sobre los temas importantes. Él está muy comprometido con los temas de los que estamos hablando. Le preocupa mucho la minería ilegal, le preocupa la pérdida de puestos de trabajo por la inteligencia artificial y, por supuesto, las cuestiones sociales. Es un papa muy activo, muy moderno, muy informado y conectado, y seguramente va a dejar mensajes importantes en estos días en América Latina.
Argentina y la región tienen una posición estratégica por sus minerales críticos. Frente a los discursos alarmistas y también frente a las enormes expectativas económicas, ¿qué oportunidad ves para la región?
Creo que es una oportunidad que hay que aprovechar. Tenemos un país rico en naturaleza y, al mismo tiempo, tenemos mucha gente con necesidades.
Es muy romántico decir “no hagamos nada”, pero tenemos provincias que necesitan recursos, que tienen dificultades económicas y necesitan desarrollarse. Necesitamos una minería responsable que pueda ayudarlas.
Además, en Argentina existe una particularidad: los recursos naturales pertenecen a las provincias. Eso es diferente de lo que ocurre en otros países. Por este motivo, las provincias tienen que asumir esa responsabilidad. Es lo que entendimos en Misiones: no podemos ir a pedirle todo al Estado nacional. Hay que ponerse los pantalones largos y salir a las cumbres como provincia. Si sos dueño de tus recursos naturales, tenés que generar buenas condiciones para tu gente sin arruinar el ambiente.
No podemos simplemente decir que no cuando tenemos tanta gente y tantas provincias con necesidades.
¿Es posible desarrollar minería y al mismo tiempo reducir significativamente sus impactos ambientales?
Sí. Las cosas se pueden hacer bien. Hay ejemplos en Canadá y Australia. Si existen experiencias que funcionan, tenemos que mirar qué se está haciendo bien e intentar aprender de ellas.
Tenemos los recursos que hoy el mundo está necesitando para la transición energética. Y la tecnología es fundamental. Es justamente parte de lo que queremos hacer con este observatorio.
Nosotros hablamos de comenzar con lo que llamamos “inteligencia natural”. Por ejemplo, en nuestra metodología de naturaleza trabajamos con ADN ambiental. La naturaleza te da patrones y te permite conocer cómo estaba un suelo antes de determinada intervención humana.
Ahí obtenés datos. Y esos datos después pueden trabajarse con inteligencia artificial.
La combinación de esa inteligencia natural con la inteligencia artificial puede ayudarnos a utilizar la tecnología para generar el menor daño posible.
Además de minería, EMFF está trabajando sobre mercados de naturaleza. ¿Qué diferencia existe con los mercados de carbono?
En Misiones ideamos un programa que terminó siendo el que más créditos certificó en el mundo con Verra: 10 millones. Todos nos decían que era imposible, empezando por las autoridades argentinas. Nos decían que íbamos a salir en los diarios y que no se iba a poder certificar. Se certificó, se auditó a través de AENOR, y hoy se lo menciona como un ejemplo.
Con parte de ese equipo, que hoy está en la fundación, entendimos que el carbono era una parte, pero que teníamos que ir más allá. Siempre digo que conservación sin dinero es conversación. En Misiones había conservación hecha y conseguimos el dinero. Con ese mismo foco vamos ahora a los mercados de naturaleza.
¿Por qué naturaleza y no solamente biodiversidad? Porque hay algo más allá del carbono e incluso de la biodiversidad: la naturaleza misma. Podemos trabajar sobre biodiversidad, agua, o créditos de plástico para dejar de dañar los mares. Nuestro foco está puesto en los créditos de naturaleza.
Europa ya está avanzando en esta discusión. El Reino Unido es líder en materia de biodiversidad. Tiene una regulación muy estricta: si una empresa utiliza, por ejemplo, una hectárea para construir una torre, tiene que devolver un 10% más de lo que tomó en términos de naturaleza y biodiversidad. La Unión Europea está mirando eso de cerca. En Bruselas ya hubo varias reuniones para delinear instrumentos regulados de créditos de naturaleza, y entendemos que el año que viene van a tener sus propios programas.
En ese contexto nos asociamos con Cercarbono, que acaba de ser elegido por sus colegas como el mejor estándar del mundo por segundo año consecutivo. Juntos desarrollamos la primera metodología de conservación y restauración de naturaleza, con su protocolo y sus salvaguardas para darle rigurosidad al instrumento.
