El cachiyuyo (Macrocystis pyrifera) puede crecer hasta 60 metros y formar bosques tan complejos como los terrestres. Produce oxígeno, captura carbono y da refugio a decenas de especies. Sin embargo, es una especie poco popular.
En diciembre, un grupo de 17 personas apasionadas por el mar se sumergieron en el océano de la Patagonia argentina para verla de cerca y tratar de entender cómo relacionarse mejor con el planeta. Lo que estaban construyendo, sin saberlo del todo, era un ecosistema propio, humano, vivo y palpitante.




Un bosque bajo el mar: qué es el cachiyuyo
Como bien detalla el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), las algas “ayudan a capturar carbono de la atmósfera, producen oxígeno, reducen los daños causados por las tormentas, filtran los contaminantes nocivos y mejoran la calidad del agua”.
A nivel mundial existen más de 12.000 especies identificadas y clasificadas en tres grupos: pardas, rojas y verdes. Las primeras, a veces conocidas como kelp, son algas pardas enormes que prosperan en aguas frías, “donde forman complejos hábitats submarinos similares a bosques, algunos de los más productivos y diversos del planeta”, subraya el programa de las Naciones Unidas.
Entre ellas, destaca Macrocystis pyrifera, un alga parda comúnmente llamada Cachiyuyo, que se encuentra en las costas del sur argentino, además del océano Pacífico y partes del Atlántico y del océano Antártico. Esta alga es capaz de formar bosques inmensos que, a su vez, ofrecen hogar a diversas especies de peces e invertebrados, como la centolla, un crustáceo altamente valorado por los pescadores locales.
En el pasado, el cachiyuyo también era apreciado por los pueblos indígenas que habitaban el lugar. Tal como indica el PNUMA, los pueblos indígenas y costeros “utilizaban las algas marinas como medicina, alimento y materiales”.
Pero, como cualquier otra especie, el cachiyuyo es vulnerable frente al cambio climático. Aunque hasta el momento no existe evidencia de que Macrocystis pyrifera se esté perdiendo en Argentina, no significa que este organismo no sufra los efectos climáticos.
Es que, como explica Paula Raffo, bióloga, investigadora argentina y miembro de Habitar las algas, “a nivel mundial se ha visto en otras zonas que, como estos bosques son algas de aguas frías, cuando aumenta la temperatura por el cambio climático empiezan a decrecer. Y cuando un bosque se pierde, con él se pierde toda la biodiversidad asociada”.
“Son bastante resilientes”, celebra la bióloga. Aun así, insiste en la importancia de conocer para proteger a las algas y, con ellas, toda la vida que sostienen.



Habitar las algas, el movimiento que invita a hacer ciencia
Conectados por el amor al mar y por el interés de estudiar a las algas, en diciembre de 2025 17 personas de diferentes partes del país y provenientes de rubros tan amplios y diversos como la biología, la educación, la gastronomía y el arte, se encontraron en el sur de la Argentina para sumergirse en las heladas aguas de la Patagonia. Su deseo era estudiar a Macrocystis pyrifera en toda su área de distribución en la costa patagónica: desde el extremo más austral de esta alga en el Canal Beagle, Tierra del Fuego, hasta su ubicación más septentrional, al sur de Chubut.
Sin un objetivo concreto salvo la idea de hacerse “preguntas importantes”, este grupo de entusiastas creó una residencia, un movimiento al que llamaron “Habitar las algas” y que, como un bosque vivo y sano, se nutrió de todos, creció, se transformó y dio frutos.
“Habitar las algas arrancó de la intención de personas que aman el mar y se preguntan cómo relacionarse mejor con el ecosistema que habitan”, recuerda Guillermo “el Negro” Navarro en diálogo con EcoNews.
El ecosistema humano: construir ciencia en comunidad
Durante días, el equipo se preparó para la inmersión. Algunos de ellos llevaban años buceando y estudiando a las algas. Otros, se enfrentaban a esa aventura por primera vez. No había objetivos, pero sí expectativas y mucha curiosidad, el profundo interés de sumergirse en los bosques de algas para descubrirlas y observar el mundo desde una perspectiva diferente, recuerdan Paula y Guillermo.
Hoy Paula es científica, pero recuerda que su interés por la ciencia empezó hace mucho tiempo y contagia su amor por el descubrir. “La ciencia es conocimiento y el conocimiento se construye de manera colectiva”, insiste.
Por eso, la diversidad del grupo resultaba tan valiosa en la experiencia. La residencia funcionó como un ecosistema, donde cada integrante tenía su propio rol, sus propios tiempos, conocimientos y aportes. “Esta red, que se tejió entre personas, nos invitó a generar intimidad, nosotros mismos formamos un ecosistema”, recuerda la bióloga.
“Fue todo orgánico. A medida que íbamos avanzando en el diseño y propósito común, todo se fue armando de acuerdo a lo que íbamos sintiendo. La diversidad demostró que lo distinto no nos tiene que separar, sino que es un potencial para complementar y para que salgan cosas nuevas”, recuerda Guillermo. “Nos enseñó la importancia del respeto. De estudiar sin intención de dominar e investigar, sino de dejarnos atravesar por lo que estábamos viviendo”.
Sumergirse en los bosques de Macrocystis fue, a la vez, una invitación a sumergirse en la propia humanidad. “Bucear requiere de mucho equipamiento y práctica, requiere de una entrega y hasta de un riesgo. Cada vez que te metés debajo del mar empezás a ver el bosque”, relata Paula. “Siento que la residencia funcionó de la misma manera”, insiste.
Lo que dejó la residencia de Habitar las algas y cómo ser parte del movimiento
¿Qué queda ahora que las residencias en Tierra del Fuego y Chubut terminaron? ¿Qué pasa con las recetas que crearon, las obras que nacieron, las fotos que se tomaron? ¿Cómo se transmite lo vivido? Y, quizá, lo más importante: ¿cómo se multiplica el amor por las algas?
Como un bosque que crece, se nutre y se expande de la diversidad, donde las especies coexisten y generan valor, cada uno de los integrantes del movimiento fue vital y el ecosistema dio frutos.
De la residencia surgió algo más que conocimiento sobre las algas. Como bien subraya la científica a EcoNews, no se puede proteger lo que no se conoce. Con esa premisa y dejando las puertas abiertas a quienes quieran sumarse al proyecto, los residentes documentaron su experiencia en Habitar las algas. El Día Mundial de los Océanos, que se celebra anualmente el 8 de junio, es la ocasión perfecta para conocer más sobre este movimiento.
Los residentes crearon un recetario con Macrocystis como base, armaron la meditación guiada “Los Bosques de Mar como Espejo del Alma” y un documental sobre la experiencia.
Todo el material está disponible en el sitio web de Habitar las algas, en redes sociales y en YouTube, abierto para quienes quieran sumergirse, empaparse de conocimiento, inspirarse y formar parte del ecosistema.
Como dice Candelaria Piemonte en el sitio web oficial: “De tanto que amamos el mundo y amamos su medicina de lo salvaje, es que queremos encontrar la manera de que otros también se sumerjan, para que seamos muchos los que recordemos el intransferible valor de lo salvaje, de lo vivo, de lo que crece, vive y muere en libertad”.















