Si nos animáramos a rebelarnos con solo 10 minutos de lectura de la vorágine hacia la que nos empuja la vida moderna actual, esta que nos demanda velocidad constante y ni una pausa para reflexionar, daríamos lugar a ciertas preguntas en torno a la naturaleza que habitamos a diario y al uso que hacemos de nuestros sentidos, preguntas que pueden ayudarnos a entender por qué es tan importante proteger los cada vez menos paisajes prístinos que quedan en el planeta.
¿Cuándo fue la última vez que viste un cielo cargado de estrellas, sin contaminación lumínica? ¿O que respiraste un aire verdaderamente puro? ¿O cuándo fue la última vez que escuchaste silencio completo, ese silencio profundo, propio de lugares remotos, donde solo el murmullo del viento o el rugido del mar te recuerdan que el mundo sigue girando?
Cada vez cuesta más. Incluso si tu respuesta fue “hace años”, puede que tengas suerte. Muchos niños, nacidos entre pantallas y con la cabeza inclinada hacia abajo, hoy todavía no conocen esto que intentamos recordar.
Actualmente son cerca de 4.500 millones de personas (más de la mitad de la humanidad) las que viven en ciudades, y para 2050 se estima que van a ser 7 de cada 10 en todo el mundo.
Las últimas décadas de desarrollo nos han empujado hacia adentro, hacia el asfalto, las luces artificiales y el ruido constante ya casi naturalizado. Paradójicamente, en ese proceso, nos hemos ido desconectando de la red que nos sostiene y de la que formamos parte inherente. “El tapiz de la vida sobre la Tierra, el cual nos entreteje y nos atraviesa”, le llama Sandra Díaz, doctora en Ciencias Biológicas argentina.
Sí, la naturaleza.
Lejos de ser una metáfora poética, en el discurso que dio al recibir el Premio Princesa de Asturias 2019, Díaz explicó que la evidencia científica más actualizada demuestra que todos somos parte de lo mismo, desde los peces hasta un tomate y una comunidad de personas: “Todos estamos hechos con los mismos átomos que se vienen tejiendo y destejiendo y retejiendo desde hace millones de años“.
Naturaleza intacta: cada vez más lejos
Según la IPBES, el panel científico de la ONU sobre biodiversidad, el 75% de la superficie del planeta ya ha sido “alterada significativamente por la actividad humana”. Para 2050, estiman que ese porcentaje podría llegar al 90%. En cuanto al océano, al menos un 66% ya está afectado por actividades como la pesca y la contaminación.
En este contexto, cada ecosistema que todavía permanece intacto es mucho más que un paisaje o un recurso para explotar. Fenómenos como el silencio, la pureza del agua o el salvajismo de un animal, han pasado a ser bienes escasos que tenemos que proteger.
Yo lo entendí de noche, en las costas del Golfo San Matías, en la Patagonia argentina. El cielo era tan estrellado que daban ganas de estirar la mano para comprobar que era real. No había otro ruido que el de las olas rompiendo sobre la orilla. Y en ese silencio entendí, de una manera que ningún informe científico había logrado explicarme antes, por qué las comunidades que viven ahí están dispuestas a dar pelea para proteger ese lugar.
El Golfo San Matías, uno de los últimos refugios intactos
El San Matías es mucho más que un paisaje idílico. Es la parada de miles de aves migratorias que vuelan sin escalas desde el Ártico. Es el hogar de la ballena franca austral, Monumento Natural Nacional, cuya población tardó cincuenta años en recuperarse de la caza comercial. Es el sustento de familias que llevan generaciones viviendo del mar. Y es el último golfo de la Patagonia que no conoció la contaminación por hidrocarburos.
Pero megaproyectos para convertir a este ecosistema en una salida energética hacia el mundo lo ponen en grave riesgo.

La idea no es nueva ni es de un solo gobierno: durante la presidencia de Menem, YPF empezó a ver la posibilidad de exportar hidrocarburos por estas aguas de profundidad ideal para megabuques. La comunidad lo frenó y en 1999 logró la sanción de la ley 3.308, que prohibió todo proyecto hidrocarburífero en la zona. En 2022 la idea resucitó con el gobierno de Alberto Fernández, y fue profundizada y acelerada por el de Javier Milei, en 2024. Un proyecto que tuvo que derogar una ley de forma exprés y sin consulta ciudadana ya debería encender algunas alarmas.
El avance ya es real: se proyectan un oleoducto de 600 kilómetros, un puerto de aguas profundas y dos megabuques de licuefacción de más de 300 metros de largo anclados permanentemente en esas aguas. Más de 18.000 millones de dólares para crear “el hub energético más grande de Sudamérica”, dicen.
¿Política energética o destrucción ambiental?
Lo que sentí esa noche y en ese viaje, ante la advertencia de científicos y el pedido de ayuda de comunidades locales acostumbradas a vivir en armonía con el mundo natural, me llevó a pensar que la única forma de verdaderamente entender por qué hay que proteger la naturaleza que queda en el mundo es vivir la experiencia con ella, sentirse parte.
Expertos en hidrocarburos, biología marina y conservación ya advirtieron que estos proyectos generarían impactos irreversibles: derrames letales para la fauna, microderrames cotidianos que se acumulan en toda la cadena trófica, ruido que enmascara la comunicación de las ballenas y un calentamiento localizado del agua que favorece las floraciones algales, un fenómeno que ya en 2022 mató a decenas de ballenas en el Golfo Nuevo.
En un planeta donde son cada vez menos los lugares intactos y donde la quema de combustibles fósiles es la causa principal de la crisis climática, seguir apostando a un modelo basado en la explotación de recursos finitos no suena al camino que tomarían líderes que viven en conexión con el mundo natural, o que abogan por la protección de las generaciones futuras. O que, al menos, proyectan a largo plazo.

Alterar este golfo en nombre del desarrollo deja de ser una política energética y pasa a ser una atentado contra ese tapiz que nos atraviesa desde que los seres humanos somos humanos, tanto a nivel país como a nivel humanidad.
Si se rompe el equilibrio biológico de este golfo semicerrado en la Patagonia, las consecuencias no se van a quedar ahí. Se van a mover con las corrientes, con las especies migratorias, con la cadena trófica y con el clima. Se van a mover con más decisiones como estas, que siguen apostando al negocio en detrimento del planeta.
El Golfo San Matías todavía existe. Las ballenas todavía eligen sus aguas para parir y criar a sus ballenatos tranquilas. El silencio todavía sigue vivo.
“Los humanos estamos conectados con la naturaleza desde siempre. La aspiración de consumir y acumular siempre más, avasalla el derecho universal de disfrutar de una relación plena con el tapiz de la vida”, cerró Sandra Díaz en su discurso.
Disfrutar de una relación plena con la naturaleza tiene que ser un derecho universal, como así también, tiene que ser una obligación colectiva proteger lo que todavía nos queda de ella.
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