A los seis o siete años, Fray Eduardo Agosta recibió de regalo un termómetro y empezó a anotar en cuadernos la temperatura mínima y máxima de cada día en San Martín, Mendoza. Su padre tenía viñedos y él quería entender por qué caía el granizo que los arruinaba; su madre y su tía, mientras tanto, salían a rezar cuando se armaba la tormenta. De ese cruce salió una trayectoria poco frecuente: doctor en Ciencias de la Atmósfera y los Océanos por la UBA, fraile carmelita, miembro de la Pontificia Academia para la Vida y hoy director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española.
Agosta formó parte de los equipos que colaboraron con el papa Francisco en la encíclica Laudato si’ y ahora trabaja con León XIV en uno de los temas más sensibles para América Latina: la minería y la transición energética justa. Es uno de los científicos del observatorio de buenas prácticas mineras que anticipó Patricio Lombardi en EcoNews. A semanas de la COP31 en Turquía y de la visita del Papa a Uruguay, Argentina y Perú, sostiene que la agenda ambiental quedó atrapada en la pelea entre izquierdas y derechas, explica por qué volvió el negacionismo y defiende una mirada que no resigna ni el desarrollo ni el cuidado de la casa común.
Algo no se hizo del todo bien en la política internacional para que hoy los discursos negacionistas permeen en gobiernos con muchísima responsabilidad. ¿Qué no se supo abordar para que regresen discursos que creíamos superados?
No soy experto en política, pero cuando los frailes me trasladaron a España me sorprendió que en Europa el mundo se divide en derechas e izquierdas, en conservadores y progresistas. En Argentina, al menos hasta hace diez años, teníamos otra matriz de pensamiento sociopolítico: tanto los de matriz más capitalista como los de matriz más social apuntaban al bien común, a la justicia social.
En Europa, y luego en otros países, sobre todo a partir de los 80 y 90, la izquierda se apropió de la narrativa ecológica como una bandera. Hay explicaciones sociopolíticas: la caída del muro de Berlín debilitó al comunismo y a la izquierda, que buscó con qué plantear el conflicto con el capitalismo. Y lo ecológico tiene fundamentos que se prestan a eso, porque la ecología implica aceptar el límite: la Tierra tiene un límite físico, no es capaz de todo lo que quisiéramos. Además el problema es transfronterizo y requiere acción global, políticas de bien común global, poner límites a ciertas actividades que deterioran el ambiente. Eso choca con una mentalidad de derecha que se suele asociar con el liberalismo.
Como la izquierda lo enarboló tanto y lo puso a la par de los derechos humanos, sociales, la justicia, hubo una reacción contraria. Las izquierdas también tienen ideologías, también fundamentan muchas cosas más en el deseo que en la realidad, y hay discursos muy radicalizados. Entonces, para salir de eso, tiramos al bebé con el agua sucia: el péndulo va para el otro lado y todo lo que tenga que ver con la agenda de izquierdas hay que rechazarlo.
Cuando uno se aleja de la realidad fáctica, cree que porque lo dice, es. Yo digo “el cambio climático no existe” y, como lo digo, no existe. No: sigue estando y va a haber problemas. No somos Dios en ese sentido. Los dos extremos, la extrema derecha y la extrema izquierda, han fundamentado sus propuestas por sobre la realidad, basándose más que nada en deseos.
Es cierto que en Europa, poco a poco, hay una derecha ecológica, que en realidad son los partidos históricos de centro, con un pensamiento sensato. Pero me preocupa, porque el péndulo está yendo en la mayoría de los países hacia esa derecha extrema por reacción, y eso choca con la evidencia. El cambio climático nos va a pasar una factura muy cara si no lo atendemos. Y todo apunta a que vamos a llegar a 2050 superando el umbral de calentamiento de 1,5 o de 2 grados. Igual, uno nunca pierde la expectativa: a más de diez años de Laudato si’ y del Acuerdo de París, seguimos trabajando en lo mismo.
Parece que ambiente y desarrollo fueran agendas incompatibles. En Argentina cuesta mucho, por ejemplo, la discusión sobre minería, con posiciones muy cerradas donde ni siquiera se da lugar al debate. ¿Desde la Iglesia sienten la necesidad de acercar esas agendas?
