Después de saber, ¿qué elegimos?
En el Día de la Tierra volvemos a recordar lo evidente: no estamos separados, somos parte de ella. De sus recursos, de sus ciclos, de sus límites. Y aun así, seguimos tratándola como una fuente inagotable y silenciosa.
El problema no es la falta de soluciones, sino la falta de coherencia entre lo que sabemos y lo que hacemos.
Nunca tuvimos tanta información ni tanta capacidad de innovación. Somos capaces de desarrollar tecnologías complejas y transformar industrias enteras en pocos años. Pero esa misma inteligencia rara vez se aplica a sostener las condiciones que hacen posible la vida.
Un ejemplo incómodo: la inteligencia artificial. Mientras celebramos su potencial, pocas veces consideramos su costo ambiental. Algunas estimaciones indican que generar una sola imagen puede requerir entre 2 y 5 litros de agua dulce para refrigerar centros de datos. No se trata de demonizar la tecnología, sino de preguntarnos bajo qué condiciones la usamos y quién paga ese costo.
Porque, aunque sea fácil ignorarlo, nadie queda afuera. El impacto es colectivo, acumulativo y casi siempre irreversible.
Esta desconexión se traduce en industrias concretas. La moda, por ejemplo, sigue siendo una de las grandes ausentes en la agenda ambiental, a pesar de ser una de las más contaminantes. Entre 2016 y 2021, el consumo global de materiales textiles alcanzó el 79% de todo lo utilizado en el siglo XX. Hoy, cada segundo, se entierra o quema una cantidad de ropa equivalente a un camión de basura.
La diseñadora Stella McCartney, colaboradora de grandes marcas y distinguida recientemente como embajadora de mercados sostenibles en el Reino Unido, advirtió que “la sostenibilidad ha desaparecido de la agenda. Está dejando de ser tema de conversación y eso me parte el corazón”.
El ambientalismo no puede seguir siendo percibido como un nicho o una preocupación marginal. No es una tendencia ni una postura ideológica: es una cuestión de supervivencia.
Tal vez incluso hablar de “sostenibilidad” ya no alcance. Tal vez haya que hablar, con mayor honestidad, de las condiciones mínimas necesarias para sostener la vida.
Como ejercicio final, le pregunté a una inteligencia artificial qué opinaba sobre esta reflexión. Su respuesta fue aún menos cómoda: “No estamos fallando por ignorancia, sino por diseño. El sistema económico y cultural recompensa la extracción, la velocidad y el corto plazo, y penaliza los límites. En ese contexto, actuar en coherencia con la Tierra no es lo más fácil ni lo más rentable.
Por eso, el problema no se resuelve solo con más conciencia o mejores tecnologías. Implica aceptar algo incómodo: vivir dentro de límites reales exige redefinir qué entendemos por progreso. Sin ese cambio, solo estaremos optimizando el problema.”
Incluso una máquina lo ve con claridad: no falta información, falta —y urge— coherencia y decisión.
* El artículo fue escrito por Victoria Jilek Jofré, Directora editorial Fundación ACUDE y Cofundadora Fundación Valor Natural. Para entrar en contacto con Victoria, escribí a: contacto.victoriajilek@gmail.com
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