Durante años, hablar de deforestación significaba enfocarse en la pérdida de biodiversidad, en la liberación de carbono o en el drama de los pueblos indígenas desplazados de sus territorios. Pero una nueva investigación publicada en Nature Climate Change agrega un dato estremecedor: la tala de bosques tropicales está matando gente, y lo hace a través del calor.
Entre 2001 y 2020, la deforestación en regiones tropicales de América del Sur, África y Asia provocó un calentamiento promedio de 0,45 °C, lo que a su vez derivó en 28.000 muertes adicionales por año relacionadas con el calor extremo. Se trata del primer estudio que calcula con precisión el impacto en la salud humana de la pérdida de selvas, y sus conclusiones son tan sorprendentes como alarmantes: la deforestación no es solo un problema ambiental o climático, es también un problema de salud pública.
Un planeta que arde más rápido donde caen los árboles
Los bosques tropicales cubren alrededor del 45% de la superficie forestal mundial y funcionan como pulmones gigantes: regulan el clima, almacenan carbono y refrescan el aire mediante la evapotranspiración, ese proceso invisible en el que las plantas liberan agua y enfrían el ambiente. Cuando desaparecen, ese efecto refrigerante se esfuma.
Según los satélites analizados por la Universidad de Leeds, las áreas deforestadas entre 2001 y 2020 sufrieron un calentamiento promedio de 0,7 °C, frente a solo 0,2 °C en aquellas que conservaron su cubierta forestal. La diferencia parece pequeña, pero no lo es: basta con unas décimas de grado para que los picos de calor superen los límites de tolerancia humana.
El mapa es contundente: el sudeste asiático encabeza las cifras con aumentos de hasta 0,72 °C, seguido por América del Sur con 0,34 °C y África con 0,1 °C. No por casualidad, Vietnam aparece como el país más golpeado, con un promedio de 29 muertes por cada 100.000 habitantes atribuidas al calor ligado a la deforestación.
Muertes invisibles
El equipo liderado por la climatóloga Carly Reddington estimó que 345 millones de personas quedaron expuestas al “calentamiento local” producto de la deforestación, además del calentamiento global que ya enfrentan. Seis de cada 100.000 habitantes de las zonas deforestadas murieron durante esas dos décadas como resultado directo del exceso de calor.
Las muertes no son inmediatas ni espectaculares. No se trata de huracanes ni incendios forestales televisados. Son muertes silenciosas, registradas en hospitales por insolaciones, fallas cardíacas, agravamiento de enfermedades respiratorias o golpes de calor que el cuerpo no pudo resistir. Y suelen concentrarse en las poblaciones más vulnerables: personas mayores, niños, comunidades indígenas y sectores sin acceso a infraestructura básica como agua potable o atención médica.
¿Qué hacer?
La investigación no se queda en el diagnóstico: también apunta a las soluciones. Reducir la deforestación es clave, pero no basta con proteger lo que queda: es necesario restaurar bosques degradados, plantar árboles y promover modelos de producción sostenibles.
Además, el estudio refuerza la idea de que la transición energética y la justicia climática no son agendas separadas de la salud pública. Menos deforestación significa menos muertes por calor, menos presión sobre hospitales, más resiliencia comunitaria.
La climatóloga Vikki Thompson lo resume de manera sencilla: “Podemos reducir los impactos del calor extremo plantando más árboles y frenando la deforestación. Los beneficios son inmediatos, tanto locales como globales”.
El hallazgo de que 28.000 personas mueren cada año por la deforestación tropical debería encender alarmas en todos los niveles. No se trata solo de salvar jaguares, orangutanes o aves exóticas, ni de contabilizar toneladas de carbono. Se trata de salvar vidas humanas, aquí y ahora.
Si los gobiernos y empresas insisten en ver a los bosques como simples reservas de madera o territorios disponibles para soja y ganado, estarán ignorando que cada árbol talado se traduce en más calor y, en última instancia, en más muertes.
*Fuente: Carbon Brief