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El peligroso juego de redibujar los mapas: de la doctrina Donroe al Estrecho de Magallanes

Por: Constanza Sofia Soler | Directora EcoNews Web
9 septiembre, 2026
El peligroso juego de redibujar los mapas: de la doctrina Donroe al Estrecho de Magallanes

Los mapas vuelven al centro de la disputa geopolítica. Bajo la doctrina Donroe, Estados Unidos recupera una lógica de áreas de influencia que alcanza desde Groenlandia hasta el hemisferio sur, mientras recursos, rutas marítimas y territorios estratégicos adquieren un peso creciente en la competencia global.

Hay gestos políticos que podrían descartarse como provocaciones hasta que empiezan a repetirse.Donald Trump lleva años hablando de Canadá como un posible estado 51 de Estados Unidos. Ha manifestado reiteradamente su interés por Groenlandia, recuperado la centralidad estratégica del Canal de Panamá y rebautizado el Golfo de México como Golfo de América. Pero esta semana fue todavía más lejos: publicó en Truth Social un mapa en el que la bandera estadounidense cubría Canadá, Groenlandia, Islandia, México, América Central y el Caribe, bajo una única denominación: Estados Unidos de América.

Islandia convocó al embajador estadounidense. Dinamarca volvió a recordar que Groenlandia no quiere convertirse en territorio norteamericano. Y aquello que en otro momento podría haber parecido simplemente una extravagancia presidencial adquirió otra dimensión.

Porque los mapas nunca son solamente mapas. Son también representaciones del poder.

Y en el orden internacional que está emergiendo, el peligroso juego de redibujarlos ha vuelto a formar parte de la política.

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De Monroe a Donroe

La llamada doctrina Donroe comenzó como un juego de palabras entre Donald Trump y la vieja doctrina Monroe. Pero progresivamente fue convirtiéndose en una manera bastante precisa de describir una nueva concepción estadounidense del hemisferio occidental.

La lógica es conocida: América vuelve a ser considerada un espacio prioritario de seguridad para Washington y la presencia de competidores extrarregionales —fundamentalmente China— deja de ser observada exclusivamente como una cuestión comercial para convertirse en un problema estratégico.

Puertos. Minerales críticos. Petróleo. Cadenas de suministro. Infraestructura. Rutas marítimas. Groenlandia. Panamá. El Caribe.

La geografía vuelve a importar.

En el articulo anterior Malvinas en la era de la doctrina Donroe: petróleo, recursos naturales y disputa geopolítica, planteaba que la transición energética no había desmaterializado el poder: simplemente había cambiado los materiales por los que las potencias compiten.

Ahora podríamos ir un poco más lejos.

Cuando los recursos, las rutas y la seguridad vuelven al centro del poder mundial, también vuelve la tentación de mirar los mapas preguntándose no solamente dónde terminan los países, sino hasta dónde deberían extenderse sus áreas de influencia.

Y esa discusión acaba de llegar, inesperadamente, al extremo austral de América Latina.

Un “error” llamado bioceánico

El canciller argentino Pablo Quirno definió recientemente a la Argentina como un país “bicontinental y bioceánico”.

La expresión encendió inmediatamente las alarmas en Chile. No apareció, además, en el vacío.

Semanas antes, el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, brigadier general Gustavo Javier Valverde, había afirmado al referirse al extremo austral que “Magallanes, el sur, el Drake, todo eso es soberanía”, y describió la zona como una “llave bioceánica Atlántico-Pacífico”. Chile respondió con una nota formal de protesta.

Más tarde, Patricia Bullrich también mencionó el “control” argentino del Estrecho de Magallanes, aunque posteriormente aclaró que se había referido por error al canal Beagle.

Quirno también explicó sus palabras. Cuando habló de Argentina como país bioceánico, sostuvo, se refería a fortalecer la presencia argentina en el Atlántico Sur y a su proyección hacia la Antártida. Y fue inequívoco respecto de Chile: Argentina reconoce y cumple los tratados vigentes.

La Cancillería argentina formalizó esa posición: el régimen del Estrecho de Magallanes es el establecido por el Tratado de Límites de 1881 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984, instrumentos que Argentina considera plenamente vigentes y definitivos.

Jurídicamente, entonces, no hay una nueva controversia territorial. Pero desde la comunicación política aparece un elemento que merece atención.

La teoría clásica de la propaganda conoce bien el principio de repetición: un mensaje reiterado de manera constante, desde distintas voces y a través de diferentes canales, aumenta su familiaridad hasta instalarse progresivamente en el imaginario colectivo. La repetición no convierte una afirmación en verdadera, pero puede contribuir a que comience a ser percibida como posible, legítima o incluso evidente.

No existen elementos que permitan afirmar que las sucesivas referencias argentinas a Magallanes respondan a una estrategia coordinada. Sería irresponsable sostenerlo. Pero la secuencia resulta políticamente significativa: primero, un alto jefe militar habla de Magallanes en términos de soberanía; después, una ministra menciona el control argentino del Estrecho; finalmente, el canciller define al país como “bioceánico”.