El gran desafío que tenemos como humanidad es lograr una economía de desarrollo humano integral, que es la propuesta de la Iglesia. La Iglesia no es de izquierda ni de derecha en estas narrativas: es del Evangelio. Hablamos de bien común, de dignidad humana, de cuidado de la casa común. Y también hablamos de trabajo. Necesitamos empresas y necesitamos tecnología, porque el mundo en que vivimos lo requiere justamente para preservar el bien común, la dignidad humana y la casa común. La tecnología, el capital, la empresa, el desarrollo, la industria: los necesitamos.
Ahora, el desafío del cambio climático se debe sobre todo a una energía basada en combustibles fósiles usada masivamente, que hay que reducir en un 80% en los próximos 50 años. No se dice que no se use más, pero tiene que quedar muy restringida. Necesitamos una transición, y esa transición energética tiene que ser justa: no podemos seguir haciéndola con la regla de que el más fuerte se lleva todo.
En el fondo, lo del más fuerte, el poder, el dominio, tiene que ver con un instinto humano muy básico, el de la supervivencia, que a nivel económico se asocia con acaparar, con la avaricia. Lo estamos viendo con la locura de la carrera por la inteligencia artificial. Los informes ya hablan de que, por el desarrollo tecnológico asociado a la IA, no vamos a cumplir con el Acuerdo de París, porque necesita muchísima energía y eso implica seguir consumiendo fósiles. Los próximos dos o tres años van a ser muy desafiantes en las cumbres climáticas.
La avaricia es un pecado capital, pero lo hemos olvidado: al que más tiene y más acumula lo aplaudimos, y todos queremos llegar a eso. El desarrollo sostenible en un planeta finito requiere que no todo sea maximizable. La ganancia, el lucro, el poder, el dominio no pueden crecer infinitamente. Hay un punto en donde más no es mejor: nos estamos aniquilando. Por eso se trata de una conversión ecológica del corazón, porque en el fondo es una cuestión de deseos: cómo hacer para que quienes están detrás de estos desarrollos y estas grandes empresas digan “hasta aquí llegamos” y reconozcan el límite, incluso el de su propia acumulación de riqueza y de poder.
Y acá me sale una veta un poco negativa. Al ser humano, cuando se le quema la casa, le da por decir “tendría que haber podado los árboles”. Me parece que vamos en ese estilo. Para un climatólogo no son nada sorprendentes los veranos, las sequías o la intensidad de las precipitaciones que estamos teniendo: hace 30 años que lo veía venir. Y en los próximos 10 o 20 años las cosas serán peores. Parece que el ser humano funciona a los golpes; somos hijos del rigor. El papa Francisco tenía una frase que a mí me gustaba mucho: Dios perdona siempre, los humanos a veces, la naturaleza nunca.
Sos científico del clima y también sacerdote. ¿En qué momento la ciencia de la atmósfera enriquece la fe, y cómo la fe le da un sentido más profundo a los datos climáticos más duros?
La meteorología, el clima, es para mí una pasión desde pequeño. Creo que a los seis o siete años alguien me regaló un termómetro y empecé a medir la temperatura afuera de mi casa. Supongo que alguna de mis hermanas conservará los cuadernitos donde llevé mis registros de mínima y máxima durante muchos años, hasta la adolescencia.
Vivíamos en San Martín y mi padre tenía viñedos. Ahí el granizo es un fenómeno terrible en verano para las vides, y yo siempre veía a mi padre sufrir mucho por eso. Quería entender por qué cae granizo, por qué pasa esto que afecta a tanta gente. Esa fue mi motivación fundamental para estudiar. Y en esa época se estudiaba solo en Buenos Aires.
Al mismo tiempo, mi familia era muy católica. Teníamos un altarcito en casa, y recuerdo que cuando había tormentas de granizo, con los cumulonimbus, mi madre o mi tía salían afuera, hacían una oración y unas cruces en el cielo. Gente de campo, italianos, con sus rezos. Y yo veía que la tormenta desaparecía. Desde pequeño tuve esa conexión entre el porqué y el misterio de la naturaleza. Mendoza, con sus cumulonimbus, es un laboratorio hermoso.
