La trashumancia como forma de vida en Argentina sigue vigente en zonas áridas del país, aunque marginal y presionada por el avance de modelos productivos que disputan el territorio. En Malargüe, sur de Mendoza, unas 200 familias practican el pastoreo móvil de cabras entre veranadas e invernadas, siguiendo ciclos estacionales que vienen de siglos atrás. El docente e investigador Oscar Soto recupera esa historia en el libro Malargüe: entre veranadas e invernadas, adelanto publicado por Agencia Tierra Viva.
La ganadería pastoril es una modalidad ancestral por la cual se cría ganado en entornos variables, desplazando los animales según las estaciones y gestionando las pasturas que los abastecen. Según Soto, unos 200 millones de personas en cerca de 100 países están abocados a esta labor, y los pastores tradicionales conservan los territorios de pastoreo para obtener carne, leche, fibra y combustible.
Cuatro pilares del pastoreo que lo diferencian de la ganadería intensiva
Soto identifica cuatro aspectos centrales que dan relieve a esta práctica: la movilidad, que hace del movimiento una forma más efectiva de adaptación y subsistencia; la territorialidad de pastizales, ya que una gran porción de la superficie terrestre son pastizales donde los medios de vida no pastoriles suelen ser poco probables; la alta densidad nutricional de los alimentos que produce, y la mejora de la biodiversidad que proporciona. En su mayoría, los sistemas pastoriles emulan formas de vida silvestre, reduciendo emisiones totales de gases de efecto invernadero y favoreciendo la producción baja en carbono.
En Argentina, la trashumancia involucra a más de 30.000 familias con distintos tipos de ganado (caprinos, vacunos, camélidos, ovinos) que se movilizan para obtener agua y pasturas. El cálculo de ingresos del sector equivale a generar una riqueza de 300 millones de dólares cada año para el país, en años regulares y sin tener en cuenta la megadevaluación de principios de 2024, según datos del libro. Se estima que abarca aproximadamente el 80 por ciento del ganado caprino y el 86 por ciento de las llamas que se crían en pastizales.
En el sur de Mendoza, los animales suben a valles altos de unos 1.200 metros sobre el nivel del mar. La veranada es una forma de vida que antecede a los puesteros malargüinos actuales, y también es una modalidad actual de puja por el territorio: la instrumentación de la Ley 6086 de Promoción y Arraigo de Puesteros en Zonas no Irrigadas, a mediados de los años 90, no ha impedido la multiplicación de desalojos, lastimosamente vigentes en la actualidad.
El riesgo de un ambientalismo que ignora a los puesteros
Un aspecto que resulta palmario al abordar esta actividad es que, en un país fuertemente urbanocéntrico, la percepción hegemónica del pastoreo tiende a colocarlo como una tarea marginal y antagónica con el cuidado del ambiente. Soto advierte que cierto ambientalismo superficial atenta muchas veces contra los puesteros. Por ejemplo, se pregona la idea de reverdecimiento como sustento teórico de iniciativas de restauración de tierras que se suponen vacías y necesitan reforestarse.
La fortaleza de estas rugosidades pastoriles y agropastoriles está relacionada no solo con la producción y venta de animales sino también con altos niveles de autoconsumo. Malargüe es uno de los departamentos de mayor producción caprina del país, y el pastoreo trashumante representa un modelo de vida capaz de adaptarse a zonas áridas, producir proteínas y fibras, y preservar la biodiversidad, según el adelanto publicado por Agencia Tierra Viva.
Fuente original: https://agenciatierraviva.com.ar/la-trashumancia-forma-de-vida-y-produccion-milenaria/