La metodología ya está lista y hoy se encuentra en revisión de pares en Londres, a cargo de especialistas ingleses, que son los que más saben de mercados regulados. La vamos a presentar en la cumbre de biodiversidad de Armenia o en la de cambio climático de Turquía.
Estás en Nueva York mientras se reúne la Asamblea General, en el año en que se elige al sucesor de António Guterres. ¿En qué momento está Naciones Unidas?
Creo que va a depender mucho de quién resulte elegido secretario general, porque el secretario general le pone la impronta a la organización. Naciones Unidas tiene ochenta años y es una estructura paquidérmica, un elefante de burocracia. Si no llegás con firmeza, la administración te fagocita: te pone un pie encima y te plancha. Le pasa mucho a los políticos cuando llegan a sus cargos. Vienen con la idea de cambiar y después la realidad les dice otra cosa.
Rafael Grossi fue muy duro en toda su campaña: planteó despertar, hacer un cambio. Las otras candidatas tuvieron una postura más continuista. Sería muy bueno que por primera vez una mujer esté al frente, pero más importante que el género son las políticas hacia adelante. Así que wait and see: primero hay que saber quién gana y después qué impronta le da.
Además del secretario general, importa mucho cómo se posiciona Estados Unidos frente a los organismos internacionales. Sabemos que Trump no es muy amigo de ellos. Hay que ver qué pasa en las elecciones de medio término. Si cambia el equilibrio, seguramente la agenda que nos interesa vuelva a tener el protagonismo que no tuvo en estos años.
¿Por qué la agenda ambiental perdió ese protagonismo?
La política internacional tuvo mucho que ver. La llegada de Donald Trump claramente inclinó la balanza hacia un “no hablemos de este tema ahora”. Eso también tuvo consecuencias a nivel corporativo: muchas empresas bajaron el volumen de sus agendas ambientales y climáticas porque dejaron de considerarlas una prioridad.
También estamos viendo presidentes y gobiernos con posiciones nacionalistas o directamente negacionistas. Todo eso hizo que la agenda ambiental perdiera protagonismo. Pero el problema sigue estando; no desapareció porque hayamos dejado de hablar de él.
Por eso tenemos que seguir trabajando. Estamos hablando de nuestra casa común, y nuestra misión tiene que seguir siendo construir una atmósfera más amigable. Pero también tenemos que ser críticos con nosotros mismos. Hubo posiciones muy extremas dentro del ambientalismo que le hicieron mucho daño a la causa y que terminan ayudando a que ganen los negacionistas.
La intransigencia de algunos sectores genera una reacción del otro lado. Cuando el discurso se vuelve demasiado radical, una parte de la sociedad deja de acompañarlo. El sector privado también empieza a preguntarse si determinadas organizaciones están buscando soluciones posibles o si son negacionistas, pero del otro lado.
El “gretismo”, con un discurso ambientalista llevado al extremo, le hizo mucho daño a la causa, del mismo modo que el “drill, baby, drill” de Trump. En definitiva, los extremos no ayudan.
Tenemos que seguir defendiendo la causa ambiental, pero también revisar cómo la comunicamos y cómo la llevamos adelante. Necesitamos menos posiciones dogmáticas y una agenda capaz de dialogar con la realidad, con el desarrollo, con el sector privado y, sobre todo, con las necesidades concretas de las sociedades.
¿Seguís creyendo en la Agenda 2030 tal como fue planteada?
Yo no creo en el one size fits all. El talle único es, para mí, uno de los principales errores de Naciones Unidas: pensar que una misma solución sirve para todos.
Necesitamos una agenda mucho más realista, menos romántica. La atmósfera está muy complicada y los suelos también, y tenemos que usar todas las herramientas disponibles para revertir esa situación, tanto la inteligencia artificial como nuestra inteligencia natural.
Pero las necesidades del Norte Global y del Sur Global no son iguales, y Naciones Unidas tiene que empezar a entender eso. La meta es eliminar la pobreza, pero cada vez estamos más pobres. No es lo mismo eliminar la pobreza en Noruega que en Bolivia o en Argentina.
Necesitamos un baño de realidad. Menos romanticismo, menos agresividad, y usar toda la tecnología y el conocimiento que tengamos para enfrentar los problemas reales que tenemos por delante.