Con esa intriga me fui a Buenos Aires. Cerca de donde vivía había un convento carmelita. Me fui enganchando en la vida de la parroquia y a los 21 años, en tercer o cuarto año de la carrera, quise entrar con ellos para probar. Entré y nunca más salí. Uno, cuando ingresa, dice “dejo todo por Jesús”, y yo iba a dejar la carrera. Los frailes me dijeron: “No, tú sigue estudiando; si te va bien y te gusta, ¿por qué no?”. Terminé la carrera, empecé la investigación en el Conicet con una beca, hice el noviciado y estudié filosofía y teología mientras hacía el doctorado. Lo fui llevando todo a la par.
Imagínate estar siete años en Ciencias Exactas, en la UBA, con la cabeza matemática y analítica, y empezar a estudiar filosofía, teología, espiritualidad carmelita. A mí me abrió un mundo. El conocimiento se expandía tanto de un lado como del otro: la ciencia tiene sus límites, y la teología también encuentra un límite en su expresión.
¿Cómo pasaste de ese diálogo entre ciencia y fe a trabajar la cuestión ecológica dentro de la Iglesia?
En 2004 se inauguraba en la UCA un grupo de investigación interdisciplinario que había impulsado el cardenal Bergoglio, que en ese momento era el gran canciller de la universidad. Buscaban científicos del clima y del ambiente, me presenté y empecé a investigar ahí.
Un día llamó al equipo un obispo que buscaba a alguien que lo ayudara con la cuestión de los contaminantes de las pasteras de Gualeguaychú. Era el obispo Lozano. Le dije: “Yo puedo ayudarlo en la parte atmosférica, hacer una evaluación del impacto de la contaminación. Pero también soy fraile carmelita y tengo cosas para aportar desde la fe sobre el problema ecológico”. Fui a Gualeguaychú, daba formación a los curas, salíamos en la radio y en la televisión, porque el tema de las pasteras era muy fuerte. Esa fue mi toma de contacto más directa con el problema ecológico, y con la idea de que uno puede hacer algo. No teníamos herramientas, pero poco a poco las fuimos construyendo.
Después a él lo eligieron secretario ejecutivo del Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM y me invitó a formar parte de los asesores en la cuestión ecológica. Desde ahí contribuimos al documento de Aparecida, que en el capítulo 9 dedica por primera vez un apartado entero a la cuestión ecológica. Y se organizó una serie de congresos para toda América Latina sobre la Iglesia y algún tema ecológico: en Quito, creo que sobre clima; en Manaos, sobre la Amazonía; en Lima, sobre minería. En 2010 nos tocó en Buenos Aires, sobre espiritualidad de la ecología, con Bergoglio metido de lleno. Si uno mira hoy esas declaraciones y esos textos, son preliminares de lo que vino después.
Teníamos tanto material que sentíamos que había que sistematizarlo, pero nos superaba. Y en medio de todo eso sale elegido papa el cardenal Bergoglio, con la sorpresa de que su programa pontificio fue la creación y su cuidado, al elegir el nombre de Francisco. A los pocos meses ya nos había convocado el rector de la UCA, que era Tucho Fernández, para ayudar al Papa con Laudato si’. Se gestó con el aporte de mucha gente; fuimos parte entre tantos equipos. Y salió esa encíclica preciosa.
¿Qué significó Laudato si’ para el mundo?
Creo que hay que distinguir cuatro mundos. El primero es el mío: el de los que veníamos trabajando estas cuestiones de ecología y cuidado de la tierra dentro de la Iglesia, que somos muchos, y no hablo solo de sacerdotes o frailes sino también del mundo laical. Los papas venían haciendo reflexiones sobre el tema desde hacía tiempo, como Benedicto XVI en Caritas in veritate, pero más breves. Para este mundo fue una alegría, un punto de llegada: necesitábamos un fundamento teológico-pastoral, una invitación a la acción sistematizada y coherente con nuestra fe.
El segundo es el mundo científico. No me cabe duda de que Laudato si’ influyó en el Acuerdo de París, porque estuve en los preliminares. Y en enero de 2016 participé, como suelo hacer como climatólogo, en una reunión científica muy importante en Estados Unidos, con más de 3.000 investigadores, y entre los temas del programa estaba Laudato si’. Me sorprendió: era la primera vez que la veía como un tema a compartir dentro de la comunidad científica del clima. Fue muy bien recibida, valorada.

