Muchas veces me pregunto por qué nos cuesta tanto ser nosotros mismos en determinadas situaciones o, peor, en la mayoría de ellas. Tal vez a causa de condicionamientos familiares y /o culturales, algunas personas son de una manera cuando están solas o acompañadas por alguien de mucha confianza, y de otra frente a los demás o ante el mundo en general.
Si bien hay momentos y lugares en los que uno tiene que comportarse de acuerdo con ciertas normas sociales, no por ello deberíamos dejar de ser genuinos. Algunos se ocultan en una pose o actuación, otros se esconden tras una apariencia de gran seriedad, y otros cambian casi su personalidad según el grupo en el que están (tomando muchas veces decisiones que no están en total consonancia con sus verdaderos deseos o, simplemente, actuando como se supone deben hacerlo).
En mi opinión, las personas que no son auténticas generan menos confianza en su entorno, y esto dificulta sus relaciones humanas. Por otro lado, quienes actúan con autenticidad suelen generar confianza en los demás, más allá de qué tipo de personalidad tengan, lo cual influye positivamente en sus vínculos.
¿Y si ejercitáramos más el ser transparentes en todo momento, tal como cuando éramos niños? En el sentido de mostrarnos al mundo como somos, diciendo y haciendo lo que realmente queremos, siendo leales a nosotros mismos. Aprendiendo, por un lado, a hacer una lectura de ambiente que nos permita evaluar la receptividad de las personas que nos rodean, y por otro lado entrenando la manera más educada y cariñosa de expresarnos sin dejar a un lado la autenticidad.
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