Vaca Muerta continúa su expansión tan rápido como se lo permite la infraestructura disponible para transportar petróleo y gas. En los últimos 12 meses, la extracción de crudo aumentó un 39% y la de gas un 13%, lo que consolida esta formación como el principal motor de la actividad hidrocarburífera del país.
Vaca Muerta ya aporta el 70% del petróleo y el 68% del gas que se extrae en Argentina. En otras palabras, cerca de siete de cada diez unidades de petróleo y gas producidas en el país provienen de este territorio, y la economía argentina depende cada vez más de esta cuenca.
La concentración de la actividad hidrocarburífera también se refleja en las inversiones: durante 2025, nueve de cada diez dólares para el sector fueron destinados a la provincia de Neuquén y tuvieron como principal objetivo la explotación de hidrocarburos no convencionales mediante fracking. La incorporación de nuevos proyectos de extracción y de infraestructura al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) permite anticipar que esta dinámica de expansión continuará en los próximos años.
Ahora bien, Vaca Muerta no es un proyecto virtuoso aislado dentro de una economía en crisis. Por el contrario, es un elemento central de un esquema de mayor desigualdad y precarización de los empleos y los ingresos. Vaca Muerta experimenta un crecimiento extraordinario mientras que la fragilidad de la economía argentina se acentúa, el proceso inflacionario no cede del todo, caen los ingresos salariales, se pierden empleos formales, se desploma el consumo y los hogares no pueden atender las deudas contraídas.
Es cierto que durante la gestión de Javier Milei las exportaciones de petróleo crecieron con fuerza y que el país registró un superávit energético de 11.000 millones de dólares; es decir, que ingresaron más divisas por ventas de energía al exterior de las que salieron por importaciones. Sin embargo, el principal aporte de Vaca Muerta a la economía argentina no provino de las exportaciones. Desde diciembre de 2023, las empresas del sector incorporaron alrededor de 13.000 millones de dólares mediante endeudamiento externo, una cifra incluso superior al saldo positivo generado por el comercio energético.
Esos dólares provenientes de préstamos e inversiones financieras contribuyeron a sostener las reservas y la estabilidad cambiaria, uno de los pilares centrales del programa económico del gobierno. Sin ese flujo de financiamiento externo, la disponibilidad de divisas habría sido considerablemente menor. Por tanto, esos dólares cumplen una función clave para el modelo económico actual. Más que financiar nuevas inversiones productivas de largo plazo, la llegada de dólares vinculados al sector energético contribuye a sostener la flexibilización de las restricciones cambiarias y a hacer viable el levantamiento gradual del cepo, una de las principales demandas del empresariado.
Detrás de esta estrategia subyace una apuesta por profundizar un modelo económico basado cada vez más en la exportación de recursos naturales, que tiende a aumentar la dependencia de actividades extractivas y a reducir el peso relativo de sectores capaces de generar empleo más diversificado y con mayor valor agregado.
¿Por qué si Vaca Muerta se expande, Argentina no se hace rica? La pregunta debería conducirnos a una cuestión central: quiénes se benefician de la riqueza generada y cómo se distribuyen sus resultados en una sociedad en la que cada vez más sectores enfrentan dificultades para acceder a empleos estables, ingresos suficientes y condiciones de vida dignas, en una matriz productiva que fuerza a millones de argentinos y argentinas excluidos del modelo a amortiguar su caída de forma temporal únicamente a través del autoempleo y el endeudamiento familiar.
Los dólares de Vaca Muerta sostienen el proyecto político y económico de los grandes actores corporativos de la Argentina. No entran al país para quedarse, como inversiones propiamente dichas, sino para atender la demanda histórica de dolarización de ganancias. Vaca Muerta es el ancla económica que mantiene alineada a la cúpula empresarial con el gobierno. Sin el aporte del sector, la flexibilización de las restricciones cambiarias y el levantamiento del “cepo”, la ya clásica exigencia corporativa, serían sencillamente imposibles.
El objetivo de fondo de estos sectores es transformar la complejidad económica, social, política y distributiva de un país industrializado en la sencillez administrativa de una economía de enclave. A medida que avanza esta mutación de la matriz productiva, millones de argentinos y argentinas quedan excluidos del modelo.
- Marco Kofman es Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Rosario, investigador del Mirador de la Actualidad el Trabajo y la Economía (MATE) e integrante del Enlace por la Justicia Energética y Socioambiental (EJES). Autor de “Energía, economía y poder. Una mirada crítica del problema energético”.
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