El tercero es el mundo ambientalista en general, no necesariamente científico ni católico, que la recibió bien porque ve en el papado un liderazgo espiritual. Todavía hoy hay mucha gente que, cuando se cruza con Laudato si’, queda sorprendida de que la Iglesia tenga reflexiones de ese calibre.
Y el cuarto somos nosotros mismos, la Iglesia, pero los que todavía somos un poco duros de roer, no sé si decir los más conservadores. Ahí claramente hay una resistencia: unos dicen que no son temas que nos tengan que importar como hombres y mujeres de fe, otros que el Papa se mete donde no tiene que meterse. No son los más numerosos, pero sí quizás los más ruidosos. A eso se suma la corriente del negacionismo en la sociedad, que en el fondo es ideológica. No está fundamentada ni en la verdad fáctica, que son los datos y la ciencia, ni en la verdad bíblica y teológica, que es una verdad de principios y valores. Sostener que no pasa nada es ideología: está fundamentado en el deseo, no en la realidad.
Francisco dejó un legado enorme. ¿Cómo ves que León XIV toma ese legado en lo que tiene que ver con la ecología integral?
El papa León parte de la ecología integral como un presupuesto de realidad. El 2 de septiembre la Comisión Teológica Internacional publicó un documento valiosísimo, sobre todo hacia el interior de la Iglesia, sobre el cuidado de la casa común como respuesta al Dios trinitario. Es algo que había pedido el papa Francisco y que se terminó ahora: dar las razones teológicas de la ecología integral. Laudato si’ es una aproximación teológico-pastoral que invita a la acción, pero nos faltaba sistematizar esa parte. Ahí quedó bien definido que hablamos de pecado contra la creación y contra el Creador, de pecado ecológico; de ahí la necesidad de la conversión ecológica, y de la ecología integral como una categoría de moral social. Para hablar con obispos y sacerdotes y mover a más gente dentro de la Iglesia, es muy bueno.
Creo que al papa León le viene como anillo al dedo. Ahora estuvo en Francia hablando también del cambio climático. Y Magnifica humanitas plantea que los principios de la ecología integral son la regla para medir el desarrollo humano integral y toda actividad económica.
No te olvides de que, antes de ser elegido, él era prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina. Yo trabajaba ahí con él y con Emilce Cuda, y él estaba al tanto de todo lo que hacíamos, por ejemplo con el documento para la COP30 de Belém con los cardenales. A mitad de camino lo eligen papa, con lo cual ya viene con todo ese impulso.
Uno de los temas en los que estás trabajando con el Papa es la minería. ¿En qué consiste?
Estoy ayudando mucho a la Iglesia en Roma, al Papa, con el tema de la minería y la transición justa. Empezamos en Latinoamérica, con la idea de poder extenderlo.
Siempre ha habido minería: desde que la humanidad salió del Paleolítico hemos sido mineros, como con la agricultura y la ganadería. Necesitamos la minería. No es como con los combustibles fósiles, a los que puedo decirles que no porque hay otras alternativas energéticas. En cambio, sí es posible hacer una minería que no sea megaminería extractivista y destructiva, que no sea expoliadora, generadora de zonas de sacrificio y de injusticia. Es cierto que hoy eso no ocurre en todos lados: en muchos territorios se violan derechos humanos y se destruye el ambiente.
Entonces dijimos: queremos una minería al servicio del bien común, que implique desarrollo humano integral y cuidado de la casa común. Con el Papa se nos ocurrió convocar a las grandes empresas mineras que conocemos y hacerles una propuesta. De 60 vinieron 20, y de esas 20, cinco dijeron que sí. Cinco que apuestan por esta idea, que en el fondo es poner en práctica los principios de la doctrina social de la Iglesia, de la Organización Internacional del Trabajo y de la ONU sobre la transición energética justa. Queremos que eso sea medible, cuantificable, y mostrarle al mundo que las cosas se pueden hacer mejor.
Es una especie de observatorio, a cargo de la Iglesia de alguna manera, pero independiente: si los resultados son negativos, son negativos y se dicen. Como la empresa acepta voluntariamente ese juicio, se le indica corregir lo que está mal. Y al final, poder tener una aprobación del Papa.
Si funciona, puede mostrarse como un modelo e invitar a otras empresas: esto se puede hacer, va bien, y tienes aquí un sello de garantía moral de la Iglesia. Porque la minería la necesitamos; no es que no vamos a hacerla más. Pero no queremos cualquier minería, que siga generando los mismos destrozos que hemos hecho históricamente.