Los tres episodios fueron aclarados o rectificados. Pero las tres formulaciones apuntaron, por caminos diferentes, hacia una misma representación geográfica.

Y aquí la cuestión deja de ser exclusivamente semántica.

Porque cuando se habla de soberanía y territorio, las palabras no solamente describen mapas. También pueden empezar a construirlos en el imaginario político.

Esto no significa atribuir a la Argentina una reivindicación territorial que oficialmente no existe, ni mucho menos equiparar estas declaraciones con las pretensiones territoriales explícitas que hoy aparecen en otras partes del mundo. Significa reconocer algo más elemental: en política exterior, la reiteración de determinadas formulaciones puede producir efectos aun cuando posteriormente sean corregidas.

Chile es la demostración concreta. Lo que Argentina presentó como errores, confusiones o expresiones malinterpretadas terminó provocando protestas diplomáticas, declaraciones públicas y una controversia que llegó hasta el Congreso chileno.

La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿cuántos errores geográficos hacen falta para que un error empiece a convertirse en un hecho diplomático?

Magallanes no es cualquier lugar del mapa

La sensibilidad chilena puede comprenderse también desde la geopolítica.

El Estrecho de Magallanes no es solamente un accidente geográfico situado en uno de los extremos del planeta. Es un corredor natural entre los océanos Atlántico y Pacífico, inserto en un espacio donde convergen las rutas marítimas australes, la proyección antártica y una creciente competencia por recursos estratégicos.

En otras palabras: en un mundo nuevamente obsesionado con los corredores estratégicos, Magallanes deja de ser periferia.

Y allí reaparece inevitablemente el Atlántico Sur. Malvinas. Tierra del Fuego. Magallanes. Pasaje de Drake. Antártida.

No son una única controversia territorial ni poseen el mismo régimen jurídico. Pero observados desde la lógica del poder global conforman un espacio geopolítico cada vez más difícil de fragmentar.

El propio Gobierno argentino, al aclarar la controversia con Chile, describió el extremo austral como una región de creciente centralidad por sus recursos naturales, rutas marítimas y cadenas globales de suministro, y destacó que Argentina y Chile mantienen allí una extensa arquitectura de cooperación antártica.

Carlos Ruckauf hizo recientemente una observación interesante en la misma dirección: comparó la importancia estratégica del Canal de Panamá con la del Estrecho de Magallanes como vías de conexión interoceánica y sostuvo que Argentina y Chile tienen un interés compartido en la seguridad de los mares australes. Al mismo tiempo, reconoció expresamente el régimen acordado respecto del Estrecho.

Es decir: reconocer la soberanía chilena sobre Magallanes no disminuye la proyección estratégica argentina en el Atlántico Sur. La vuelve jurídicamente más consistente.

Malvinas exige precisión

Aquí aparece una distinción fundamental.

Defender la estabilidad de las fronteras no significa sostener que todas las controversias territoriales del planeta han desaparecido ni que todo mapa actual constituye una realidad jurídica inmodificable.

Mucho menos podría significarlo para Argentina.

La Cuestión Malvinas constituye una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido que nuestro país sostiene debe resolverse pacíficamente y conforme al derecho internacional. La reivindicación argentina no surge de una nueva necesidad estratégica, de la búsqueda coyuntural de recursos ni de la pretensión de expandir unilateralmente sus fronteras.

Por eso Malvinas no puede ser colocada en la misma categoría que los juegos cartográficos mediante los cuales una potencia imagina la incorporación de territorios ajenos porque los considera necesarios para su seguridad.

La diferencia es esencial.

Y también explica por qué Argentina debería ser particularmente cuidadosa con las palabras que utiliza respecto de Chile.

La defensa del derecho internacional no exige que Argentina renuncie a Malvinas. Exige exactamente lo contrario: que sostenga con firmeza sus derechos allí donde existe una disputa de soberanía y respete con la misma firmeza los acuerdos allí donde las fronteras fueron definitivamente establecidas.

Para un país que construye su reclamo sobre Malvinas alrededor de la soberanía, la diplomacia y el derecho internacional, la precisión territorial no es una cuestión semántica.

Es parte de su propio interés nacional.

Cuando la ideología encuentra una frontera

La controversia ofrece además otra lección.

Javier Milei y José Antonio Kast poseen una afinidad ideológica evidente. Ambos mantienen una relación política estrecha con el universo conservador que rodea a Trump. Sin embargo, bastaron unas palabras sobre Magallanes para que apareciera uno de los principios más antiguos de las Relaciones Internacionales: la afinidad ideológica termina donde comienza el interés nacional.

La reacción chilena atravesó incluso las divisiones partidarias. La controversia llegó al Congreso y ayer la Cámara aprobó, por 57 votos contra 49 y una abstención, interpelar al canciller Francisco Pérez Mackenna. Será la primera interpelación de este tipo a un ministro de Relaciones Exteriores chileno y tendrá lugar el próximo 28 de septiembre.