Es fácil hacer retórica: conversión ecológica, cambiar el paradigma. ¿Pero cómo lo haces? De un paradigma se sale cuando los nodos de toda esa red, que son el conocimiento, la praxis, la política, el trabajo, van haciendo cosas distintas, hasta que las condiciones de contorno cambiaron tanto que se produce el salto. Eso hay que empujarlo haciendo tracción. No alcanza con decir “no quiero esto” y plantarse, porque no se puede paralizar todo.
Las cumbres climáticas han sido muy denostadas: se las acusa de ser poco efectivas, de que seguimos parados en el mismo lugar. Desde tu experiencia, ¿qué herramienta representan hoy y qué esperás de la COP31?
Esa pregunta es recurrente desde el Acuerdo de París. Y yo digo: en este momento es la única herramienta que tenemos para sentar a países muy distintos, con intereses y fuerzas muy distintas, a hablar de un tema que nos afecta a todos, y a unos peor que a otros. ¿Es eso o las bombas? Ahí nos matamos con palabras y nos sacamos los ojos con papers y tinta. Cuando uno está en las negociaciones ve cómo un país insular, cuya gente se está muriendo con los tifones, le grita a Rusia o a un petroestado de Medio Oriente cosas que te hacen pensar: si a estos los sacas de este ambiente, se tiran bombas.
Es cierto que hay mucho lobby, mucho interés contrario; el fracaso que hemos tenido hasta ahora tiene que ver con eso: los intereses de las grandes empresas, de los petroestados, del business as usual. Y también con que ese espacio funciona por consenso: los textos no se votan por mayoría. Cada palabrita tiene que ser aceptada por todos, y para que Arabia Saudita, un país de África, China, Estados Unidos y la Unión Europea digan que sí a una misma frase, queda una frase muy licuada, que dice poco. Y no se avanza.

Pero lo bueno es todo lo que se hace detrás: los acuerdos multisectoriales, las alianzas. Las empresas y algunos gobiernos saben que el cambio climático está ahí y que hay que cambiar. Por ejemplo, salió lo de Santa Marta (la conferencia internacional sobre la salida de los combustibles fósiles realizada en Colombia). Si de repente 100 países se alinean y dicen “queremos esta transición”, y empiezan ellos mismos a generar un mercado libre de combustibles fósiles, que es un poco a lo que apunta ese proceso, el país que produce petróleo va a decir: “¿Y a quién le vendo ahora?”. Tengo esperanza de que por ahí funcione. Por eso me preocupa la inteligencia artificial, tan demandante de energía: rompe todo lo que se venía pensando sobre la transición.
¿Qué espero de esta cumbre? Que se siga ahondando en lo que se trabajó en la anterior, que lo de Santa Marta se incorpore en las NDC (los compromisos climáticos nacionales) y que sigamos discutiendo cómo dejar los combustibles fósiles. A eso no se puede renunciar, porque es el problema. Y, como decimos desde la Iglesia, no aceptar soluciones tecnológicas falsas, como las tecnologías de captura de carbono o las ingenierías climáticas, que son una locura más que una solución.
Como argentino y latinoamericano, ¿cómo estás viviendo la visita del Papa y qué pensás que representa para la región?
Sé que el Papa tiene un gran interés en ir, por amor a Latinoamérica. Vivió muchos años allí, conoce de cerca la realidad y la fe de la gente. No olvidemos que va como pastor, a dar aliento a las iglesias locales, como hizo aquí en su visita a España.
Todavía necesitamos un punto de referencia que nos una. El papado tiene esa función: habla a todos, y todos van a encontrar en su palabra algo que nos pacifique un poco. La palabra pontífice significa constructor de puentes. Espero que logre hacer de pontífice entre tanta fragmentación, especialmente en Argentina; que su paso revitalice a la Iglesia, a nuestros sacerdotes y obispos; y que nos ayude a suavizar las asperezas y a ver si podemos, como país, construir un proyecto común, un camino juntos de nación. A lo mejor le pedimos mucho al paso del Papa, pero todo puede ocurrir: una especie de refundación de Argentina, después del bicentenario, para pensar a largo plazo una nación.