Pero hay un detalle extraordinariamente revelador: Pérez Mackenna no deberá responder solamente por Argentina y el Estrecho de Magallanes.

También deberá hacerlo por la relación de Chile con Estados Unidos y, específicamente, por las declaraciones del embajador estadounidense Brandon Judd, quien afirmó que bajo el gobierno de Kast resultaba “más fácil de implementar” la doctrina Donroe.

Los dos debates terminaron, casi literalmente, sentados en la misma mesa.

No es una coincidencia menor.

El regreso de las áreas de influencia

Durante buena parte de las últimas décadas, Occidente sostuvo que las fronteras, la soberanía y la integridad territorial debían estar sometidas a reglas y no simplemente a la voluntad del actor con mayor capacidad militar o económica.

Ese principio nunca se aplicó perfectamente. La historia internacional de las últimas décadas ofrece suficientes contradicciones para evitar cualquier idealización.

Pero la norma importaba.

Hoy vuelve a estar sometida a presión.

Rusia utiliza argumentos históricos y estratégicos para justificar su guerra contra Ucrania. China mantiene su reivindicación sobre Taiwán. Estados Unidos vuelve a hablar abiertamente de un hemisferio en el que determinados territorios, infraestructuras y recursos poseen un valor especial para su seguridad nacional.

Y Trump agrega algo particularmente poderoso a esa transformación: la representación visual del poder.

Un mapa con Canadá incorporado.Groenlandia imaginada como territorio estadounidense. México y América Central cubiertos por la bandera norteamericana.

No significa que mañana esas fronteras vayan a desaparecer. Sería absurdo afirmarlo.

Pero tampoco es irrelevante que el presidente de la principal potencia militar del planeta juegue públicamente con esa posibilidad. El último mapa publicado por Trump fue suficientemente significativo como para provocar una protesta diplomática formal de Islandia.

Porque antes de modificar un territorio, la política muchas veces empieza modificando la manera en que ese territorio puede ser imaginado.

América Latina frente al mapa

Aquí aparece, finalmente, la misma pregunta que atravesaba nuestra reflexión sobre Malvinas: ¿qué estrategia tiene América Latina frente a este nuevo orden?

La doctrina Donroe piensa el hemisferio. Washington identifica sus recursos, corredores, puertos y vulnerabilidades. China construye sus propias redes económicas y logísticas. Europa busca asegurar cadenas de suministro.

Las grandes potencias vuelven a mirar el mapa latinoamericano estratégicamente. Pero América Latina continúa teniendo enormes dificultades para mirarse a sí misma de la misma manera.

Argentina y Chile poseen una oportunidad extraordinaria para hacer exactamente lo contrario.

Después de haber estado al borde de una guerra en 1978, ambos países construyeron durante décadas una de las relaciones fronterizas más institucionalizadas de América del Sur. Hoy cooperan en la Antártida, desarrollan operaciones navales combinadas y comparten intereses objetivos en la estabilidad del extremo austral.

En lugar de discutir quién puede apropiarse retóricamente de Magallanes, quizás la pregunta verdaderamente estratégica sea otra: ¿cómo pueden Argentina y Chile transformar el extremo austral en un espacio de cooperación capaz de aumentar la autonomía de ambos frente a un mundo que vuelve a organizarse en áreas de influencia?

Esa sería una respuesta latinoamericana mucho más interesante a la doctrina Donroe.

Cuidar los mapas

Los mapas siempre fueron representaciones del poder. Lo novedoso es que vuelvan a utilizarse tan abiertamente para imaginar cuánto podría extenderse ese poder.

Trump puede publicar un mapa donde la bandera estadounidense cubre buena parte del hemisferio. Un funcionario argentino puede equivocarse al hablar de un país “bioceánico”. Un jefe militar puede utilizar una expresión territorialmente imprudente sobre Magallanes.

No son hechos equivalentes. Pero ocurren dentro del mismo cambio de época.

Uno en el que las grandes potencias vuelven a pensar en áreas de influencia, los corredores marítimos recuperan valor estratégico, los recursos naturales se convierten en activos de seguridad y la geografía regresa al centro de la política internacional.

Argentina debe comprender ese mundo con enorme lucidez. Defender sin ambigüedades su soberanía sobre las Islas Malvinas. Fortalecer su presencia en el Atlántico Sur. Pensar estratégicamente su proyección antártica. Y, al mismo tiempo, preservar con Chile una frontera que costó más de un siglo transformar en una frontera de paz.

Porque existe una diferencia enorme entre defender una soberanía pendiente y fabricar una controversia donde ya existe un acuerdo.Y quizás allí se encuentre la principal enseñanza de este nuevo tiempo: en una época en que las grandes potencias vuelven a jugar con los mapas, los países que conocen el costo histórico de discutir sus fronteras deberían ser los primeros en cuidarlas.

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